La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Hartos de estupideces
Como es la mañana de Reyes, precisamente, y usted no tendrá mucho tiempo para articulitos (de prensa), esta columna se puede leer en versión abreviada: regálense ver con sus hijos, nietos y/o sobrinos la película El Rey de reyes. Ya está.
Vayamos con la versión larga, por si incluso hoy me regalan unos minutos más. El Rey de reyes está inspirada en el libro La vida de Jesucristo, que escribió Charles Dickens, nada menos, para leérselo a sus hijos entre 1846 y 1849. “Siento gran impaciencia por que sepáis algo de la historia de Jesucristo, pues todos deberían conocerla”, es la primera frase. La vida la cuenta sin casi ninguna originalidad ni adornos, porque era para sus hijos. Tanto que la obra no podía publicarse por expreso deseo del escritor mientras viviese alguno de ellos. Sólo tras la muerte de sir Henry Dickens, en 1933, fuimos admitidos en la fiesta, que ahora el director y guionista Seong-ho Jang ha redoblado.
Conozco bien el libro, porque me cupo el honor de prologar la edición española de Renacimiento. Estoy, por tanto, en condiciones de decir que la adaptación del surcoreano es estupenda, tanto por lo que respeta de Dickens como por lo que le añade. ¿Añade? Sí, bastante. Para empezar el título, El Rey de reyes, que es un homenaje (quizá involuntario pero providencial) al centenario de la encíclica Quas Primas, que el papa Pío XI dedicó a Cristo Rey. Al hijo de Dickens en la película le obsesionan los caballeros de la Tabla Redonda y el rey Arturo. Dickens reconduce su pasión hacia el Rey más verdadero, con sus tres Reyes Magos, por supuesto, y el malvado rey Herodes; y le explica muy bien –C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien aplaudirían– que las mejores historias se inspiran en ésta. Queda clarísimo, por otra parte, el anhelo de los niños de todos los tiempos por los grandes relatos.
Otro añadido metaliterario es que cinematográficamente se resuelve muy bien cómo y cuánto se mete el niño (y el padre) en la historia de Jesús. Así hay que leer, como un personaje más.
Del original de Dickens se conserva lo más importante. El amor de un padre por sus hijos y la certeza de que les regala lo mejor que puede ofrecerles. El empeño dickensiano de dar a conocer, enseñar a amar y animar a imitar a Cristo pasó del corazón del escritor al libro, y ahora palpita en la pantalla.
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