Ricardo Álamo: “Las administraciones no le dan bombo a las librerías, prefieren los museos”

Ricardo Álamo | Escritor

Acaba de publicar ‘Libreros malditos, malditos libreros’ (Colombre), un recorrido por las principales negocios de la Baja Andalucía dedicados al antiguo y noble comercio de las obras de segunda mano Juan Cartaya y Manuel Jesús Roldán: “El acceso al Patio de los Naranjos debería volver a ser libre y gratuito”. Manuel Bohórquez: “El flamenco fue más importante en el barrio de la Feria que en Triana”

Ricardo Álamo.
Ricardo Álamo. / Ismael Rubio

Ricardo Álamo (Sanlúcar de Barrameda, 1965) es escritor, profesor jubilado y residente en Ayamonte. Pertenece a esa clase de autores que no buscan la fama de los telediarios, pero que poco a poco han elaborando una obra casi secreta. La última entrega de este licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, ‘¡Libreros malditos, malditos libreros!’ (Ediciones Colombre), es una mixtura de reportajes y entrevistas sobre algunos de los más reputados libreros de viejo de la Baja Andalucía, con especial detenimiento en los negocios sevillanos, la capital oficiosa del gremio en Andalucía. Personajes como José Manuel Quesada (Alejandría), Daniel Cruz (Boteros), Abelardo Linares (Renacimiento), Pablo Gonz (El Perro de San Roque), Laurence Shand, Antonio Castro o Ignacio Sánchez (Los Terceros) aparecen en estas páginas en las que se traslucen los años de rastreo y exploraciones de Álamo por esos paraísos donde los lectores y los ácaros son hermanos. Otras obras del autor son: ‘Imaginarium’ (2013), ‘Estaciones de paso’ (2015, 2019), ‘Cuentos negros’ (2018), ‘Escritores al desnudo. Cuestionarios Proust y Bolaño’ (2018), ‘Vidas y muertes imaginarias’ (2019), ‘Mínimo esfuerzo’ (2021) o ‘Mil aforismos sobre el amor y otras pasiones’ (2022).

Pregunta.–Sus dos últimos libros ‘El humo de las letras’ (Renacimiento) y el más reciente ¡Libreros malditos, malditos libreros! (Ediciones Colombre) deja claro que entre sus intereses como escritor destaca todo lo que está relacionado con el libro, desde los que los redactan hasta los que los venden.

Respuesta.–Me interesa todo lo hay alrededor de los libros porque es un mundillo lleno de extravagancias, curiosidades, anécdotas...

P.–Entremos de lleno en ‘¡Libreros malditos, malditos libreros!’, obra en la que no puede esconder su fascinación por los libreros de viejo.

R.–El fondo que tienen las librerías de viejo es mucho más amplio que las de nuevo, que hoy en día están atosigadas por las novedades. Las de viejo te dan la oportunidad de encontrar libros que no estabas buscando.

En las librerías de viejo el canon lo imponen los propios clientes según sus gustos y hallazgos

P.–Además, te permiten saltarte el canon, las modas, que en cada momento te intenta imponer el mercado.

R.–Ese canon que, entre comillas, imponen las librerías de nuevo está motivado en parte por las novedades editoriales. En las librerías de viejo el canon lo imponen los propios clientes según sus gustos y las sorpresas que se van encontrando. Libreros malditos... trata un poco de eso, del rastreo de infinidad de libros que están fuera del mercado editorial actual. Gracias a eso podemos encontrarnos con magníficos escritores que ya nadie lee y que, quizás, en su tiempo se leyeron muy poco. Hay que tener en cuenta que el canon está relacionado con la moda. ¿Quién lee hoy en día a Blasco Ibáñez, cuando en su época fue el autor más leído e internacional que tuvo España? Son misterios de la literatura. Podríamos poner más ejemplos: Felipe Trigo, Pedro Mata, Ruano...

P.–Pero lo cierto es que este rastreo de libros de lance ha generado toda una tendencia a la recuperación editorial de muchos autores olvidados. A ello han colaborado obras fundamentales en la actualidad, como ‘Las armas y las letras', de Andrés Trapiello.

R.–Trapiello hizo una labor enorme rastreando libros del primer tercio del siglo pasado. Todo lo encontró en las librerías de viejo, sobre todo en la nave de Abelardo Linares. Abelardo fue el que dio a conocer el A sangre y fuego de Chaves Nogales, un libro que prácticamente no se conocía en España cuando él lo descubrió.

P.–Pero en esa rebusca de libros viejos hay algo más que el gusto por ciertos autores. Hay una cierta estética.

R.–Todo lo que tiene que ver con un producto, y el libro no deja de serlo, tiene detrás una estética. Entre los buscadores de libros podemos establecer muchos tipos: el bibliófilo, el bibliómano, el que solo busca unas determinadas ediciones... Todos los rebuscadores de libros no vamos a las librerías por los mismos motivos. Y todos somos hijos de una determinada estética: literaria, ideológica o de otro tipo.

Eso de que en el franquismo la cultura era un erial es mentira

P.–En el ‘Libreros malditos’ deja claro que todo esto puede llegar a ser una enfermedad.

R.–Recuerdo lo que decía Charles Nodier, que fue un gran escritor y bibliófilo. Para él, lo que había entre la bibliofilia y la bibliomanía era una crisis, es decir, una locura. El bibliófilo es el que compra libros no para adornar su biblioteca, sino para leerlos. Pero en cualquier momento le puede entrar la enfermedad del bibliómano, aquel que compra los libros no para leerlos , sino para exhibirlos. Y a veces para verlos solo él.

P.–Es como el avaro ante su oro.

R.–Exactamente. Estas taras ocurren desde el inicio de la bibliofilia. Yo considero una estupidez tener libros para no leerlos. Pero ya en Roma se puso de moda entre la aristocracia tener grandes bibliotecas para exhibirlas ante sus amigos. Hoy en día sigue habiendo gente que compra libros para adornar una biblioteca, libros con un determinado color o tamaño que vayan bien con la decoración de la casa.

P.–Usted, que es escritor, ¿se ha encontrado alguna vez un libro suyo en una librería de viejo?

R.–No, pero estoy deseando. Me gustaría, además, encontrármelo dedicado para saber quién fue el que se desprendió del libro y elucubrar sobre por qué lo hizo. En las librerías de viejo y mercadillos me he encontrado muchos libros de escritores vivos dedicados a otros escritores vivos. Y siempre me hago la pregunta de por qué se desprendieron del libro: ¿surgió una enemistad?, ¿no le gustaba su literatura y no era capaz de decírselo a la cara?... Puede ser, sencillamente, porque los libros no caben en el piso. Compré un libro de un escritor muy conocido que se lo dedica a otro “con amistad inmortal”. ¿Dónde quedó la amistad y dónde la inmortalidad?

P.–Habla mucho de los libreros de viejo y de la mala fama que tuvieron en un pasado. Las cosas han cambiado, ¿no?

R.–De los libreros de viejo escribieron pésimamente Baroja o Carrere a principios del siglo XX. Los presentaban como gente analfabeta: quincalleros o traperos que vendían los libros al peso. Pero eso ha cambiado, obviamente. La mayoría de los libreros tiene bastantes conocimientos, incluso estudios. Nada que ver con lo que eran hace cien años. Lo cual no quiere decir que la mayoría sean grandes lectores. Al fin y al cabo, como ha dicho Arcadi Espada, no dejan de ser tenderos que tienen que estar todo el día atendiendo. Hay pocos casos de libreros que sean grandes lectores.

P.–Hay toda una literatura sobre esta pasión por la rebusca de libros en locales abarrotados de ácaros, casi un subgénero literario.

R.–Sobre el tema hay libros de Nicolás Salas, Trapiello, Juan Bonilla, Yolanda Morató, José Luis Melero –que es un buen amigo y un buen escritor–, José Carlos Cataño...

Ya en Roma se puso de moda tener grandes bibliotecas para exhibirlas

P.–¿Qué gran joya ha encontrado en una librería de viejo?

R.–Este verano me topé con 'En la cárcel', de Pedro Luis de Gálvez. Una primera edición imprensa en Cádiz, de 1902. Me costó dos euros.

P.–Bastante bien, ¿no?

R.–Más que bien. Es un libro que prácticamente no se encuentra en ninguna parte. Tengo otras joyas de Julio Camba, Gómez de la Serna, Baroja...

P.–A los rebuscadores de libros siempre les llaman la atención los mismos escritores.

R.–Es que son los buenos. Eso que se dice de que durante el franquismo España era un erial cultural es una auténtica mentira... Los escritores que se quedaron en España lo hacían muy bien y hay que sacarlos a la luz. No por ser de derechas iban a ser peores escritores.

P.–Está la famosa frase de que cuando se va a una ciudad hay que conocer sus mercados y sus cementerios. Usted añade: y sus librerías.

R.–Esa frase la dijeron Junger, Neruda y Fernando Quiñones, pero se quedaron cortos, porque ninguno de los tres añadían lo de las librerías. A los amantes de los libros, cuando vamos a una ciudad que no conocemos, lo primero que buscamos es dónde están las librerías. Nos gusta llevarnos algún libro de recuerdo de esa ciudad.

P.–Recuerdo cuando en Badajoz encontré una librería-churrería. ¿Cuál es su gran descubrimiento?

R.–Una de Huelva. Es una librería solidaria que recoge los libros que expurgan las biliotecas. Tiene miles de ejemplares a buenos precios. Para mí ha sido un gran descubrimiento. Se llama Aires Solidarios.

Sevilla ha dado un salto de calidad. En general, la ciudad ha crecido literariamente

P.–Hablemos del ambiente de librerías de viejo en Sevilla. No podemos quejarnos. Tenemos muchas y buenas.

R.–Hace poco estuve en Bilbao y me sorprendió que apenas había librerías de viejo. En Sevilla hay muchas y algunas, por dentro, son unas auténticas joyas: Boteros, Los Terceros, El Perro de San Roque... Sevilla ha dado un salto de calidad. En general, la ciudad ha crecido literariamente. Hay más lectores y librerías, de viejo y de nuevo. Y eso que las instituciones públicas no le dan mucho bombo a las librerías. Les interesan más los museos y las exposiciones. No lo entiendo. Como decía Ruano, la moneda espiritual está en los libros.

P.–En su día se habló de crear un mercadillo de libros de viejo permanente. Incluso se llegó a proponer el solar junto a la Escuela de Estudios Hispanoamericanos.

R.–Ese proyecto lo comento en la semblanza que hago de Castro. Se quería hacer algo parecido a la Cuesta de Moyano en Madrid, con casetas fijas y en fila. Pero la idea no cuajó.

P.–Casi mejor el modelo descentralizado, patearse la ciudad para buscar las librerías.

R.–Sí, mejor.

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