La tribuna

Adela Muñoz Páez

La nueva cruzada

EN los albores del segundo milenio multitudes enardecidas por las prédicas del fraile Pedro el Ermitaño emprendieron camino rumbo el este siguiendo la proclama del papa Urbano II "Dios lo quiere". Buscaban la redención por el cumplimiento del mandato divino de expulsar al infiel de los Santos Lugares. Los soldados, que llevaban una cruz en el pecho como símbolo del credo que defendían, eran conocidos como "cruzados". A los cristianísimos monarcas que los acaudillaban los espoleaba el fervor religioso y las indulgencias que los papas les habrían de conceder.

Pasaron varios siglos antes de que los cristianos abandonaran las sangrientas guerras de religión y pasaran a emplear métodos más civilizados para la defensa de la fe, pero esto no significó que las matanzas en nombre de Dios desaparecieran de la faz de la tierra. No hay más que recordar la muy cruenta separación de Pakistán de la India poco después de que ésta alcanzara la independencia, o las recientes masacres de minorías religiosas en países del sudeste asiático de mayoría musulmana. Hasta hace poco en Occidente nos tranquilizábamos pensando que esos países tercermundistas, economías emergentes en el mejor de los casos, quedaban muy lejos, por lo que esas orgías de sangre no eran cosa que debiera preocuparnos. Pero llegó el atentado del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York y su más cercana secuela del 11 de marzo de 2004 en Madrid, y nos dimos cuenta de que en este mundo globalizado ningún conflicto quedaba demasiado lejos. Había que defenderse, para lo cual hubo que extremar las medidas de vigilancia y la cooperación entre gobiernos y tolerar un asalto a la privacidad sin precedentes en aras de la seguridad.

¿Era eso suficiente, estábamos ya a salvo?

Mucho antes que esa yihad tan beligerante, algunos seguidores del Profeta habían comenzado otra guerra más sutil y devastadora. Esta guerra ha resultado ser invisible para muchos porque sus víctimas son las mujeres de países musulmanes que siempre fuero ciudadanas de segunda o tercera clase. Comenzó a mediados del siglo pasado y, sin proclamas ni bombas, está arrasando los todavía muy precarios derechos de estas mujeres. El cambio más llamativo y radical tuvo lugar en Irán, dónde tras el derrocamiento del sha y la instauración del régimen de los ayatolás, las antaño poderosas mujeres iraníes se convirtieron en bultos bajo trapos negros. Luego vino el régimen de los talibanes en Afganistán, que convirtió lo que era una tradición rural en una obligación para la totalidad de las mujeres afganas, a las que privó incluso del derecho a mostrar la cara. Pero quizás el cambio más insidioso ha sido el inducido por la labor de zapa de los Hermanos Musulmanes, que comenzaron su apostolado en Egipto a finales de los años 20 y se han convertido en los vencedores de la Primavera Árabe. Abiertamente en Egipto, más difusamente en otros países como el muy liberal Túnez, el único país musulmán en el que la poligamia estaba prohibida por ley desde el siglo pasado, o en el más cercano Marruecos.

Egipto, Túnez, Marruecos… Algunas pueden pensar "estamos a salvo, todavía nos protege el Estrecho", y seguir enzarzadas en discusiones sobre matices en la forma en que las mujeres disfrutamos nuestros derechos en el Primer Mundo, o creer que nada tenemos que temer, porque nos ampara el dios verdadero que cree en la igualdad de hombres y mujeres.

Todas deberían saber lo que sucedió en el verano 2012 en una consulta de pediatría de un centro de salud del centro de Sevilla.

Al entrar en ella una señora con velo, manga larga y pantalón largo y decirle la médica:

-Hija, qué calor estarás pasando con esa ropa.

La señora velada respondió:

-Yo la llevo con gusto y por decisión propia, pero no pasará mucho tiempo antes de que usted la lleve por obligación.

El de agorera es un papel ingrato, pero las mujeres occidentales no debemos olvidar que ningún derecho se gana de forma irreversible y que los atropellos contra las mujeres en los países musulmanes son un ataque contra todas las mujeres. Tampoco podemos olvidar que los que ahora enarbolan la bandera de la guerra santa, como en su día los cruzados, están convencidos de que tienen la razón absoluta al tener de su parte al Sumo Hacedor, por lo que mil años después aún siguen proclamando "Dios lo quiere". Ellos no ven lo evidente, que en la Tierra de Hombres que todos habitamos hemos de regirnos por las leyes de hombres.

Es hora de que dejemos a Dios el gobierno del más allá y los hombres y mujeres luchemos juntos para que la razón y la justicia sean las que gobiernen el más acá.

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