La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Hartos de estupideces
Pese a la turistificación, la gentrificación y la digitalización, aún quedan en el centro Sevilla no pocos remansos de paz, enclaves de cultura slow -que diría un moderno-, núcleos de resistencia frente a un mundo estresado y banal. Uno de estos es la librería Boteros, ubicada en la confluencia de la calle homónima con Odreros, en el local que durante años fue la sastrería del padre del poeta Pepe Serrallé. Esta librería de viejo poco tiene que ver con la habitual imagen barojiana del gremio, más bien polvorienta y trapera, con personajes-fósiles obsesionados con la rebusca de primeras ediciones. Más bien es todo lo contrario, un lugar decorado con evidente coquetería, alfombras morunas, los anaqueles perfectamente ordenados, música de piano como banda sonora y, junto a la mesa del librero, un rincón con sillones y un sofá que casi siempre están ocupados por algunos parroquianos sin prisas entregados a la ociosa y muy meridional costumbre de la tertulia. Algún día escribiremos sobre las tertulias informales de Sevilla, aquellas que no tienen nombre ni especialización, normalmente vinculadas a algún comercio cuyo dueño ejerce de condescendiente anfitrión, como si fuese la reencarnación del barón de Holbach. Quizás la más memorable era aquella que se reunía espontáneamente en la ya cerrada barbería del Maestro Paco, en Santa María la Blanca, parada habitual de los que accedían al centro por la Puerta de la Carne para hacer algún mandado. La de la librería Boteros, por su propia naturaleza libresca, es quizás más culta y refinada, pero no menos humana y amable. Su mantenedor, el librero Daniel Cruz, es uno de esos sevillanos que no responden a la estampa del Curro romántico. Hombre muy educado y amable, ha conseguido crear en Boteros un enclave de verdadera cultura que nada tiene que ver con ese mundo afectado y artificioso de los grandes fastos, ni con la pretenciosidad de algunas iniciativas. Sólo palabra hablada y escrita; amistad por los libros y por las cosas de la vida y la ciudad.
Hoy hablamos de la librería Boteros, pero bien podríamos hacerlo de una de esas mercerías donde la compra de un botón es un arte, o una papelería en la que la elección de un bolígrafo exige una reflexión pausada... Escuelas de paciencia y buenas maneras, de trabajo bien hecho, de comercio artesanal, de humanidad gremial. Son los bastiones de un mundo que no puede ni debe ser derrotado, una red sin la que la ciudad, tal como la concebimos y amamos, no existiría. Podemos comprar las cosas por internet o en grandes centros comerciales, pero llegará un día que saldremos a la calle y todo serán yogurterías y bares sin barra para guiris. Y vendrá el lloriqueo.
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