La tribuna

Rafael Caparrós

La peligrosa esterilidad económica europea

Absortos como estamos los europeos en la contemplación de la vertiginosa catástrofe económica norteamericana, corremos el riesgo de no ver esa viga en nuestros ojos que nos impide evaluar las dimensiones de nuestra propia crisis. Algo así parece haberle ocurrido a algunos líderes europeos en la pasada cumbre de Bruselas de Jefes de Estado y de Gobierno y, singularmente, a la canciller conservadora alemana Angela Merkel, justamente apodada Frau Nein, en la adopción de medidas comunitarias para afrontar la actual crisis global. Su negativo posicionamiento -"no vamos a participar en esa carrera sin sentido por los billones"- sólo ha sido superado por el de su feble ministro de Economía, el social-liberal Peer Steinbrück (SPD), quien, creyéndose a salvo de las inclemencias de un temporal que arrecia visiblemente, se ha permitido criticar a los ingleses, acusándolos de practicar un "craso keynesianismo". Pero, sépalo o no tan cerril ministro, tachar a una política de keynesiana ha perdido ya esa connotación descalificadora que otrora ostentara, cuando la pensée unique (Kahn) del neoliberalismo económico era la única estrella que resplandecía en el firmamento ideológico de la economía global.

Con lo que está cayendo, la "medicina keynesiana" del incremento del gasto público para aumentar la demanda aparece ya claramente como "la única política económica posible", una afirmación siempre retórica, en la que solía incurrir en su día entre nosotros el ministro social-liberal Carlos Solchaga (PSOE). Lo ha dicho con exactitud el reciente Premio Nobel de Economía, Paul Krugman: "Como en EEUU, la política monetaria de rebajas de los tipos de interés en un intento de reanimar la economía está llegando rápidamente a su límite. Esto deja una única vía para prevenir el peor desplome desde la Gran Depresión: un uso agresivo de la política fiscal consistente en aumentar el gasto o recortar los impuestos para impulsar la demanda. Ahora mismo todo el mundo ve la necesidad de un gran estímulo fiscal paneuropeo."

En estas circunstancias, lo más grave no es la errónea valoración de los alemanes respecto a su propio nivel de riesgo económico, sino lo que su negativa comporta para el esfuerzo comunitario conjunto. Porque ningún esfuerzo económico paneuropeo puede tener éxito sin contar con Alemania, la principal economía del continente. Así, los resultados de la cumbre de Bruselas no pueden ser más decepcionantes. El acuerdo adoptado para reactivar la economía de la Zona Euro es que no haya un plan europeo, sino sólo la suma de 27 planes nacionales. Van a ser las finanzas de los estados las que soporten el coste del proyecto, sin que ni siquiera se hayan armonizado las actuaciones, dejando a cada país que decida las medidas expansivas concretas a tomar. El único rasgo común es el coste -el 1,5% del PIB de cada Estado-, un planteamiento altamente difuso, porque cada uno de ellos podrá incluir en el paquete medidas ya tomadas, así como calcular sus costes de forma arbitraria. El abanico se deja tan abierto que los Estados pueden incluso elegir entre incrementar los gastos o reducir los impuestos. Aparentemente, las dos actuaciones son similares -y cuantitativamente lo son: ambas son expansivas e incrementan el déficit público-, pero cualitativamente son muy distintas, ya que tienen efectos dispares sobre la distribución de la renta, perjudicando la opción adoptada a los más desfavorecidos, y sus efectos expansivos continentales son mucho más dudosos.

El problema de la esterilidad de la política económica europea se remonta al diseño mismo de la Unión Económica y Monetaria, tal como se plasmara en el Acta Única Europea de 1987 y el Tratado de Maastricht de 1992. Allí se sustraía de la competencia de los estados la política monetaria y, aparentemente, se les dejaba la de la política económica. Pero en la práctica el Banco Central Europeo ha asumido ambas políticas; su monopolio monetario y la impotencia de la Comisión para ir más allá de una difusa e impotente "coordinación de las políticas económicas de los estados miembros", así como las limitaciones impuestas a éstos por el Plan de Estabilidad y Crecimiento de 1993, los incapacitaban para efectuar una auténtica política económica propia, susceptible de europeización. En este sentido, la Europa económica está prisionera de sus propias reglas porque quiere gobernarse con sólo uno de los elementos del gobierno, el Banco Central, pero se niega a dotarse de su lógica consecuencia complementaria: una verdaderamente coactiva coordinación de las políticas presupuestarias, fiscales y sociales de sus Estados miembros.

Ahora bien, el problema es el tiempo. En todo el mundo las economías se desploman rápidamente, mientras esperamos que alguien, quienquiera que sea, proponga una respuesta política eficaz. ¿Cuántos destrozos más habrá hasta que por fin llegue esa respuesta?

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