El último suspiro de Manuela

En los últimos años de vida Manuela conoció la ternura de Dios a través de la Hermandad y la imagen del Gran Poder

02 de octubre 2023 - 01:00

Cuando María José me dijo que Manuela había muerto pensé, o más bien sentí, que solo porque esta mujer, después de una vida tan dura, sea acogida y abrazada vale la pena apostar porque Dios exista. Es el anhelo de justicia que conmovía a Horkheimer ante la tumba de su madre: “¿Qué es religión? La expresión de un anhelo, del anhelo de que la injusticia que distingue a este mundo no sea lo último… El inextinguible impulso, mantenido contra la realidad, de que ésta debe cambiar, que se rompa la maldición y se abra paso la justicia… Jesús murió por los hombres, no pudo reservarse avaramente para sí y se hizo de todos los que sufren”. Manuela vio ese hacerse de todos los que sufren en el Gran Poder.

Primero llegaron sus manos, no su imagen, actuando a través de los voluntarios de la Hermandad, los Cirineos del Señor –en el caso de Manuela, María José y Rocío– implicados desde 2018 en el ejercicio de la caridad en los Tres Barrios. De la caridad, escribo, no de la acción social, que difícilmente se entiende Corintios 13 de san Pablo si se sustituye caridad por acción social. Esta acabará junto a las necesidades que socorre cuando venga lo perfecto y veamos cara a cara. En cambio, “la caridad no acaba nunca” porque no solo es ayuda, es amar con el amor con el que Dios nos ama y actuar en consecuencia. Está escrito: “Aunque repartiera todos mis bienes, si no tengo caridad, nada me aprovecha”..

Después llegó el Señor a su barrio y Manuela pudo ver con sus ojos la más cierta imagen del que sufrió para hacerse de ella y de todos los que sufren. Encontró, no solo consuelo, sino el reconocimiento de su dignidad y grandeza como ser humano único que la vida le había negado. Lo expresó en la película de la Santa Misión del Gran Poder con un suspiro que nadie que la haya visto ha olvidado: sobrecogía el corazón y resumía sin palabras todo cuanto cada día hace el Señor en su Basílica y todo cuanto hizo en las tres semanas de su estancia en los Tres Barrios.

En los últimos años de su larga y dura vida Manuela se encontró con la ternura de Dios representada por sus cuidadoras y por la imagen del Señor. Su suspiro fue a la vez expresión de la pena de una madre que sumó a sus dolores la pérdida de un hijo y de la paz que encontró cuando el rostro del Gran Poder le reveló que su hijo vivía en las manos del Señor. Dios debe existir, sí, para colmar este anhelo de justicia, de amor y de acogimiento.

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