¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La nueva muerte de Pemán
Será un acto que traerá de fábrica una sobredosis de sensibilidad. Al menos para un servidor y gran parte de nuestra generación, reconocer a Eduardo Saborido, cincuenta años después, será como un reencuentro con los albores de nuestras vidas. Amigo y compañero de juegos en la infancia, colega de tuna y de equipo de fútbol en la adolescencia, con Eduardo existía una simbiosis que se convertía en admiración por los redaños que le echaba en un tiempo en que eso era ciertamente complicado. Su compromiso para llevarle la contraria a la dictadura reinante era motivo indudable de admiración, y eso de que cada vez que llamaban tempranito a su casa, nunca era el lechero, tenía muchos bemoles. Y esta noche en el Alcázar, Eduardo recibirá el galardón que lleva el nombre del que regía la Universidad entonces, hace ahora medio siglo. Cómo voló el tiempo.
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