Tribuna

Rafael Vioque

Arquitecto

Al hilo de la remodelación de la Plaza de San Andrés

El autor analiza la reciente pavimentación del este céntrico enclave y cómo no se han respetado las directrices explícitas que recoge el Catálogo de Protección del PGOU.

Al hilo de la remodelación de la Plaza de San Andrés Al hilo de la remodelación de la Plaza de San Andrés

Al hilo de la remodelación de la Plaza de San Andrés / José Ángel García

La condición patrimonial del Conjunto Histórico de Sevilla no radica sólo en el hecho de que comprenda una serie de bienes inmuebles de excepcional valor, sino –quizá en primera instancia– en su cualidad como tejido urbano que testimonia un rico proceso evolutivo en el que coexisten elementos y relaciones de muy diverso origen. En este tejido desempeñan un papel notable el caserío (casas patio, corrales de vecinos, pasajes…), las arquitecturas singulares (conventos, palacios, iglesias…) y quizá en mayor medida el espacio público, que evidencia de forma patente la evolución de la forma urbana y sus valores.

La claridad en la interpretación del espacio urbano y sus valores –objetivo primario en la protección de Conjuntos Históricos– se basa en buena medida en la coherencia en las intervenciones sobre el mismo, en las que la pavimentación es un elemento de primer orden e ineludible.

Tras una etapa (años 60 y 70) de actuaciones con argumentación principalmente técnica y de economía a corto plazo (como la llamada “marea negra”), los años 80 supusieron en Sevilla y en otras ciudades un punto de inflexión. Las intervenciones empezaron a considerar factores de morfología urbana y memoria histórica –además de técnicos– y no sólo costes a corto plazo. En paralelo se desarrollaron investigaciones sobre la historia de los pavimentos, el origen de las formas urbanas o el mobiliario urbano –como ocurrió en Sevilla–, que les sirvieron de fundamento.

Aspecto que presenta la plaza de San Andrés. Aspecto que presenta la plaza de San Andrés.

Aspecto que presenta la plaza de San Andrés. / José Ángel García

El planeamiento urbano de Sevilla incorporó por primera vez (ya en 2006) entre sus catálogos de protección uno centrado en los Espacios Urbanos, identificando un conjunto de Enclaves y Secuencias, en los que se documentó su evolución, sus valores y elementos discordantes y se plantearon directrices de intervención basadas en cuestiones de índole morfológica e histórica. Este catálogo, integrado en el vigente PGOU, es de obligado cumplimiento y esto atañe en primera instancia a las administraciones, que deben ser ejemplares en el cumplimiento de las normas que aprueban, con el respaldo de la sociedad.

Con estos antecedentes, sorprende que en la ciudad sigan produciéndose casos como el de la reciente remodelación de la Plaza de San Andrés.

En el referido Catálogo se identifican como enclave E13 las Plazas de San Andrés y Fernando de Herrera. En estas dos plazas, que mantienen una estrecha relación en su evolución con la iglesia de San Andrés (plaza principal de acceso y cementerio de parroquia, respectivamente), se constató un proceso similar al seguido por las dos plazas que flanqueaban la iglesia de San Vicente. El devenir de los acontecimientos (especialmente en los 60 y 70) fue llevando a una hipertrofia de la plaza secundaria frente a una banalización de la plaza principal. De hecho, buena parte de los callejeros (incluido el SIG del Ayuntamiento de Sevilla) identifican hoy la plaza de San Andrés meramente como calle San Andrés. Y, frente a ello, precisamente en la ficha del enclave E13 se fijan para esta plaza las siguientes directrices explícitas:

  • Enfatización de su condición de plaza, y –en particular– singularización de su tratamiento material respecto a las calles confluyentes.
  • Reordenación del espacio libre, reforzando la interrelación iglesia-plaza.
Perspectiva de San Andrés. Perspectiva de San Andrés.

Perspectiva de San Andrés. / José Ángel García

Sorprendentemente, las obras que se han ejecutado contravienen estas directrices y abundan en la banalización de esta plaza histórica, que es tratada como una mera dilatación puntual del viario. A ello se une la utilización de adoquinado con granito gris de Quintana de la Serena, frente al polícromo de las canteras de Gerena, que enriquece y caracteriza los espacios públicos del Conjunto Histórico de Sevilla y que estaba disponible en el lugar.

Las zonas de estacionamiento de motos, muy necesarias, se plantean precisamente frente a la fachada de la iglesia a la plaza, en contra de la directriz que plantea el refuerzo de la relación iglesia-plaza y contraviniendo además un criterio básico en la atención a las personas con diversidad funcional (preservar libres los espacios contiguos a edificios para facilitar sus desplazamientos). Los estacionamientos dispuestos delante de la fachada opuesta –señalizados además de forma poco atenta a los valores de la casa señorial que ocupa este frente– insisten en ignorar dicho criterio básico.

La puesta en obra, por último, dista mucho de presentar la corrección que demanda cualquier intervención en un espacio público, siendo contingente el trazado general y burdos los detalles de ejecución. Las roscas en torno a registros se resuelven con desproporcionadas juntas de mortero, y no con las dovelas habituales. Frente a cada puerta se disponen grupos de marmolillos, precisamente para impedir que sean obstaculizadas por las motos cuyos estacionamientos ha definido el mismo proyecto. Se elude con todo ello el cuidado y la coherencia exigibles en cualquier espacio urbano, más aun en un ámbito singular en un Conjunto Histórico, como es el caso de la Plaza de San Andrés en Sevilla.

La Plaza de Teresa Enríquez. La Plaza de Teresa Enríquez.

La Plaza de Teresa Enríquez. / D. S.

Una comparación con el caso del entorno de la Iglesia de San Vicente y su remodelación en los años 80 evidencia la inflexión que planteábamos al principio de estas líneas (y San Andrés no es el único caso). La Plaza de Doña Teresa Enríquez –espacio urbano heredado de un patio de mezquita y del cementerio de parroquia– se había convertido en los 70 en una superficie de asfalto ocupada por coches, amontonados en torno a un valioso crucero de alabastro, con acerados que bordeaban homogéneamente las heterogéneas edificaciones perimetrales. En esta situación se planteó una remodelación que enfatizó la relación entre la plaza y el templo, en base a una trama apoyada en su geometría y evidenciando su prevalencia jerárquica respecto al resto de edificios. La peatonalización y el recurso a materiales contextualizados completaron una reforma coherente, y vigente tras más de treinta años.

La ciudad se merece una nueva inflexión en esta dinámica de intervenciones en el espacio público, que compagine la atención a valores culturales y aspectos técnicos, sin renunciar a la condición creativa de todo proyecto.

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