Calle Rioja
Francisco Correal
Cinco perros y un gato en busca de autor
Una jamaicana bellísima, con un gorro de Dolce & Gabanna, espera el autobús en la parada del 10. Los bolivianos Pedro Parada, 24 años, y Severino Gutiérrez, 42, amigos capicúas, que trabajan recogiendo la aceituna en Pilas, salen de El Cerezo a darse un paseo por la Macarena. Pero la prueba más internacional de este barrio ahijado de la Macarena es lo que ocurre en el recinto rectangular protegido por una valla.
Rito y costumbre. Desde hace cuatro años, sin avisos postales, telefónicos ni electrónicos, todos los domingos, cuando la ciudad aún se despereza, quedan en este campo de futbito delimitado por las calles Playa de La Antilla y Playa de Isla Canela. Romaric, Emana y Kanoute no son los únicos africanos que juegan al fútbol en Sevilla.
A veces se suman hombres de Sierra Leona, Senegal o Gabón, pero la inmensa mayoría son nigerianos. Van llegando a cuentagotas, se saludan, saltan la valla del recinto y empiezan a formar los equipos. Lo más singular de este rito dominical es que no se cansan nunca. "Esta gente se comerán dos barras de pan y cuatro huevos fritos", dice una señora asombrada por tanta energía.
Uche llega con una camiseta del Betis. Pese a apellido tan ofensivo -que distingue a delanteros del Almería y del Getafe-, juega de portero. Vive en la Macarena. Saluda a Paul, que viene en bicicleta desde las Tres Mil Viviendas y luce unas calzonas de su equipo: el Real Madrid. Uno se hace llamar Rafa y luce el dorsal 3 de Rafael Gordillo. Trabaja en la empresa que aparece en su camiseta, Gestión de Envases Usados. Vive en Dos Hermanas y se casó con una sevillana. Llegó en bicicleta, vehículo que le presta a un compatriota alto como un roble, viva estampa de Yekini, que sin embargo no juega y prende un cigarro.
Shabi suena igual que Xavi y cuando empiece el partido mostrará toques de virtuosismo. Tiene 20 años, trabaja de reponedor en Alcampo y ha jugado en el Atlético Oromana. Va a sudar bien la camiseta de este equipo. "¿Aquí no hay de Senegal?", pregunta un senegalés. Ayer no acudió el argelino que juega con una camiseta que lleva a la espalda el nombre de Zidane. Sí jugó Yusuf, marroquí de Tánger, escayolista. Lo reciben con los brazos abiertos porque no estaban compensados los dos equipos. Se quita el atuendo invernal y se enfunda una equipación del Real Madrid. "Aquí sólo se puede ser del Betis o del Sevilla", le dice con guasa Shabi. "Yo soy sevillista hasta la muerte, pero compré esta equipación del Madrid por siete euros en el mercadillo". Uche, con su camiseta verdiblanca, la da prestancia a su portería. En la otra se coloca de forma eventual un portero de circunstancias con vaqueros y ropa de paisano. Uche le presta los guantes, con lo que parece un santo con dos pistolas.
El banquillo se va llenando de gente. No son jugadores de repuesto; es una tertulia oficiosa de africanos que saltan la valla simplemente para sentarse y hablar con un compatriota. En el juego hablan en yoruba entre ellos, aunque Yusuf, el marroquí, se expresa en macareno: "Uno con cada uno". "Quillo, ¿qué te pasa?", le dice Okechu Dunu a Uche cuando éste permanece tumbado en el suelo. Okechu vende pañuelos en la Avenida de la Borbolla y luce camiseta del Havana Club.
El banquillo está junto a la parada del 10. James lleva doce años en Sevilla. No juega porque se lesionó en el hombro. Dice que en el campo de Pino Montano juegan partidos "internacionales" contra combinados de Ecuador, Perú y Marruecos. O la Bolivia de Pedro y Severino, que alguna vez se enfrentaron a los nigerianos. Se llama Champagne. En Nigeria trabajaba con computadoras; aquí, recoge naranjas en Brenes y La Rinconada. Habla más de religión que de fútbol. Es evangelista y reconoce el trono de la Esperanza Macarena en esta zona. En el Wembley de los nigerianos.
También te puede interesar
Lo último
5 Comentarios