Paseando por Sevilla y su entorno cercano ya podemos vislumbrar el germen de la primavera que va asomando en los brotes florales de ciertos árboles. Los blancos-rosados de los almendros, los amarillos de las mimosas, los rojos cobrizos de los ciruelos de Pissard o los rotundos blancos del azahar de los naranjos agrios comienzan a manar de sus ramas y a teñir de reconocibles colores el interior de la ciudad o nuestros campos. Los almendros maduros nos muestran su tronco agrietado como si nos recordaran las sufridas tierras asiáticas de donde proceden, desplegando casi de súbito sus vistosas flores con largos estambres en las desnudas ramas; se hallan sobre todo en zonas campestres y en extensiones agrarias, estando registrados nueve ejemplares en viario urbano y treinta y siete en zonas verdes, además de los presentes en los jardines del Monasterio de la Cartuja y en los del Alcázar. Cinco especies de mimosas existen en lugares públicos, con veintiocho ejemplares en viario y sesenta y cuatro en parques: entre ellos, el del Tamarguillo y el de Amate; son arbolillos muy atractivos por sus abigarradas inflorescencias amarillas y unas delicadas hojas que en algunas especies se pliegan en horas nocturnas, derivando su nombre común del latín mimus, que alude a dicha contracción foliar. Los ciruelos de Pissard son frutales de alma ornamental que nos sorprenden con sus flores rosáceas y el rojo purpúreo de sus hojas, dejándose admirar en parques como el de María Luisa y el de los Príncipes, el Jardín Inglés del Alcázar, el campus del Rectorado o en el muro de una rampa que baja al Muelle de la Sal. Qué decir que no hayamos dicho ya de los ensoñadores y orientalizantes naranjos agrios, árboles por excelencia de la ciudad: que su verdor perenne, el cautivador aroma de los azahares, su relajante hermosura y fresca fragancia anuncian las míticas Fiestas de Primavera de Sevilla mejor que cualquier medio de difusión.
Estas bellas y atrevidas plantas desafían los postreros fríos invernales y constituyen una avanzadilla que rastrea con sus tempranas floraciones el ánimo de una urbe aún adormecida por los rigores de meses grises, de pocos cielos azules. La sucesión de un prolongado río de borrascas limita la luz y por ello se ha retardado este año el desarrollo de los rebrotes que antecede a la posterior explosión cromática que ha de darse en plena primavera. Tomarán a su tiempo el relevo los sensuales tonos rosas del árbol del amor; los añiles de las fragantes melias; los blancos o rosados de las robinias; los fantásticos malvas de las jacarandas, con un follaje semejante al de las mimosas, convertidas en un emblema más de nuestra variada arboleda; las artísticas inflorescencias blancas de las catalpas; los profundos amarillos anaranjados de las tipuanas, que nos transportarán hasta los estertores primaverales y los albores del estío de una Sevilla que es color en sí misma, que te atrapa en sus fascinantes y latientes rincones.