La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
Hay una serie de profesionales que saben la verdad del quién es quién en Sevilla, quién de verdad es lo que aparenta o quién es un tieso maquillado: el administrador de la comunidad de vecinos, el gerente del club privado, el apoderado del banco y el sastre de cabecera. Los sastres saben las medidas de sus clientes y han de callar como sacerdotes laicos con la estola del metro sobre el cuello. El silencio del sastre vale como el litro de aceite de oliva Virgen de Extra de las almazaras de Jaén. Manuel Ibánez Noriega tiene una sastrería especializada en protocolo que resiste a las crisis económicas, al feísmo que ha desvestido al hombre, a las obras en el barrio de los Remedios, a la pandemia y, por supuesto, a las modas. El de Ibáñez es un comercio de toda la vida, de los que son linces a proteger en el coto globalizador. Comercio de barrio con prestigio en toda la ciudad y fuera de Andalucía, pues muchas veces recibe pedidos para vestir de esmoquin a decenas de invitados a la fiesta de un emir en Madrid. O viste al presidente de la Junta de frac para una cena de gala en el Palacio Real con el presidente de Italia, Sergio Mattarella, como se puede apreciar en la galería de imágenes que adornan la estancia.
Muchos conocen a Ibáñez por ser el sastre de los pregoneros de la Semana Santa y otros por su condición de fervoroso sevillista que se puso a cortar un banderón blanquirrojo para recibir al equipo tras ganar la célebre Uefa de Eindhoven aquel inolvidable 2006. Tan grande y espectacular era la enseña que Kanouté la hizo suya desde la primera planta del autobús del triunfo. Ibánez es de la hermandad de los Sastres, la de San Ildefonso, y del Silencio, como su padre, don Manuel Ibálñez Neri. No sale ya en el cuerpo de acólitos, pero cada Madrugada sí lo hace la elegante túnica del pertiguero de Jesús Nazareno que fue cortada a la medida de este sastre alegre, comprometido y aficionado a participar en la sociedad civil desde diferentes colectivos, desde el club de enganches hasta el Rotary Club, pasando por las cofradías o la asociación de comerciantes de Asunción. Sabe latín porque es la rama dichosa que al tronco sale, está todo el día detrás de un mostrador o en la calle y tiene un teléfono que suena más que el de un jefe de gabinete.
Cuando ve a un cliente agobiado por el sobrepeso le echa la culpa al paso del tiempo mientras le mide el vientre: “Si es que los cuerpos se estropean, qué remedio”. Y si tiene confianza con el cliente lo amonesta: “No te dejes ir más que tienes el cuello muy gordo”. La ciudad guarda en su sastrería de la calle Asunción una seña de identidad, un estilo de vender que no se aprecia en negocios franquiciados, una formas por desgracia en desuso.
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