Acción de gracias

El hijo de Peter Sellers (7)

Siempre fui un hombre con dos pies izquierdos: el que empieza antes de que suene la música, el que gira hacia el lado incorrecto en las coreografías conjuntas...

El hijo de Peter Sellers (7) El hijo de Peter Sellers (7)

El hijo de Peter Sellers (7) / Rosell

Apesar de que Christian Bale se hiciera con mi personaje en El imperio del sol y yo me viera ya abocado al fracaso, mi carrera como niño prodigio se cerró con un capítulo emocionante e inesperado. Les comenté antes que mis padres no me llevaron a ningún casting, pero esa afirmación no es cierta del todo: hice unas pruebas para acceder al coro de los Seises de la Catedral de Sevilla, y dos años después me seleccionaron para formar parte de los elegidos que bailan frente al Altísimo. Para el pequeño beato que yo era, el que en casa rezaba con los brazos en cruz y en la calle perseguía la blasfemia, ese privilegio suponía la culminación de mis inquietudes espirituales, un logro similar al que conseguiría un muchacho aficionado al fútbol si lo fichara la cantera del Madrid o el Barcelona. Pero participar en aquella liturgia, en cierto modo, cuadraba un círculo. No colmaba sólo mi religiosidad, también algo más prosaico, otro flanco de mi persona: mi urgencia por actuar ante el público. ¿Qué mejor escenario iba a encontrar que ese impresionante templo? ¿Y qué vestuario podía hacer sombra a la fantasía de un traje de hace siglos, con zapatos de bailarín, pantalones abombados, franjas doradas y un espectacular sombrero con plumas?

Pero seamos honestos: ni yo me explico por qué me escogieron. La cuestión de la voz puede entenderse, no tengo oído para el canto, aunque quizás antes de los cambios de la adolescencia pudo salir de mi garganta algo digno. Pero con respecto al baile… siempre fui un hombre con dos pies izquierdos. El que empieza antes de que suene la música, el que gira hacia el lado incorrecto en las coreografías conjuntas, el que tiene que agarrar a una chica en el aire, pero… ay, ése soy yo. Y, sí, yo soñaba con protagonizar musicales, pero la realidad, sinceramente, nunca estuvo de mi parte. Hoy muestro con orgullo las fotografías de aquella etapa (aún me fascina ese traje tan espectacular), pero omito el bochorno que generé entonces en mis familiares, especialmente en mi madre y mi tía E, que no faltaban a ninguna de las liturgias.

-¡Ya ha vuelto a equivocarse! ¡Es el hijo de Peter Sellers! -sentenciaba mi tía.

(Dos amigas mías que son hermanas recuerdan haber ido a ver a los Seises en su infancia y haber asistido al triste espectáculo de un niño torpón que boicoteaba sin querer la belleza de los bailes. No tenemos dudas, ninguno de los tres, de que aquella calamidad era yo, el hijo de Peter Sellers.)

Aquellos días aprendí que por mucho que desees algo, por mucha determinación que vuelques en ese empeño, las cosas no saldrán si no posees el talento necesario. Un niño, lo comenté al principio de este relato, sueña con dedicarse a las profesiones más variopintas, astronauta, detective, espía, y vivir las vidas más aventuradas. Crecer, imagino, es empezar a calibrar tus posibilidades y asumir tus limitaciones. (Con los años aplaqué también mis delirios místicos, pero auguro que éstos volverán con la vejez, cuando sienta más próxima la muerte y mi alma esté necesitada de trascendencia.)

Yo bailé en la octava de la Inmaculada y en el triduo del Carnaval, pero para el Corpus (la tercera y principal fecha del calendario para los Seises) ya no contaron conmigo. Tras aquel fracaso podía haberme dado a la bebida como tantos niños prodigio que se convierten en juguetes rotos, pero cayó en mis manos un relato delicioso de P. G. Wodehouse, un autor que le encantaba a mi padre. Hay obras que parecen responder a las preguntas que te planteas en un momento concreto de tu vida, y eso me sucedió con El hombre con dos pies izquierdos. Narraba la historia de un hombre que asiste a clases de baile porque sospecha que su incapacidad para la danza está afectando a su matrimonio, teme que su mujer lo considere un tipo aburrido, pero lo que no intuye es que su esposa realmente se ha enamorado del sujeto desmañado y entrañable, que en esa ineptitud suya ella encuentra algo honesto y auténtico, extrañamente puro. Salí de aquella lectura con el corazón templado por la emoción: los incapaces también merecemos ser queridos, pese a todo conservamos nuestra dignidad.

Y así fue como el pequeño Laurence Olivier se retiró de los escenarios. Una profesora que dirigía una revista me animó a escribir en ella y encontré rápidamente en las letras un fantástico vehículo de expresión. La Unión Europea, Bécquer… cualquier tema me inspiraba para un artículo. Cuando anunciaron en Lausana que Barcelona sería la sede de las Olimpiadas del 92, yo celebré aquel acontecimiento con un poemita tremendo: "Lausana, Lausana / vístete de gala, / que viene Barcelona / y se lleva la Olimpiada". Y paradojas de la vida: ese año me dieron un Oscar. Mucho antes que a Christian Bale, sí. En la fiesta de final de curso, los compañeros de la revista me compraron una estatuilla de juguete y me otorgaron el premio Ametralladora literaria, con el que resaltaban mi enorme productividad.

Dejé de pretender ser actor, pero nunca perdí mi condición de émulo de Peter Sellers. Si hicieran concursos de torpeza, seguro que me llevaba yo al menos una mención. Y tampoco hay que castigarse por ello: ya hay demasiada gente perfecta en el mundo. O demasiada que finge ser perfecta. Otro tipo de interpretación. Y yo ya no actúo.

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