La hora de la despedida

¿Qué quieres que te diga si eres tantas veces insoportable y ahora tengo el gozo de perderte de vista durante un buen tiempo?

¡Bares, más bares!

La hora de la despedida.
La hora de la despedida. / Juan Carlos Muñoz

31 de julio 2023 - 04:00

A ninguno de los dos nos gustan las despedidas. No entendemos ese lamento del que no ha tenido tiempo de despedirse, más bien al contrario:qué suerte ahorrarse esos instantes de ruptura, esa liturgia de pañuelo agitado, de ver al barquito alejarse en la mar, de intuir los ojos bañados. Son ganas de sufrir. Nosotros nos dejamos de ver, nos retiramos la mirada como dos naciones ofuscadas llaman a consulta a sus embajadores, nos damos la espalda como críos enojados y elegimos calles que jamás se van a encontrar. Y aquí paz y dentro de un mes ya veremos. Para qué decirnos adiós si nos tendremos en el pensamiento y sabemos que volveremos a encontrarnos cuando el calor se humedezca en los estertores de un verano largo como una cofradía de barrio. ¿Qué quieres que te diga si eres tantas veces insoportable y ahora tengo el gozo de perderte de vista durante un buen tiempo? No pienso llamarte, mucho menos escribirte, já, ni siquiera juntarte unas letras. Eres posesiva, fría, altiva, tan segura de ti misma y tan débil al mismo tiempo. Solo hay que conocerte bien para no temerte. Y eso exige tiempo, el que siempre nos hemos dedicado el uno al otro.

Te crees que lo sabes todo porque te has trabajado bien la fama de tenerlo todo. Te has venido muy arriba desde que es difícil verte a solas hasta en los días tórridos. Siempre estás rodeada de aduladores, pregoneros, trovadores, aficionados al almíbar... Siempre con tantas malas compañías que te embriagan con sus adjetivos, pero que no te dicen las verdades en la hora cierta. No, no puedes hacer de todo el año una soberbia primavera porque en la vida hay otros frentes, otros puntales que levantar para que no se caiga el edificio del futuro. No puedes descuidarte por cuatro perras, con el salón de casa hecho unos zorros cada vez que vienen visitas. No te puedes emborrachar en la primera taberna sin el riesgo de una resaca que te afecta al carácter varios días. Cuídate la piel de losa de Tarifa porque cada vez la tienes más abujardada. No, no tengo hoy piropos para ti, ni moñas de jazmines que regalarte, ni avellanas verdes de las que han faltado en la velá, ni siquiera el agua fresca de un búcaro. Es hora de que cada uno tire por su camino.

Seguro que te quedas refunfuñando y malhumorada a la espera del elogio que no llega, de que te recuerde tu letanía de cosas bellas. Me pagarás con el frío que, sabes, no me asusta. Ni siquiera la crueldad que tantas veces asomas. Te recordaré para chincharte que no tienes mar y tú, crispada por el orgullo herido, me enviarás viento gélido de Matacanónigos, tan tuyo, tan marca de tu Casa, tan adorable. Tú y yo nos conocemos bien. Ahora vete en un taxi que yo pillo el Tussam.

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