¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La nueva muerte de Pemán
CUANDO Fernando Abancéns ascendió a general de brigada lo mandaron de gobernador militar a Bilbao. El JEME le dejó muy clara su misión. “Tú serás nuestra bandera allí”. Fernando sabía que, en principio, había poco que hacer y que, además de bandera, sería diana. Eran los años del plomo, apenas quedaban tropas por el continuado abandonismo de los distintos gobiernos de Madrid y las autoridades vascas –controladas por el nacionalismo– le hacían el vacío a las Fuerzas Armadas. No tendría que hacer de jarrón chino. Nada de obligaciones protocolarias. Simplemente no le invitarían a nada. Algo bueno debía tener el cargo.
Pero Fernando Abancéns no se limitó a tachar los días en el calendario. Durante su destino convirtió el Gobierno Militar en un dinámico centro de apoyo a las unidades –fundamentalmente de la Guardia Civil– que pasaban por allí en operaciones antiterroristas. Tenía la escuela astuta del viejo Cesid y el espíritu intrépido del oficial de Caballería, su arma desde los años de cadete. Nunca cometía imprudencias porque no quería darle la oportunidad a los etarras de que apuntasen un nuevo militar a su siniestra lista. No quería que volviese a ocurrir lo de 1986, cuando la ETA asesinó al gobernador militar de Guipúzcoa, el general de brigada Rafael Garrido; a su esposa, Daniela Velasco de Vidaurrieta, y al segundo de los hijos del matrimonio, Daniel, de 16 años. Analizó hasta el último detalle ese atentado y te lo contaba con una mezcla de precisión técnica y emoción humana.
El día que mataron a Miguel Ángel Blanco, Fernando Abancéns le dijo al chófer que preparase el coche. Se colocó el uniforme y se dirigió a Ermua. Quería darle personalmente el pésame a la familia de parte del Ejército. No sabía lo que se iba a encontrar allí. Hacía años que por Ermua no paseaba un uniformado. Lo que ocurrió fue que la gente, cuando lo vio, empezó a aplaudir y a dar vivas a España.
Fernando Abancéns murió ayer. Detrás deja una vida de servicio: en diferentes unidades de Caballería, en el Cesid, en agrupaciones logísticas o en la delegación de Defensa de Sevilla. Era muy amigo de mi padre desde que se conocieron en el Sahara, cuando ambos estaban destinados en el Tercio Juan de Austria. La voz de mando ha sonado, ¡desmonten!, y Fernando Abancéns , el hombre que fue bandera, ha obedecido, como hacen los buenos soldados. Descanse en paz.
También te puede interesar
Lo último