La pandemia del Covid ha originado, entre otras evidencias carenciales, dos nuevas clases sociales, o más bien dos diferenciadas clases económicas.

Una de ellas se define porque cobra todos los meses una paga (en agosto y diciembre doble paga), ya sea del Estado o de administraciones públicas. Esta clase social la integran funcionarios, concejales de pueblo, secretarias de concejales, empleados públicos, contratados laborales, sindicalistas, asesores de consejeros, técnicos de gestión, bedeles, chóferes, ministros, consejos de administración, diputados, senadores, militares o jueces, entre otros, y, claro, todo ello extendido por 17 autonomías, 80.200 municipios, más de 50 diputaciones y no sé cuántas empresas públicas, consejos forales o confederaciones hidrográficas, sin contar las empresas autónomas de gestión. Cobros y sueldos que salen de las arcas públicas, o del presupuesto de todos…

Arañando en hemerotecas, aunque la información sigue siendo críptica y difícil de extraer de ningún portal de transparencia, se puede estimar que las administraciones gastaron en empleados públicos 127.000 millones de euros en salarios (para 2.800.000 funcionarios). Dentro de esta primera nueva clase social también se integran los pensionistas de todo tipo (que representan ya la mayor partida de los Presupuestos Generales del Estado). Actualmente se destinan 163.000 millones de euros al pago de pensiones (para 9.700.000 pensionistas). En dos décadas, el dinero destinado a pensiones se ha triplicado.

Excluyendo de este análisis, por supuesto, las pensiones más bajas y de vergüenza, que no llegan ni a los 900 euros, la segunda clase social de nueva creación está formada por todos los demás, los que vivimos de nuestra actividad particular, autónomos, pequeñas empresas, técnicos liberales, músicos, escritores, camareros o limpiadores de coches, vendedores ambulantes, saltimbanquis, profesionales libres, freelancers, taberneros, psicólogos, vendedores de prensa..., cuyo destino es incierto e inseguro, eventual o imprevisto, gris y en bancarrota, según los vaivenes de la pandemia Covid que nos ha tocado vivir. Porque esta nueva segunda clase social, empobreciéndose, funciona y vive de que las calles y aeropuertos estén abiertos y la economía circule, cosa que la pandemia ha defenestrado.

Y con todo este panorama, sencillo de ver y de entender, analizar y sacar conclusiones, a nuestros estupendos gobernantes y sindicalistas no se les ocurre otra cosa que subir los sueldos de los empleados públicos y no se les cae la cara de vergüenza. ¡Lo mismo algún día la segunda nueva clase social despierte! 

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