Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

El tren del demonio en Sevilla Este

Hay cada vez más vecinos para los que el silencio necesario para su descanso es una especie de Eldorado

El silencio de una cripta o el ruido de la Calle del Infierno? Así, a bote pronto, y escrito de esa manera, parece obvio que nos decantemos por lo segundo, ¿no? Lo primero nos trae la idea de eso que preferimos ni siquiera nombrar. Llegará, y entonces ni oiremos ese silencio. Apostemos pues por lo segundo, por ese ruido producto del júbilo y la diversión.

Pero lo que tienen que oír más de un centenar de familias que viven en Sevilla Este no es el tren de la bruja. Es el del demonio. Viven en Residencial Al Alba. Sí, a esa hora llevan ya varias con los ojos como platos, insomnes.

Hace tiempo que no sabemos apenas nada de la contaminación acústica de Sevilla. ¿Hay mucho o poco ruido en esta ciudad? ¿Más o menos que en otras de similares características? ¿Produce Sevilla -o mejor dicho, quienes vivimos aquí- mucho o poco ruido? ¿O el normal? Y del que produce -o producimos-, ¿cuánto podemos procesar y asimilar, cuánto de todo ese ruido es evitable? ¿Y cuánto de él corresponde a una actividad necesaria y cuánto a la mala educación?

El ruido ha llevado a muchas personas al médico. El ruido ha cascado el corazón de algunos y deshilachado el sistema nervioso de otros. En el ruido está la causa principal de más de una mudanza. Puede que ya haya habido alguna en esa zona de Sevilla Este. O no. Que no es tan fácil, y menos después de tantos esfuerzos para conseguir una vivienda: que no cambia uno de casa como de calzoncillos.

El ruido de la ciudad, como casi todo en esta vida, va por barrios. Debe haber ya muy pocos inmunes al ruido en Sevilla. Hay días que parece una gigantesca Calle del Infierno. Lo cual está muy bien para los negocios de insonorización de viviendas. Para ellos, una ciudad silenciosa es nefasta. Estas empresas están encantadas con la proliferación de bandas de tambores y cornetas. Y con los coches de catetos y macarras. Y con los trenes de mercancías nocturnos.

Una ciudad silenciosa es un cementerio. Una ciudad silenciosa sólo puede estar a la espera de que vaya a ocurrir algo terrible. Y cuando ocurre, ese silencio es ya inhumano. Nadie quiere eso. Pero tampoco desea nadie una ciudad en la que la convivencia y sobre todo el descanso de sus vecinos sea una suerte de Eldorado. Y esto es lo que les pasa a más de un centenar de vecinos de Residencial Al Alba. También a los de otras muchas zonas de Sevilla, estruendosas a un nivel casi desquiciador. Y leo lo que dice el abogado Joaquín Herrera del Rey, fundador de Juristas Contra el Ruido: "Los ayuntamientos son ineficaces en la lucha contra la contaminación acústica". ¿No es para ponerse a gritar?

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