¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La nueva muerte de Pemán
Me había propuesto no escribir de cartel alguno este año. Se ha convertido ya en una costumbre preprimaveral cansina, como las retransmisiones del carnaval de Canal Sur o las profecías apocalípticas de un verano infernal. Uno se siente como el desgraciado de Sísifo con su piedra cuaresmal. Pero cuando entré en el bar Rioja a tomar el primer café de la tarde lo único de que se hablaba en la barra era del ya famoso cartel de la Macarena de Luis Gordillo. Lo mismo los guindillas en cambio de guardia que los camareros o los habituales parroquianos que se sientan al fondo de la barra. Ya está aquí el buen tiempo y la polémica del cartel. Qué cruz.
El esquema es muy simple. Acción: una venerable hermandad o el Consejo mismo encargan un cartel a un modernazo (en este caso a uno de los pintores sevillanos más reputados de las últimas décadas) que, como es lógico, hace una obra según sus criterios y no con los de la cuadrilla de costaleros. Y reacción: se arma la de Dios es Cristo en las redes y en los bares, con momentos más o menos hilarantes. Es cierto que algunas veces la cosa sale bien, sobre todo cuando el artista es Manolo Cuervo, que misteriosamente se ha convertido en el autor de referencia del capilleo del siglo XXI, pero lo normal es que el cartel no guste o que escandalice. Y así pasamos los días hasta que otro gran tema nos saque del aturdimiento de la rutina diaria.
Es evidente que el cartel de Gordillo no ha gustado, algo más que previsible. Esa, sencillamente, no es la Virgen de la Esperanza y, por tanto, no puede mover los corazones de sus devotos, que es lo que se debería pedir a todo cartel que pretenda anunciarla. Quizás el error –si es que ha habido alguno– ha sido la elección del artista. Desde hace tiempo se detecta en amplios sectores del mundo cofrade una absurda ansia de épater le rance, algo que muchos ven como algo positivo. Para los partidarios de la cosa moderna es muy necesario que las hermandades apuesten por el arte contemporáneo.
Pensándolo bien, la polémica anual del cartel no es para tomársela a risa. Estamos reproduciendo a escala popular y masiva uno de los grandes debates de nuestro tiempo: la gran brecha que se ha abierto entre el arte contemporáneo y el gusto mayoritario. Una polémica que sería ininteligible para Tiziano o el Giotto. El pasado domingo, Juan Bonilla, entrevistado por mesié, afirmaba que una de las tragedias de hoy es la renuncia de los artistas a la belleza (y a lo sagrado, añadiría yo). Y Félix de Azúa comentaba ayer que “ya Hegel avanzó que las artes iban hacia su fin y se habían convertido en una forma de pasado”. Hasta el año que viene.
También te puede interesar