El balance

Una Madrugada 'sitiada' y con frío salva la Semana Santa

  • La labor de concienciación de la masa promovida por el Ayuntamiento ha sido meritoria.

  • El alto precio fue la falta de público en muchos sitios.

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La Madrugada ha quedado salvada. La Semana Santa, por tanto, ha superado una prueba, un año, el de 2018. Nada más. Y nada menos. La ciudad ha pagado el precio puesto por las autoridades para cuidar, blindar y sitiar la noche más larga, esas horas que suponen en buena medida su proyección como urbe de cara al exterior. Han sido claves un dispositivo policial férreo, unas medidas de control del público nunca vistas, más de cien bares cerrados por decreto y una labor de concienciación de la masa promovida por el Ayuntamiento que ha sido verdaderamente meritoria, con cursos de autoprotección impartidos en las sedes de las hermandades y a través de redes sociales y medios de comunicación. Las temperaturas gélidas que se comenzaron a sufrir a la caída del Jueves Santo contribuyeron a restar público. Todo resultó un éxito. Incluso el incidente leve ocurrido pasadas las 03:30 del Viernes Santo en la zona de Reyes Católicos sirvió para comprobar la eficacia de los mensajes de alerta de las cámaras de seguridad y, lo que es más importante, la labor de los ciudadanos de a pie, que rodearon a los provocadores de una carrera y los señalaron ante los agentes de la autoridad. El centro de la ciudad estaba tomado por policías nacionales y locales, con furgones colocados en puntos estratégicos; por agentes de Protección Civil y por un número importante de miembros de la Cruz Roja, amén del gran ojo instalado en el propio Ayuntamiento, donde se ha gestionado y procesado la información que captaban las cámaras municipales y las que estaban bajo tutela judicial. La Policía ha tomado la ciudad especialmente en la Madrugada. La Administración, los inspectores de consumo y los agentes de los cuerpos de seguridad, han recuperado el control de la calle. Pero el mayor éxito del dispositivo descomunal que se ha organizado ha sido el de los particulares que aguantaron la llegada de los policías para señalar con el dedo a los gamberros de Reyes Católicos.

El Nazareno de la O regresa bajo la lluvia a su parroquia. El Nazareno de la O regresa bajo la lluvia a su parroquia.

El Nazareno de la O regresa bajo la lluvia a su parroquia. / Víctor Rodríguez

Esta Madrugada que nos ha tocado vivir es y será durante muchos años hija de la Madrugada de 2000, la primera que se rompió. Aquellos desórdenes no se atribuyen, ¡qué revelador!, al efecto dominó del pánico. La única Madrugada de 2000 es la única sobre la que hay teorías de una organización cuyos responsables no calcularon bien el efecto de sus provocaciones (reivindicaciones). Y el efecto más importante fue que enseñó las debilidades de una noche que ahora está, como los enfermos delicados, continuamente monitorizada y en una suerte de UCI a base de policías, vallas y decretos de ley seca. Ante la imposibilidad de reeducar cierto tipo de público, hay que recurrir a clausurar la milla de oro del gin tonic de Arfe, vigilar los negocios de chinos que abastecen a la botellona, montar retenes fijos de policía para impedir el consumo de alcohol en las zonas clave y procurar que las cofradías y la propia carrera oficial asuman ciertos sacrificios: recorridos distintos para no solaparse y una todavía insuficiente supresión de asientos. Sierpes ha mejorado, pero sigue siendo un avispero.

Se ha salvado un año, una Madrugada, pagando un precio muy caro. En muchas zonas había muchísimo menos público que en años anteriores. El frío y la sensación de miedo han restado personas en las primeras horas de la noche en los alrededores de la carrera oficial. Ante la posibilidad de incidentes, ante el miedo metido en el cuerpo por los tumultos de 2017, muchos sevillanos han preferido vivir la mañana. O quedarse en casa atentos a los medios de comunicación.

El paso de palio de la Esperanza de la Trinidad avanza por una Ronda repleta de público. El paso de palio de la Esperanza de la Trinidad avanza por una Ronda repleta de público.

El paso de palio de la Esperanza de la Trinidad avanza por una Ronda repleta de público. / Joaquín Corchero

El resto de la Semana Santa ha transcurrido con los mismos problemas propios de la degradación de la convivencia urbana que asuela la sociedad actual. Parece que el número de sillitas plegables ha disminuido. Es sólo una percepción. El Ayuntamiento asegura que la cantidad de basura recogida ha sido menor, pese a que el público ha aumentado, como demuestran las estadísticas de los servicios de transporte. La Semana Santa, no nos engañemos, nos pone a prueba como ciudadanos. Y estos días se demuestra que seguimos teniendo mucho que aprender a la hora de ver, presenciar y acompañar cofradías, que es de lo que se trata, ¿o no?

A Dios no se le espera comiendo y bebiendo, decía el pregonero. Y en los últimos años ha habido quienes han distorsionado el concepto de Semana Santa, probablemente animados por una perspectiva ligera de la fiesta promovida por los propios medios, por los excesos de las propias cofradías, por la banalización de las salidas extraordinarias autorizadas por la propia jerarquía eclesiástica. La Semana Santa no es un carnaval, ni unas fallas, ni mucho menos unos sanfermines, por respetables que sean todas estas fiestas. Pero la verdad es que ha necesitado desde el Domingo de Ramos un dispositivo policial que la ha asimilado a esas celebraciones. Esta vez se ha notado la coordinación entre administraciones que falló en 2017, sobre todo en la fatídica noche que toda España nos mira. Se han visto policías tensionados, en situación de pre-alerta, como si el cruce del Silencio y el Gran Poder fuera el traslado de los biris al Benito Villamarín. Claro, lógico: la Semana Santa es una fiesta de alto riesgo desde el año 2000. Y cada partido necesita un plan de seguridad propio, actualizado y renovado, como cada Semana Santa necesitará, exigirá, ese ánimo tensionado. El trabajo no ha hecho más que empezar. De nuevo. La declaración de una suerte de estado de sitio en la Madrugada ha costado casi veinte años. Acostumbrarnos a convivir con un gamberrismo que ha desarbolado cofradías nos ha costado todo ese tiempo. Saber no caer en las provocaciones, hacer como los nazarenos del Silencio que se replegaron y se volvieron a colocar en la fila en un instante en 2015 y 2017, ha costado muchos cursos de mentalización. De lo contrario, la pasada Madrugada pudimos tener el origen de nuevas y sucesivas avalanchas en Reyes Católicos por la mera acción de cuatro golfos. El público frenó el conato. Todo quedó en nada. Y el ambiente previo, nunca se olvide, estaba calmado a costa de una polémica ley seca y del frío. ¿Cuánto se tardará en recuperar la tranquilidad plena? Esta Semana Santa seguirá necesitando de muchos monitores, de muchos decretos y de mucha policía. Seguirá necesitando de gestos generosos como el de la Macarena al renunciar a Cuna o el del Silencio de alargar su itinerario por la Gavidia. La educación requiere de muchos años, de mucha paciencia, de mucha perseverancia. Y la Semana Santa se celebra cada año. Un año es muy poco tiempo, poquísimo, para educar. Aunque a muchos les parezca un mundo para volver a ver pasos, colocar su silla de chino, dejar el suelo lleno de cáscaras de pipas, cerrar el paso a quienes quieren moverse con respeto o negarle la cera a un crío. La convivencia en masa: el gran reto del siglo XXI.

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