Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
No me gusta que los que me leen me conozcan, porque los defraudo. Ni que los que me conocen, me lean, porque los defraudo. Por ejemplo, en la segunda quincena de agosto, aquí ya hay muchos que me dicen que qué cansancio de veraneantes y yo vengo, ay, a defender lo contrario.
Si alguno de mis queridos quejumbrosos me lee, que no se moleste. Sabemos que los veraneantes pertenecen a ese conjunto de cosas de las que se habla mal consuetudinariamente, como del calor o del levante o incluso del perro. Pero a los que luego se les tiene un enorme cariño. El epítome de ese amor vergonzante y refunfuñador pero profundo es la suegra.
Tampoco defiendo al veraneante por el interés de la economía local. Hace unos días me llegó un meme en el que se veía a un caballero de color, que decía: "Vivimos principalmente del turismo". Llevaba en las manos unas calaveras bien escamondadas. Yo no como del veraneante.
Ceno con él con frecuencia, desbaratando mis planes de adelgazar, porque el pez, como dicen ellos, será agua, mayormente, pero no lo regamos con agua; y el tocino de cielo es un postre muy de la tierra, como la tarta imperial rusa. Pero no es sólo la cintura: el veraneante engrandece también nuestro mundo.
Hay un poema muy curioso en Diario de un poeta recién casado: el CLX. Allí JRJ explica en un insólito epígrafe que lo pensó mientras se bañaba viendo, por el tragaluz abierto, el mar azul con sol. El primer verso se propone: "No más soñar", y sigue luego el poema, pero a mí no se me quita la impresión de que lo que deslumbró al poeta fue la sensación de que se estaba bañando en la inmensa altamar del Atlántico sin salir de su bañera tibia e íntima. No era una metáfora: lo veía. Es lo que me pasa en verano. Sigo en mi casa y con los míos, pero tengo la sensación de sumergirme en el mundo, con tanto encuentro con próceres de paso, diplomáticos de vacaciones, editores relajados y hasta extranjeros de Suecia.
Me marco un Mahoma y su montaña de manual. Yo no me muevo, pero el escenario se hace mucho más cosmopolita y excitante. Ya tendremos 10 meses largos para recuperar el resuello. Todavía nos queda una semana para disfrutar de los viejos amigos que han vuelto, como las golondrinas, como las cosas naturales que siempre vuelven, un año más a ensanchar nuestro horizonte y a engrandecer nuestro corazón con sus rutilantes vidas. Adiós, gracias; adiós, donaires, no os olvidéis de regresar.
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