La Sevilla del guiri

John Julius Reel

¿A dónde vas? ¡A la Feria, no!

17 de abril 2010 - 01:00

SIEMPRE me he sentido más cómodo como observador que como participante. Quizás por eso prefiero mucho más la Semana Santa a la Feria.

Durante mis primeros meses en Sevilla, muchos guiris me decían que, aunque los sevillanos se presentan como cálidos y hospitalarios, nunca me dejarían sentirme uno de ellos, y me acogerían salvando siempre las distancias.

Antes de llegar a España, escuchaba casi lo mismo sobre mis compatriotas. Me decían que la cordialidad bien reconocida de mis paisanos, es, en el fondo, falsa, incluso una defensa para mantener a raya a los forasteros.

No puedo opinar si los sevillanos o los estadounidenses son o no así. Nunca me he fijado. Probablemente porque también prefiero salvar las distancias. ¿No habéis notado que una vez dentro de cualquier círculo, después vienen las obligaciones? Aún más si eres el extranjero.

Por ejemplo, si eres sevillano y recibes invitaciones a varias casetas y, durante la Feria no logras aparecer en todas, no pasa nada, porque los que te invitaron comprenderán que el espíritu de la fiesta es la espontaneidad, que hay que dejarse llevar. Pero si eres guiri con invitaciones a varias casetas y no pasas por todas, lo más probable es que ofendas a aquéllos cuya hospitalidad no pudiste aprovechar.

Mi experiencia es así, por lo tanto prefiero quedarme quizás sin admisión, pero libre de la presión de expectativas que no puedo cumplir con gusto.

La Feria de 2007 fue mi primera con la muchacha que llegaría a ser mi mujer. Mientras ella y las demás muchachas de nuestro grupo estaban en la pista de baile, un sevillano me hizo una pregunta que, con su tono de picardía, sonó más a una afirmación.

-¿Te gustan las españolas?

Miré a mi alrededor y pensé que, si me gustaran las españolas, no podría haber acabado en un lugar más idóneo.

-No sé -le respondí-. Me gusta ella.

Muchas veces en esta serie de artículos he alardeado de lo sevillana que es mi mujer, no sólo físicamente -morenita, ojos grandes, pelo castaño- sino también en sus maneras -impulsiva, apasionada, incluso a veces descarada-. Pero, aparte de poder lucir un traje de flamenca mejor que nadie, es sencilla, asequible, franca y atenta- todo lo contrario a la imagen que tiene la Feria para mí.

Lo digo porque, a mi juicio, la Feria se parece al tipo de mujer guapa que va estirada por las calles, provocando deseo y fantasía. Si, al conocer la realidad, me decepciona, en parte es culpa mía por haberme ilusionado con su imagen, aunque ella jugó haciéndose la interesante.

Cuando vivía en Nueva York, al salir del trabajo, pasaba muy a menudo por la Lincoln Center Plaza, rodeada por tres de sus lados por el Metropolitan Opera House, el New York State Theater y el New York Philharmonic. Algunas noches cada teatro ponía una actuación, y todo el público estaba al aire libre, engalanado, tomando copas en las terrazas, antes de que se levantaran los telones. Como profesor a tiempo parcial, apenas tenía dinero para pagar el alquiler, mucho menos para entradas al teatro. No importaba si ninguna de las actuaciones me interesaba, sentía en esos momentos como si toda la alegría del mundo estuviera fuera de mi alcance. Me ha pasado igual cuando me he dado una vuelta por las calles de la Feria, viendo a la gente posando en las entradas de las casetas como figurines en un escaparate. A diferencia de la Lincoln Center, para la Feria de Sevilla no hay entradas en venta, sólo enchufes, con la excepción de algunas casetas públicas gratis sin personalidad.

No le quito a nadie el derecho a hacer una fiesta privada, pero si la montas en plena calle, debajo de una lona adornada, con música a todo trapo, y gente guapa vestida llamativamente, bailando y bebiendo con desenfreno, y para colmo pones un vigilante en la puerta para mantener fuera al elemento indeseable, tienes que entender que no sólo vas a recibir pitos, sino que vas a merecer estos pitos.

Me acuerdo de lo sorprendido que me quedé cuando, durante mi primera Feria, me di cuenta de que no sólo tenía que pagar por la comida y bebida, sino pagar casi el doble de lo normal. Si nada es gratis, o por lo menos rebajado, el fin de excluir tiene que ser tan solo excluir. Yo sé que siempre hay gente acechando para aprovecharse y estropear la diversión sana, pero hay que buscar la manera de mantener la seguridad sin dejar fuera a turistas de buena fe, no sólo del extranjero, sino también de Madrid, Jerez y Cádiz.

La Feria de Sevilla es descomunal, alucinante, única. Las luces, la música, los colores, la ropa y la bulla le dejan a uno sin respiración. Entrar por primera vez es como subir desde el subway y entrar de golpe en la multitud, el neón y los rascacielos de Times Square. La impresión es inolvidable. Pero para mí, mas allá de ésta, hay poco. Todo es superficial.

Este chiste bien conocido: ¿A dónde vas? ¡A la Feria! (con cara de ilusión). ¿De dónde vienes? De la Feria (con cara de hecho polvo). Me parece auténtico, aunque añadiría que, durante el camino desde la Feria a casa, además de agotamiento, siempre he sentido un poco de pena por haber asistido a una fiesta que excluye a otros que habrían valorado su entrada mucho más que yo.

Si después de todo eso nunca más recibo una invitación a una caseta, me consuela que probablemente habría acabado ofendiendo de todas formas, por no presentarme.

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