Tomás García Rodríguez

Doctor en Biología

El palo borracho o árbol de la lana

El palo borracho era un árbol sagrado para antiguos pueblos amerindios

El palo borracho, Ceiba speciosa, debe su nombre común al tronco panzudo en forma de botella o tonel que posee y que puede almacenar agua para tiempos de sequía. Las grandes púas cónicas distribuidas por toda su estructura le imprimen carácter y singularidad, siendo una defensa ante depredares molestos, mientras la corteza verdosa con clorofila le permite realizar fotosíntesis cuando queda sin sus hojas de folíolos lanceolados y aserrados en la estación invernal. En nuestras latitudes, ofrece a finales de verano y en otoño unas hermosas flores con cinco pétalos de hasta diez centímetros -con fondo claro y extremos rosas, blancos o amarillos- que recuerdan a las de los hibiscos o pacíficos, y que pueden ser polinizadas por mariposas monarcas, colibríes y murciélagos en sus lugares nativos de determinadas regiones tropicales y subtropicales sudamericanas. Esta portentosa planta recibe también el apelativo de árbol de la lana debido a las suaves fibras algodonosas que envuelven y protegen a las semillas en el interior de sus ovoides frutos capsulares, siendo utilizado antaño este esponjoso recubrimiento para rellenar colchones, almohadas, cojines e, incluso, salvavidas. Con su liviana madera, los aborígenes fabricaban canoas o cayucos, de donde procede el nombre genérico latino de Ceiba, mientras el epíteto speciosa significa bello o vistoso.

El árbol de la lana se adapta bien a zonas costeras sin heladas de la vertiente mediterránea y a los valles templados del sur peninsular, existiendo venerables ejemplares con troncos de cinco metros de perímetro en algunos parques y plazas de Cádiz. En Sevilla, los especímenes más vetustos se pueden contemplar en el Alcázar y en el Pabellón de Cuba, heredados de la Exposición Iberoamericana de 1929, hallándose otros más jóvenes en el Parque de María Luisa, en los Jardines de Cristina, en el Parque de los Príncipes, la Isla de la Cartuja, el Pabellón de Guatemala, el Parque Magallanes o en el campus universitario de la antigua Fábrica de Tabacos.

Pariente del mítico baobab y sujeto de mil leyendas en sus tierras originarias, el palo borracho era un árbol sagrado para antiguos pueblos amerindios y un icono en países como Paraguay o Argentina, estando presente hoy en día en muchas plazas y calles de Buenos Aires. Según cuenta la tradición, los nativos guaraníes de las regiones platenses del río Pilcomayo lo relacionaban con el cuerpo de la mujer, como una "madre pegada a la tierra": con un tronco recto y esbelto en la juventud; con una atrayente figura curvada, incluso grávida, en la plenitud física de su madurez; con el aspecto rugoso de una venerable matrona en su reposada vejez...

"Te saludo, árbol, yo aquí, tú conmigo./ De mi lucha diaria tú eres mi testigo./ ¿Cuántos años llevas afilando espinas?/ ¿Quién quiere robarte flor, savia, resina?/ Dejas que te miren, robusto, inerme,/ no hieres a nadie, si te tocan dueles"(Al palo borracho que miro desde la ventana, Rubén Edgardo Sánchez).

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