‘Terra incognita’

10 de enero 2026 - 03:06

Conversando con gente cercana –familiares, amigos–, tengo la sensación de que todos compartimos la misma sensación: el mundo ha entrado en una nueva época para la cual no existen los mapas ni los GPS que puedan orientarnos. Y supongo que mucha gente piensa lo mismo. Los mapas medievales tenían extensas zonas en blanco en las que el cartógrafo había escrito estas palabras misteriosas: Terra incognita, “Tierra desconocida”. Y en esas estamos. En una época en la que Street View nos puede llevar a Uzbekistán –ahora mismo estoy viendo la calle principal de una ciudad llamada Navoi–, empezamos a vivir la sensación de que estamos adentrándonos en un mundo desconocido del que nada sabemos. Podemos rastrear las callejas de un bazar de Samarcanda desde nuestra pantalla de móvil, pero no tenemos ni idea de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Oímos hablar de las “tierras raras” de Groenlandia, y es como si nos hablaran de aquella isla flotante de San Brandán que se aparecía a los navegantes que intentaban llegar a la Última Thule. Y lo mismo pasa cuando leemos una breve noticia sobre las reservas de litio de la Patagonia o los yacimientos de uranio de Níger. ¿De qué demonios están hablando?, nos preguntamos. ¿Para qué sirve todo eso?

Quizá me equivoque, pero el mundo vuelve a ser un lugar misterioso que está destinado a ser explorado –y explotado– por los mineros y los ingenieros y los exploradores, igual que a comienzos del siglo XV. Leo que los Emiratos Árabes Unidos están creando unas reservas subterráneas de agua desalinizada de 20.000 millones de litros. Y que los ingenieros chinos están usando cianobacterias (microorganismos fotosintéticos, según me sopla la amable Wikipedia) para crear tierras cultivables en el gran desierto de Tengger, en Mongolia Interior. ¿Alguno de ustedes había oído hablar de las cianobacterias, o ya puestos, del gran desierto de Tengger? Yo, desde luego, no.

Esta es la nueva realidad. Y todo lo que habíamos aprendido hasta ahora, todo lo que estábamos acostumbrados a utilizar para orientarnos, se ha quedado desfasado e inservible. No son buenas noticias, pero tampoco nos servirá de nada llevarnos las manos a la cabeza –escandalizados, perplejos– y tirarnos de los pocos pelos que nos quedan.

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