"Nadie es en verdad todo lo que parece. Todos tenemos un punto de locura"
Rogelio Reyes. Profesor emérito de literatura española
Bécquer, Juan Ramón Jiménez o Cernuda se conocen hoy mejor gracias a los estudios de este catedrático que fue durante una década director de la Real Academia de Buenas Letras
-Usted sintió la vocación por la filología gracias al magisterio de Francisco López Estrada. ¿Qué recuerda de él?
-Lo definiría como un hombre de un gran estilo universitario. Era de mentalidad liberal, abierto e independiente; una persona muy cordial y afable, que abría muchos caminos en el curso de una clase, que es algo fundamental en un profesor. Tenía una gran capacidad de trabajo y mantuvo hasta el día de su muerte el lema nulla dies sine linea, ni un solo día sin escribir algo. Como decía Marañón, era un trapero del tiempo, un hombre sumamente ordenado. Sus grandes aportaciones fueron sus estudios de literatura medieval -ahí está su famoso manual- y sus investigaciones de la literatura idealista del siglo XVI, fundamentalmente la pastoril. También tiene excelentes trabajos sobre Bécquer y Rubén Darío.
-Ha dicho que era un hombre con un gran estilo universitario… ¿Se está perdiendo ese estilo?
-Por estilo universitario entiendo no solamente saber mucho, sino una especie de saber estar, de finura, de conducta. El profesor no es sólo un transmisor de conocimientos, sino también una referencia de conducta, de comportamiento. Un docente debe ser una persona liberal, tolerante, comprensiva… Cualquier cosa menos sectario. Ese estilo, como ideal de conducta, se está perdiendo y hemos llegado a una cierta mecanización de la acción profesoral.
-Usted es autor de una antología sobre la poesía erótica de la Ilustración. Resulta difícil imaginar a esos señores tan circunspectos y sesudos escribiendo versos subidos de tono.
-Porque funcionamos por estereotipos que, en realidad, no funcionan ni en la tradición literaria ni en ningún ámbito de la vida. Eran textos que se escribían para el regocijo personal, pero nunca para publicarse; se leían en las tertulias o se mandaban a los amigos. Hay un texto de Castiglione en El cortesano que dice que en cada uno de nosotros hay una simiente de locura que si se cultiva se puede desarrollar hasta el infinito. Nadie es en verdad del todo lo que parece. En todos hay una faceta pública, estereotipada, y un punto que Castiglione denominaba de "locura liberadora". Por tanto, no es extraño que Moratín escribiese El arte de las putas o que Blanco White dedicase un poema al incordio, que es un grano muy molesto que surge en las partes genitales. Eso sí, todo esto pertenecía a un ámbito privado y casi clandestino.
-En general, usted es un gran conocedor de la literatura del XVIII, sobre la que sigue pesando la losa de ser una literatura aburrida y encorsetada.
-Estoy dispuesto a aceptar que, desde el punto de vista literario y estilístico, no se puede comparar el Siglo de Oro con el XVIIII. Es evidente que los ilustrados no tenían esa creatividad. Ahora bien, el XVIII fue un siglo de una trascendencia cultural e ideológica de primer orden y sus escritores, que eran antibarrocos, buscaban algo que le faltaba a la literatura española: la sencillez, la propiedad y la expresión de la verdad. Reaccionan contra los excesos del culteranismo y el conceptismo y se decantan por una prosa ensayística que huye de la fabulación. Fundamentalmente, racionalizan la literatura española y crean el periodismo moderno al crear un lenguaje literario accesible para el gran público. Sin los ilustrados no se podría concebir a un Galdós, un autor que leían hasta las porteras de Madrid.
-Dentro de estos escritores, aunque de una manera tardía, podemos incluir a Alberto Lista, un sevillano al que ya sólo conocemos por una calle en la Alameda a la que le da nombre.
-Alberto Lista fue un personaje crucial en el cambio del siglo XVIII al XIX. Además de ser un poeta estimable, fue profesor de Espronceda y de los primeros románticos, que no se podrían entender sin su magisterio. También fue un gran pedagogo que fundó el Colegio San Mateo de Madrid y el de San Felipe Neri, en Cádiz, para formar a los hijos de la burguesía de esta ciudad. Ya anciano volvió a Sevilla y fue director de la Academia de Buenas Letras y rector de la Universidad.
-También fue un afrancesado, todo un estigma en su época.
-Como la mayoría de estos escritores ilustrados fue un afrancesado que veía en Francia un modelo cultural y político, y estaba dispuesto a aceptar a José I como un camino para dignificar la vida política española. Evidentemente perdió la batalla y el estigma de afrancesado lo acompañó toda su vida, como le pasó a Meléndez Valdés o al mismo Goya. Es una pena que el recuerdo de Lista sea tan escaso en Sevilla.
-Juan Ramón Jiménez ha sido una de sus grandes pasiones como investigador. Usted reconstruyó para la colección Vandalia de la Fundación Lara el que hubiese sido su libro sobre Sevilla.
-Juan Ramón amó mucho a Sevilla, la ciudad donde se formó como poeta. Vivió aquí entre 1896 y 1900 de una forma continuada, cuando vino a estudiar Derecho, porque su padre se empeñó, y a aprender pintura, que era lo que a él le gustaba. No hizo ni una cosa ni la otra. Estuvo con los pintores de la calle Gerona, a los que luego, cuando se dio cuenta de que sólo pintaban tipos populares, llamó "coloristas y fandangueros". Vivió una vida de señorito andaluz. En el Ateneo contactó con dos fermentos poéticos fundamentales: el primero fue el popularismo, que se aglutinaba en torno a Machado Álvarez, Demófilo, Rodríguez Marín y otros personajes que estaban haciendo una labor impresionante de estudio del acervo popular; el segundo fue su encuentro con Bécquer, que ya había muerto pero empezaba a ser considerado como el gran poeta del siglo XIX. Juan Ramón escribió aquí sus primeros poemas y los publicó en periodiquitos de mala muerte.
-¿Cuál fue su visión sobre la ciudad?
-Él definió a Sevilla como la capital lírica de España. Es más, cuando se planteó la posibilidad de regresar a España contra toda la opinión de todo el exilio republicano, decidió vivir en Sevilla, no en Madrid ni en Moguer, aunque es cierto que aquí tenía a toda su familia: sus sobrinos, su hermana... El libro Sevilla, que como tantos otros no llegó a publicar, porque era un maniático de la corrección, responde a esa pasión que tenía por la ciudad.
-Usted es uno de los autores del Diccionario histórico de las calles de Sevilla, una magna obra imprescindible para el conocimiento profundo de la ciudad.
-Es un libro que no tiene ninguna otra ciudad en el mundo. Hay que reconocer que el impulsor de ese proyecto fue un concejal socialista, Manuel Fernández Floranes, quien se propuso hacer un gran callejero de Sevilla que fuese también un estudio sobre sus espacios urbanos. Para ello reunió a varios universitarios: el medievalista Antonio Collantes de Terán, el antropólogo Salvador Rodríguez Becerra, el arquitecto Marín de Terán, etcétera. Estudiamos a fondo cada calle, cada plaza, cada barreduela... Su toponimia, su morfología, la tipología de sus edificios, su función histórica y actual, su presencia en la creación literaria y artística. Estuvimos trabajando diez años en el proyecto y puedo decir que es una de las obras de la que estoy más orgulloso.
-¿Qué es lo que más llamó su atención cuando realizaba esta obra?
-El poco respeto que hay en Sevilla por el nomenclátor tradicional. Eso sí, hay lugares que, por muchos nombres que hayan tenido, el pueblo los sigue nombrando por el más antiguo. Es el caso de la Plaza del Pan, llamada de esta forma desde antes Siglo de Oro y que, sin embargo, oficialmente se denomina Jesús de la Pasión. También está el ejemplo de la calle Escuderos, en la Macarena, documentada desde el siglo XV y a la que ahora se le ha puesto Señor de la Sentencia. En esto ha hecho mucho daño ese prurito que hay en Sevilla de ponerle a las calles nombres de titulares de las cofradías, algo que quiero denunciar, porque me parece una concesión demagógica a las hermandades. Asimismo, son censurables los vaivenes por motivos políticos.
-Me imagino que durante la redacción del Diccionario... aflorarían multitud de anécdotas.
-Cuando les pusieron los nombres a las calles de la barriada de Las Letanías (Salud de los Enfermos, Reina del Cielo, Estrella del Mar...) a una le tocó, inevitablemente, Refugio de los Pecadores. Los vecinos de esta calle se plantaron en el Ayuntamiento para exigir el cambio, algo que se les concedió.
-Usted ha estudiado a grandes clásicos: Cernuda, Bécquer, Juan Ramón... Pero también ha prestado atención a autores menores, anecdóticos y curiosos como Isaac del Vando.
-Isaac del Vando era un excéntrico, un extravagante, un ultraísta del que Borges, malévolamente, llegó a decir que nunca había escrito ningún poema y que era Adriano del Valle el verdadero autor. No fue un poeta excelso, pero tuvo el mérito enorme de fundar en Sevilla Grecia, la gran revista de la vanguardia española. Fue torero, cantaor y anticuario, dio un braguetazo en Madrid con una viuda rica y murió loco. Recuerdo la última vez que salió a la calle, siendo yo un joven estudiante de segundo de comunes, el día del Corpus de 1958. Fue en la Iglesia de la Anunciación, cuando paró durante unas horas, camino de Moguer, la comitiva que trasladaba los féretros de Juan Ramón y Zenobia. Juan Ramón estaba como dormido y me dio una sensación de paz y placidez. Entonces, vi a un señor muy mayor y torpe salir de la cola con un ramo de flores amarillas y entregárselo a la familia de Juan Ramón. Era Isaac del Vando. Hay una fotografía que recoge ese momento y que localicé, junto al compositor de sevillanas Paulino González, en una bolsa de El Corte Inglés llena de papeles del autor que guardaba su sobrina nieta, María Luisa del Vando. Gracias a ese descubrimiento publicamos el libro Los papeles perdidos de Isaac del Vando.
-¿Hay algún autor sevillano que crea usted que no haya sido lo suficientemente reivindicado?
-Quizás algunos poetas del 27 que, fuera de los ámbitos académicos, no están lo suficientemente valorados con arreglo a su verdadera valía. Es el caso de Juan Sierra, que fue un poeta bastante importante. Una curiosidad, fue el padre de Quino, el ex jugador del Betis.
-Sevilla es una ciudad evidentemente poética que, sin embargo, parece peleada con la narrativa. No hay grandes novelas sobre ella ni tampoco han nacido aquí grandes novelistas. ¿Cuál es el problema?
-Sevilla ha sido el lugar donde han nacido un sinfín de escritores importantes, fundamentalmente poetas. Hay una gran capacidad para la expresión lírica cuyo origen podemos remontar a Al-Mutamid y a los poetas almohades, pero que fundamentalmente se debe al papel angular que jugó Fernando de Herrera en el siglo XVI. Saltando el tiempo, el poeta clave del siglo XIX, Bécquer, fue sevillano. Ya en el siglo XX hay dos poetas fundamentales, Antonio y Manuel Machado. El mismo Juan Ramón Jiménez pertenecía al antiguo Reino de Sevilla. Por supuesto, tampoco hay que olvidar a Vicente Aleixandre y a Luis Cernuda, el poeta del 27 que sigue manteniendo una gran influencia en la poesía contemporánea, más que Lorca.
-Pero, ¿y la narrativa?
-Es cierto que no hay una línea de narrativa sólida. Hay algún ejemplo bueno en la picaresca, como Mateo Alemán, también en los llamados narraluces, que fue una etiqueta más que una realidad... Pero no puedo explicar el porqué de esta carencia. Los buenos prosistas de Sevilla, como Romero Murube o el Luis Cernuda de Ocnos escribieron fundamentalmente prosa poética.
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