El mono europeo

Decía Borges que los monos habían dejado de hablar para que el hombre no los pusiera a trabajar

13 de marzo 2024 - 01:00

Según una encuesta de la Fundación BBVA, uno de cada cuatro europeos no cree que el carácter evolutivo del hombre. Esto es, recela de la teoría darwiniana que emparenta al ser humano con algún tipo de primate. En el caso de España el porcentaje es menor (sobre un 13%); lo cual no quita para que en su día, en pleno combate entre el evolucionismo y el creacionismo, entre Lamark, Darwin y las Sagradas Escrituras, los dueños del Anis del mono pusieran a su mascota el rostro de Charles Darwin, pintado por Ramón Casas. Y no acaba ahí la cosa. Ortega tituló como La querella entre el hombre y el mono (1926) a un artículo donde recordaba la naturaleza especulativa de la ciencia y los sólidos argumentos de Westenhofer para defender lo contrario: que era el mono quien descendía del hombre.

Es fácil, por otra parte, establecer un paralelo entre esta suspicacia ante el evolucionismo y el abultado descrédito de la idea de progreso que sucedió a las carnicerías promovidas por Napoleón, y antes al propio terremoto de Lisboa, que sobrecogió a la Europa ilustrada en noviembre de 1755. En un libro emocionantísimo, Padre e hijo, el escritor Edmond Gosse retrató la amarga encrucijada vital de su padre, el naturalista Philip Henry Gosse, quien además era un estricto puritano, al tratar de adecuar las nuevas evidencias geológicas a la adusta cronología del Génesis. Decía Borges, en tal sentido –en el sentido de un acto de creación único y definitivo–, que los monos habían dejado de hablar para que el hombre no los pusiera a trabajar. Y lo mismo se podría argüir en sentido contrario: el hombre habría adquirido la virtud del habla para seducir y extraviar al resto de la creación. Todavía hoy, en la Europa que estudia la Fundación BBVA, hay sectores sociales que creen en la cualidad trascendente de razas y lenguas superiores, que determinan una unidad política de destino.

Era 1964 e Isaiah Berlin escribía, después de la devastación causada: “El nacionalismo es la fuerza más poderosa y seguramente la más destructiva de nuestro tiempo”. Sesenta años después, no podemos decir que aquel judío trasterrado se equivocara. La creencia en el darwinismo, como mera “creencia”, como prejuicio heredado, no difiere mucho de quien cree en los platillos volantes o en la cualidad visionaria de un führer. Y por otra parte, la poética de las razas y las lenguas es algo que ya está –que tiene su origen– en la ciencia y la filosofía del XIX. En esa encrucijada, entre el anís del mono y el mono propiamente dicho, se encuentra todavía el cauteloso primate europeo.

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