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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

La picaresca del Covid

El ¡no lo fastidien! a los políticos nos sirve a todos. No nos podemos precipitar pero sí empezar a hablar claro

Un grupo pasea por las calles del centro de Sevilla con la mascarilla puesta

Un grupo pasea por las calles del centro de Sevilla con la mascarilla puesta / Juan Carlos Vázquez

En Ojos que no ven hay un personaje ausente (un anciano) que muere solo en una residencia. Un punto extra en el 0; como el perro minusválido y moribundo que apenas se deja intuir; como la niñita especial (adoptada, negra y con síndrome antisocial) que nunca llegamos a ver. Es Nochebuena y las hijas deciden no contarle nada a la madre hasta el día siguiente. Es una abuela de armas tomar, de esas que se crecen haciéndose las víctimas. Ciega, torpe e irascible. Todos le tienen miedo; pareciera que hasta la muerte.

La obra de Natalia Mateo, una función que dirige Carles Alfaro sobre una idea original que la dramaturga estrenó como corto, se desarrolla en la sala negra de los Teatros del Canal a modo de tragicomedia. El texto es agudo y valiente. Militante de un humor perspicaz e inteligente que te revuelve en el asiento y te obliga a mirar hacia a dentro. Lejos de los libros de autoayuda pero con líneas rojas: la pandemia.

Al final de la representación, en un encuentro con el público, le pregunté a la autora por qué no había actualizado el texto incorporando el Covid (¡de qué iba a morir si no un abuelo en soledad en un geriátrico!) y me contestó que aún no estamos preparamos para reírnos del virus. Hubo un silencio sepulcral en la sala. Se palpaba la tristeza, la rabia y la amargura.

No se lo discuto. Llevamos seis olas con unas cifras inauditas del Covid, con rostros y familias detrás, que no podemos descafeinar en una comedia negra. Pero tal vez la normalidad que tanto anhelamos tenga que ver con ello. Con dejar de utilizar la pandemia como una excusa infalible, como un salvoconducto de emergencia y como una coartada para todo.

Cuántos compromisos (coñazos) hemos eludido por aquello de no exponernos; cuántas cenas hemos evitado organizar porque este año volvía a tocar ser responsable; a cuántos compañeros conocemos de (pseudo)vacaciones en casa por contacto estrecho con un positivo; cuántos estudiantes se han aislado en casa sin más misión que aburrirse…

No nos podemos precipitar, bien, pero tampoco ponernos una venda en los ojos. Diciembre nos ha regalado los mejores datos del paro que se recuerdan. En mitad de una inflación histórica. A las puertas de una cuesta de enero que se anticipa de vértigo. Escuchaba la buena noticia en la radio seguida de una timorata petición de los empresarios: ¡No lo fastidien! Se lo decían a los políticos, pero nos sirve a todos... En el país del Lazarillo de Tormes, empecemos a hablar claro.

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