La niña del tren

21 de enero 2026 - 03:06

Nunca olvidará lo que le ocurrió a sus seis años. La niña Cristina Zamorano sintió, de pronto, un ruido ensordecedor. El tren empezó a dar botes, notó que se desplomaba, que caían maletas, un golpe muy fuerte en la cabeza. Quizás se desmayó durante unos momentos. Pero despertó, escuchó unos gritos terribles, alaridos de dolor, vio sangre por todas partes, notó que ella también tenía rasguños en la cabeza. Viajaba con su padre, su madre, su hermano y su primo, que estaban en el vagón, los vio cubiertos de sangre, mudos, sin responder a sus palabras, como ausentes. Había otros viajeros en el tren que parecían muertos o heridos, también ensangrentados, sin poder moverse. Llantos que no sabía de dónde procedían. Entonces observó que sus zapatos se habían quedado aprisionados bajo unos hierros. Estaba descalza. Comenzó a andar por ese vagón de sangre y muerte.

La niña Cristina vivía en Punta Umbría (Huelva). Había pasado el fin de semana en Madrid, con su padre, su madre, su hermano y su primo. Acudió a ver el musical de El rey León. Los niños eran aficionados al fútbol, estuvieron en el partido entre el Real Madrid y el Levante, se hicieron unas fotos en el estadio Santiago Bernabéu, la compartieron por redes sociales. Aquella tarde del domingo 18 de enero de 2026 subieron al tren Alvia 2384, sin saber que ese número sería el elegido para la lotería de una catástrofe. El tren dejó atrás los campos manchegos, ya había pasado Despeñaperros, se acercaba a Córdoba, aunque todavía les faltaban algo más de dos horas para llegar a Huelva. Estaba un poco aburrida, pensando que el lunes volvería al colegio. Cuando, de repente, la sorprendió aquel ruido, aquellos gritos, y ya no sintió nada. Hasta que despertó.

La niña vio que una de las ventanillas del tren estaba rota, y pensó que podría salir. Ya se habían ido las personas mayores, los que pudieron escapar. Nadie la veía. Descalza, atemorizada, entre lágrimas, que eran como una cascada que brotaba de su interior, sin entender lo que ocurría.

La niña saltó por la ventanilla, hacia la oscuridad. Merodeó alrededor del tren roto, como si fuera un animalito perdido, sin ver a nadie, sin rumbo. Hasta que se encontró con otra niña, mayor que ella, a la que no conocía. Entonces un guardia civil llamado Paco le preguntó de dónde venía. Cristina le contó que no sabía dónde estaban sus padres, ni su hermano, ni su primo… Ella se había escapado de una pesadilla. Y, entre tantos cadáveres, con una familia rota, la niña se convirtió en el último símbolo de la vida. A veces un milagro (¿o un ángel?) te puede salvar de la muerte.

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