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Francisco Socas: “Vivimos un malestar inducido. No veo tantos fascistas ni tantos comunistas”

Francisco Socas | Filólogo clásico

Ha ejercido la docencia en la Hispalense durante cuarenta años y traducido a algunos de los grandes sabios grecolatinos y humanistas. En ‘Huellas sin camino’ nos habla de su vida junto a los clásicos Ignacio Romero de Solís: “El amor pasa, el ajo permanece”Luis Alberto de Cuenca: “La mala literatura puede ser fascinante”

Francisco Socas. / Ismael Rubio

Francisco Socas (Alcalá del Valle, Cádiz, 1947) llegó a vivir en el mismo mundo que Virgilio, antes de que el tractor lo cambiase todo. Este profesor jubilado que enseñó lenguas clásicas en la Universidad de Sevilla durante 40 años, reconoce que pertenece a esa tríada sociológica europea de abuelos campesinos, padres maestros de escuela e hijos profesores de universidad. De sangre canaria y andaluza, Francisco Socas es un sabio con aspecto de sabio. Su noble calva, su poblada barba blanca, su delgadez jerónima nos remiten a la imagen tópica que todos tenemos de los pensadores de la Antigüedad. Francisco Socas es un serio-sonriente, una persona amable y con un punto de circunspección que supo ganarse el afecto y admiración de sus alumnos. Ha traducido y trabajado sobre autores como Lucrecio, Virgilio, Ovidio, Juvenal, Marcial, Cardano, Eneo Silvio Piccolomini, etcétera. Y es autor de la biografía ‘Séneca. Cortesano y hombre de letras’ (Athenaica). Ahora, Socas publica ‘Huellas sin camino. De los clásicos y el tiempo vivido’ (Athenaica), en el que el sabio reúne reflexiones, certezas y dudas que le han acompañado a lo largo de su vida. Un libro lleno de verdad, libertad, rigor, serenidad y amor a la cultura y la vida. Un libro para leer sin prejuicios ni sectarismos.

Pregunta.–‘Huellas sin camino’ es un hermoso título.

Respuesta.–Es un título de aire machadiano, recordando aquello de “no hay camino, se hace camino al andar”. Además, pretendo darle un aire de misterio para atraer al lector. Como en todo misterio hay algo de engaño, porque al final del libro sí se ve que hay un camino. El libro no son cosas sueltas, lo que en el Siglo de Oro llamaban un “jardín de flores curiosas” o “silva de varia lección”. No es eso. Tiene un guion muy claro. Es mi visión de las cosas. Se divide en varios paisajes que van desde la lengua hasta la muerte.

P.–Es su manera de mirar el mundo.

R.–Sí, algo de eso hay. Lo dice el subtítulo: De los clásicos y el tiempo vivido. No es una autobiografía, es mi tiempo vivido junto a los clásicos. Tampoco es un simple almacén de curiosidades.

P.–Hablando de Machado, en sus reflexiones sobre la religión y la iconoclastia incluye un poemilla que parece recopilado por Demófilo y no sé si gustará a los capillitas: “Santo Cristo de las Yagas/ ciruelo te conocí/ los milagros que tú hagas/ que me los cuenten a mí”.

R.–Esa es una crítica muy antigua que se le hace a las imágenes. Está hasta en la Biblia, porque los judíos eran muy iconoclastas. Horacio también tiene un poema en la misma línea donde habla de una imagen de Príapo que no deja de ser un trozo de leño que le sobró a un carpintero.

La Antigüedad no es un paisaje quieto y marmóreo, sino una edad conflictiva

P.–Entre otras muchas cosas habla de cristianismo con un sentido crítico... ¿Es usted anticristiano?

R.–Es verdad que mi visión de la religión es muy escéptica y racionalista. Pero no anticristiana. Mis padres han sido muy cristianos y yo tengo un apego sentimental a su religión. He visto toda la bondad que les ha transmitido el cristianismo y que me han traspasado a mí. Pero soy agnóstico porque no sé cuál es la raíz de la realidad, de dónde mana el mundo. Siempre habrá cosas que ignoraremos. Nunca conoceremos la raíz profunda de las cosas. A ese hueco de ignorancia se le puede llamar Dios... Ahora bien, yo soy espinosista, hago una identificación de Dios con la Naturaleza. Sigue habiendo misterios como la aparición de la conciencia...

P.–Ahora muchos apelan a la física cuántica para su explicación.

R.–Como diría un medieval, la física cuántica es intentar explicar lo oscuro con lo más oscuro. Los propios físicos dicen que si entiendes la física cuántica es que no la has entendido de verdad. En lo que sí tienen razón los que intentan unir la conciencia con la física cuántica es que la primera no pudo surgir de la nada, en el mundo tenía que existir la posibilidad de que surgiese. Misterios...

P.–En el libro queda claro que el latín y el griego, más que un conocimiento erudito, han sido para usted una gran y emocionante aventura.

R.–Exacto. La Antigüedad no es un paisaje quieto y marmóreo, sino una edad conflictiva donde se puede encontrar una cosa y su contraria. Grecia es la fuente de todo. Aunque los historiadores lo han intentado, no sabemos por qué Grecia tiene este protagonismo y no Asiria o Egipto, que tuvieron civilizaciones muy florecientes y sociedades complejas. ¿Por qué en ese pequeñísimo mar llamado Egeo? Lo primero que me sorprendió cuando viajé a Grecia fue que era como mi pueblo: los olivares, las carrascas, el caserío blanco... Ahora hay una rebelión contra Occidente y se está diciendo que el estudio de las lenguas y el mundo clásico prepara al occidental para colonizar otros mundos. Es un gran error. En la Antigüedad podemos encontrar todo: erotismo y puritanismo, devoción y ateísmo... Ahora también se dice que el que gana es el que marca el relato. En el mundo grecolatino ocurrió al revés. Roma conquistó Grecia, pero su cultura fue totalmente griega.

P.–El libro es un gran ejercicio de admiración por lo antiguo en unos momentos adánicos en los que nos creemos que hemos inventado el mundo.

R.–Quizás vivimos unos tiempos narcisistas, no sé. Siempre ha habido una gran admiración por el pasado. Uno de los que sale en el libro y yo he estudiado y traducido es Girolamo Cardano, un hombre universal del Renacimiento que sabía de todo: hizo contribuciones en álgebra, inventó artilugios... Siempre tuvo un gran respeto y admiración por los antiguos, por Galeno como médico, por Aristóteles como filósofo, incluso por Ptolomeo como astrólogo (la astrología fue una ciencia hasta el siglo XVIII). Hoy hay una especie de desprecio hacia estos hombres, su conocimiento se reduce a unas cuantas anécdotas chuscas que los empequeñecen y desautorizan. Pero los grandes hombres del pasado, los que han penetrado en la naturaleza humana y nos conmueven y divierten, son invulnerables. Regresaremos a ellos de una manera u otra. De hecho hay un reverdecimiento del interés por la Antigüedad: novelas, películas...

P.–De Cardano publicó usted una colección de aforismos sacados de su obra.

R.–Lo titulé Consejos de provecho y opiniones impertinentes.

P.–Dígame alguno que me pueda ser útil.

R.–Le digo tres: “Vivid con alegría cuando se os permita, que la aflicción destroza al hombre sin librarle de su pena”. “Procurad ser mejores y más nobles de lo que parecéis”. Y “Cuando tengáis la verdad de vuestra parte, guardaos de perderla por intentar reforzarla con mentiras y patrañas.

El estoicismo se puede convertir en el cemento de la injusticia. Hay que tener cuidado

P.–Tomo nota. También hay un nuevo interés por los filósofos antiguos, pero enfocados a la autoayuda, algo así como “sea usted feliz con Séneca”.

R.–Eso es cierto, la tríada de los estoicos (Marco Aurelio, Séneca y Epicteto) está de moda. Pero hay que tener cuidado con el estoicismo.

P.–¿Por qué?

R.–El estoicismo es de alguna forma la ideología romana. Abarca todos los estamentos: tiene un emperador, Marco Aurelio; un burgués rico, Séneca; y un esclavo, Epicteto. No podemos negar que el estoicismo le da fuerza al hombre para enfrentarse a una vida que es siempre difícil. Tiene muchas cosas provechosas. Marco Aurelio, que es el que pone más de su alma, dice cosas muy hermosas. Sus confesiones son el testimonio de su mundo interior. Pero el estoicismo también tiene una cara conformista que no me gusta. Ese fatalismo que acepta el mal y no se enfrenta a él de una manera clara no me es grata. Eso es también muy útil en el mundo actual para mantener las cosas como están. El estoicismo se puede convertir en el cemento de la injusticia. Insisto, hay que tener cuidado.

P.–Algunos dicen que la clave de su vida está en mezclar el epicureísmo (la búsqueda del placer) con el estoicismo (la conformidad ante la fatalidad). ¿Es esto posible?

R.–No es que sea posible, es que en la Antigüedad ambas escuelas estaban mezcladas. Cuando aparecen estoicos tardíos como Séneca la filosofía ya existía desde hacía 500 años, por lo que había mucha erudición. Conocían muchas escuelas y tendencias. Había un auténtico eclecticismo. A Cicerón no se le puede meter en ninguna escuela, cogía un poco de todas. En sus cartas, Séneca cita mucho a Epicuro.

P.–El epicureísmo tiene el acierto de colocar el placer en el centro de nuestra vida y afanes.

R.–Sí, pero si el estoicismo te puede llevar al conformismo, el epicureísmo te puede conducir al escapismo. Los epicúreos se prohíben entrar en política, porque la ven como una fuente de desazón y conflicto. Ellos buscan lo que llaman la autarquía, la autosuficiencia, que son posturas regresivas desde el punto de vista político y económico. Buscan lo que Séneca llamaba la “Laeta paupertas”, una “pobreza alegre” o “dichosa”. A él lo que le gustaría tener es una pequeña casa con un huerto. También un esclavo para que le hiciese las tareas domésticas. Epicuro es, como decíamos, un poco escapista.

No todos han sufrido la esperanza de no morir. Hay muchos desganados de la inmortalidad

P.–Y quizás no le falta razón, más viendo estos tiempos en los que la política es fuente de tanto malestar.

–Vivimos un malestar inducido. Parece que hay un deseo de conflictividad. Tenemos ideologías muy opuestas. No veo tantos fascistas ni tantos comunistas.

P.–El estoicismo se adaptó muy bien al cristianismo, pero el epicureísmo fue duramente perseguido durante siglos.

R.–Epicuro tiene puntos muy incómodos para el cristianismo. Él creía que los dioses existen, pero que no se preocupan en absoluto de los problemas de los hombres, ni para bien ni para mal. Algunos dicen que esto es un ateísmo encubierto. Tanto a los estoicos como a los cristianos tampoco les gustaba la búsqueda del placer como bien supremo. Marco Aurelio tiene párrafos hablando de la sexualidad que son dignos de un monje medieval. Pero hubo cristianos epicúreos, como el francés Pierre Gassendi.

P.–Habla de la vejez en estos tiempos en los que somos más viejos que nunca y que intentamos ocultarlo.

R.–Eso siempre ha existido. En las comedias de Plauto aparece el viejo enamoradizo. También es eterna la falta de respeto a los ancianos, el ocultamiento de los mayores como un preámbulo de la ocultación definitiva tras la muerte. Son cosas unidas a la condición humana. Aunque yo viví en un matriarcado donde el respeto y afecto a mi abuela era absoluto.

P.–También habla de la muerte.

–Y de los vislumbres de inmortalidad. Nos resulta inconcebible que la conciencia se destruya. Pero no todos los hombres han sufrido la esperanza de no morir. Hubo y hay muchos desganados de la inmortalidad. Epicuro o Borges se reían de esa inmortalidad poblada de terrores que imaginaban los ritos.

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