Vía Crucis de las Hermandades: La fe sencilla y respetuosa que llegó desde San Julián
El Cristo de la Buena Muerte presidió un Vía Crucis de las Hermandades con el lema franciscano: “Es muriendo como se resucita a la vida eterna”
Unos 450 hermanos formaron parte del cortejo
Las hermandades se vuelcan con la donación de sangre en plena Cuaresma en Sevilla
Las cuatro de la tarde de un lunes en San Julián y parece que es un Domingo de Ramos después de la procesión de palmas. El sol cae suavemente sobre tres personas que han visto pasar muchas primaveras entre los callejones del barrio. Cierto revuelo en casas, balcones abiertos y adornados, los bares sin una mesa libre, la vida se abre paso en un barrio que, por una tarde, cambia las ruedas de troleys por tacones y zapatos.
Es lunes de Vía Crucis y este año la imagen que lo preside es la del Cristo de la Buena Muerte. El morado de los lirios, bajo los rayos del sol de febrero casi parecen azul Hiniesta. Entre el público, numeroso para ser una hora tan temprana de un lunes, muchos murmuran sobre si San Julián se cierra o no. Hay versiones para todos los gustos.
Alguien llama la atención: “A ver si estamos a lo que estamos, que ya se ve el Cristo”. Y se hizo el respetuoso silencio que los barrios tienen cuando sus imágenes más queridas están en la calle. El Cristo de la Buena Muerte avanza con las voces de la Coral de la Hiniesta como música que invita al recogimiento y la oración. El primer relevo es en la calle Macasta, Duque de Montemar, San Luis, Inocentes, nombres de un barrio que se reivindica el primer lunes de cuaresma como lo hace cada Domingo de Ramos. Con el reencuentro de vecinos, actuales y pasados, y con la mirada siempre puesta en quienes precedieron en la fe. En este caso, un gesto de profundo significado. Dentro del cajillo de la Cruz, un listado con todos los hermanos fallecidos, porque como explican desde la hermandad, “simboliza que quienes nos precedieron en la fe, continúan formando parte viva de la corporación”.
Un Vía Crucis que comenzó con el deseo por parte de la Hermandad de que el “Santísimo Cristo de la Buena Muerte nos bendiga, nos una aún más como barrio y como hermandad, y nos ayude a vivir con fe sencilla, con respeto mutuo y con el corazón dispuesto al bien”.
Las lágrimas que asoman a los ojos de una de las mujeres que esperan en la esquina de Inocentes con San Luis no son de pena, sino la emoción contenida de quien hace muchos años que no lo puede ver en la calle y se acuerda de cuando su padre le llevaba por los callejones para salir al encuentro de los nazarenos azules del Domingo de Ramos.
Cincuenta años desde que otro crucificado, el de las Misericordias de Santa Cruz, presidiera el primer Vía Crucis de las hermandades de Sevilla. Precisamente, el titular de la hermandad de Santa Cruz protagoniza el cartel de la Semana Santa de este año. Se cumplen además, 25 años de la ordenación episcopal . Este aniversario y los frutos del Observatorio para la Piedad Popular son las intenciones por las que se realiza este ejercicio piadoso. “Es muriendo como se resucita a la vida eterna”, la cita atribuida a San Francisco de Asís, conmemora el VIII Centenario de su fallecimiento y subraya el carácter franciscano de la corporación de San Julián. Una Buena Muerte que es todo un compromiso de fe.
Las 20:00 y el Cristo entra por la puerta de Palos, abierta de nuevo tras la retirada de las azucenas de la Giralda. Comienza el rezo del Via Crucis. Los 450 hermanos de la Hiniesta con cirio y el cuerpo de acólitos forma dentro de la catedral una vía de luz que precede al crucificado iluminado por los cuatro hachones que pertenecieron hace años a la hermandad y que actualmente están en Tocina.
Recuerdos del pasado de la hermandad y guiños a lo nuevo, a la vida, como la primera estación, rezada por el hermano mayor de la última hermandad incorporada a la nómina del Consejo, Bendición y Esperanza para el pasaje de la Oración en el Huerto. Porque en la Buena Muerte siempre hay vida. Algo que no pasó desapercibido para quien se acercó a verlo.
El arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, concluyó el rezo del Via Crucis en la Catedral con una llamada a la meditación ante la Cruz durante la Cuaresma que acaba de empezar. “Su muerte parecía un triunfo del odio sobre el amor, de la muerte sobre la vida, pero no fue así”, afirmó. “Contemplar el rostro exánime del Crucificado de la Buena Muerte nos lleva a hacer profesión de fe”, añadió. “El relato de la Pasión suscita piedad y toca la fibra en los corazones más duros”, prosiguió el arzobispo, para terminar pidiendo a la Virgen de la Hiniesta “que guíe nuestrod pasos y nos lleve al encuentro con Cristo”.
Dentro de la catedral, una niña juega con la estampa que le ha dado uno de los pequeños hermanos de la Hiniesta que con el traje que ha estrenado “el primero que se pone”, explicaba la madre a la salida. Para él ha sido un Domingo de Ramos adelantado hasta para eso.
En el camino se ha encontrado con sus amigos que salían de entrenar en el polideportivo de San Luis. Ellos, con su chandal, la mochila, las botas de fútbol asomando por el bolsillo lateral de la bolsa, esperando respetuosamente a que pase el Cristo de su barrio, el que sus abuelas llevan en la cartera junto a su foto, porque las abuelas todavía llevan pequeñas fotos de sus nietos en las carteras, cerca de las de sus devociones, con la firme creencia de que así los protegen siempre. Hay mucha verdad en la fe de los abuelos, tanta que muchas veces salvan a los nietos. Gestos que son piedad popular y que despiertan al alma de su Buena Muerte.
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