Lecciones de 'sevillanía'
Los pronunciamientos de los candidatos permiten vislumbrar su concepto de Sevilla · Transmiten una visión superficial y tópica sobre ese ignoto concepto llamado 'sevillanía'
TENÍA que salir antes o después. Era inevitable. Lo que no se esperaba es que fuera tan pronto. Falta de ideas, quizás. O ganas de discurrir por los carriles de siempre. A los candidatos a la Alcaldía se les interroga con frecuencia sobre su modelo de ciudad. Sobre su visión de Sevilla. La mayoría de los que han pasado por el trance en los últimos veinte años salieron del aprieto como pudieron. Intentar transitar sobre semejante concepto es una invitación al desastre. Igual que caminar en el filo de una navaja. Cada sevillano tiene su punto de vista sobre su propia ciudad. Es natural. Sucede en otros muchos lugares. Lo que ya no es tan común es que esta perspectiva sobre la patria, que rara vez elegimos nosotros, alcance tantas dosis de dogmatismo como en Sevilla. Debe ser cuestión del carácter meridional. Lo más divertido es que, en la mayoría de las ocasiones, cuanto más notable es la vehemencia con la que se transmite una determinada idea de la ciudad mayor resulta ser el desconocimiento sobre su historia, su realidad, su vida.
Un ejemplo común: aquellos que, creyendo entender que las cofradías son la verdadera alma de Sevilla, por arte de magia (negra) hacen una extrapolación mayúscula y terminan pontificando no sólo de política, arte o estética, sino del rumbo mismo del universo. Como si gobernar una ciudad fuera ser diputado de tramo en una procesión. O regir los destinos de la humanidad se asemejara al palquillo de la toma de horas. Evidentemente, la Semana Santa puede ser una metáfora sentimental, vital o incluso patrimonial, aunque las ciudades en los tiempos que corren difícilmente tienen una sola cara. Suponiendo además que eso sea bueno. Todavía hay quien considera que el centro del mundo está en la Campana. Cualquiera que haya leído El Aleph de Jorge Luis Borges sabe que no es así. En realidad está en un sótano de una vieja casa de la calle Garay de Buenos Aires. Cada uno es dueño y señor de sus propias mitologías urbanas. No es nada malo. Lo peligroso es cuando éstas se tratan de imponer a todos los demás.
Claro que en esto de los dogmas sobre el imaginario hispalense no sólo el incienso suele perjudicar la visión. También pasa con otro tipo de, digamos, creencias. Antonio Rodrigo Torrijos, el candidato de IU, recomendó hace unos días a uno de sus rivales -e hipotético futuro socio de gobierno-, Juan Espadas, el alcaldable del PSOE, que tomase un "cursillo acelerado sobre Sevilla" porque su conocimiento sobre la realidad hispalense -estimaba el ex sindicalista- era limitado. Y, claro, sin datos no podía celebrarse un debate de "cierta entidad intelectual".
Mucho me temo que lo que Espadas necesita, o en lo que está pensando, no es precisamente en atraer a la intelectualidad -que siempre es minoritaria-, sino a todos aquellos electores que más que pensar cómo es realmente Sevilla creen sentirla de una determinada manera. Basta ver el exitoso vídeo de su campaña para colegir que su idea de la ciudad está construyéndose sobre lo aparente y, probablemente también, el efectismo. La pulsión tribal. Del programa de momento no podemos ni hablar. No se termina de conocer.
Claro que Espadas no ha dejado por eso sin tocar ciertos ámbitos. De hecho, por lo que uno cree recordar, antes de ser siquiera candidato, una tarde, hizo una extraña inmersión en esa Sevilla tradicionalista, añeja y cortés (en la mayoría de las ocasiones; hay notables excepciones) que representan el Círculo Mercantil e Industrial, el Labradores o el Ateneo. La cosa fue cuando lo suyo, en teoría, todavía era alto secreto.
-Escúchame, Mármol. Tengo la prueba indiscutible de que el consejero de Vivienda de la Junta será el candidato del PSOE a la Alcaldía.
-Es pronto. Todavía no lo han ratificado los órganos del partido.
-¿Y qué más da? Eso no tiene la más mínima importancia, hombre. ¿Sabes cuál es la prueba?
-¿Cuál?
-Juan Espadas ha participado como ponente en el curso de temas sevillanos que imparte el ilustre Antonio Bustos. ¿Alguien que no fuera a ser candidato a la Alcaldía se sometería a eso? Está claro ya, ¿no?
La intuición tenía base. Y el tiempo ha dado la razón al confidente. Debe haber incluso, aunque tal extremo lo desconozco, prueba gráfica del asunto, porque cualquiera que conozca al gran Antonio Bustos sabe que acostumbra a obsequiar a quien acude a sus cursos con algún detalle. Generalmente un diploma de estilo florido en el que agradece el tiempo y el esfuerzo al invitado. Ojalá todo el mundo hiciera lo mismo en Sevilla. Sería una ciudad mucho más grata. Menos agria.
Torrijos, que se sepa, todavía no ha disertado en el Ateneo de la calle Orfila. El candidato de IU es hijo de los ateneos libertarios que, hace mucho tiempo, existieron en la Sevilla de la Alameda de Hércules, hoy convertida en una mímesis de Ibiza (sin mar) gracias su pacto de gobierno con Monteseirín y a la habilidad de ese arquitecto mallorquín que se llama Elías Torres, que alicató todo el antiguo paseo del Conde de Barajas con una piedra cuya patente comercial tenía en propiedad. ¿Se explican ahora por qué no hay un espacio libre de la piedra amarillo albero? Hacer caja, se llama la figura. Igual que en sus tiempos sostienen que también hacía cierto noble sevillano. ¿Y la Sevilla de Zoido? ¿Cuál es? Para averiguarlo busco en su página web. "Una Sevilla grande, una Sevilla mejor". Parece demasiado genérico. Tendré que consultar a Antonio Bustos para salir de dudas.
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