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J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

El otro virus que llega de China

China ha dejado de exportar todo a cien, comienza a repercutir la inflación en sus productos y amenaza con una onda expansiva

Durante su discurso para el setenta aniversario de la Revolución de Octubre, el líder de la extinta URSS Mijail Gorbachov descubrió una palabra para el mundo: glásnot, transparencia. La pronunció ante los dirigentes del comunismo mundial: el polaco Jaruzelski, el alemán Honecker, el rumano Ceaucescu, Fidel Castro y Daniel Ortega, entre otros. Pocos meses después, los dos primeros fueron depuestos; el tercero, fusilado, junto a su esposa; el cuarto murió en la cama, aunque su dictadura perdura, y el último de ellos volvió a gobernar en Nicaragua, y hoy se presenta a las elecciones, aunque tiene encarcelados a casi la totalidad de los contrincantes. Como Cuba, la dictadura centroamericana sobrevive gracias a una férrea represión que terminará en un régimen de partido único y en la supresión de cualquier medio de comunicación que entienda que, sin transparencia, no hay democracia. Ni glásnot ni perestroika.

Con tres leyes punitivas, Daniel Ortega y Rosario Murillo vienen persiguiendo a los periodistas con acusaciones de ciberdelito, traición a la patria y colaboración con agentes extranjeros. Todo esto en un país donde un periódico y su editor, La Prensa y Pedro Joaquín Chamorro, hicieron tanto por echar al dictador Anastasio Somoza como los guerrilleros sandinistas que terminó liderando a la postre Daniel Ortega.

El capitalismo necesitaba una crítica, pero no era el comunismo, y el comunismo necesitaba una alternativa que no debió ser el fascismo. Eso fue el siglo XX, el siglo de las ideologías. De todas aquellas dictaduras comunistas, la única que ha logrado sobrevivir y y triunfar ha sido la china. Corea del Norte no es más que territorio preso de una familia con armas nucleares, y los regímenes de Cuba y Nicaragua agonizan.

El régimen de China supera en represión y opacidad a los dos americanos, pero ha sacado de la pobreza a 800 millones de personas. Es el único país comunista que no ha hundido en la miseria a sus nacionales, precisamente porque ha rectificado la aversión de la hoz y el martillo por el comercio. El 15% del consumo mundial son productos fabricados en China, y el gigante asiático ha comenzado a acaparar de modo coyuntural y a trasladar, para siempre, a sus exportaciones una inflación que hasta ahora se había ahorrado el mundo. Con márgenes muy escasos, mano de obra hipermasiva y barata, ha exportado bajo el lema de todo a cien, pero esto comienza a agotarse y amenaza con una onda expansiva inflacionaria. Este será el siglo de China, el coronavirus sólo ha sido una metáfora.

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