De la Patagonia a la Polinesia
Calle Rioja
Océanos de tiempo. Manolo Cuervo, con estudio en la calle Martínez Montañés, se embarcó en el 'Elcano' y conoció en Tahití a la nieta de una sirvienta de Gauguin
UNA estatua en la plaza del Salvador. Un barrio en el Polígono Sur. Un instituto en Nervión. Una calle en San Lorenzo. La presencia de Martínez Montañés en la ciudad rompe la dialéctica centro-periferia. Sólo falta una estación de Metro con su nombre. En la calle Sierpes estuvo muchos meses el cartel con el reclamo de la biografía de este imaginero nacido en Alcalá la Real (Jaén) que le valió el premio de novela histórica del Ateneo a su autor, Fernando de Artacho.
Luis Clemente y Manolo Cuervo están unidos por este padrinazgo artístico. El primero trabajó en la calle Martínez Montañés donde el segundo tiene su estudio de pintor y cartelista. A dos pasos, por cierto, de la estatua de Juan de Mesa, contrapunto de la dualidad en la escultura religiosa del barroco sevillano.
Los dos amigos caminaban con parsimonia por la calle Amor de Dios. Luis Clemente acaba de terminar su noveno libro, Kitsch y flamenco. Lo conocí en la primavera de 1982. Coincidimos en la aventura fundacional de Radio 16, una emisora a la que se incorporaron Iñaki Gabilondo y Paco Lobatón. Empezaron (y acabaron) en una casa sevillana de la calle Martínez Montañés. Con una programación de autor en la que Rosa María Pinto paraba el tiempo con su evocación de músicas inéditas, Baldomero Torres fue pionero con el primer programa radiofónico dedicado al mundo de las motos y Ortiz Nuevo hacía pernocta con un espacio que llevaba por nombre Amiga Luna. Gualberto llegaba los fines de semana con sus músicas de otros universos y Joaquín Petit mantenía diálogos surrealistas con Paco Palacios El Pali. Allí llegó Luis Clemente con su voz de músico negro o de ayudante del despacho de detectives de Sam Spade.
Las músicas de Luis Clemente tenían los colores de los cuadros de Manolo Cuervo, al que años después descubrí en su estudio de la calle Martínez Montañés. Una vía silenciosa, sin apenas tránsito, perpendicular al circuito del Jarama de la calle Baños. En ese paseo del pintor y el crítico musical supe de dónde vienen esos colores y trazos, esa geometría cercana e inasible de la obra pictórica de Manolo Cuervo.
Nacido en Isla Cristina, parecía predestinado a embarcarse. No imaginaba que la Patria le iba a sufragar una vuelta al mundo. El servicio militar lo hizo en el Juan Sebastián Elcano cumpliendo todo el recorrido de este buque-insignia de la Armada española. Recuerda las escalas de Veracruz, de la Patagonia, de Nueva Orleans, su Sevilla americana de los festivales de jazz, de la Polinesia. "En Tahití conocí a una nativa que me contó que su abuela había trabajado en el servicio doméstico de Gauguin". El impresionista desertor que se dejó de perspectivas de la catedral de Rouen, pic-nics campestres y chicas del can-can.
Hay en la obra de Manolo Cuervo una inocencia de Gauguin. El nexo insular y la aventura polinesia. Luis Clemente le preguntó por la fecha de aquel chollo naviero en el que a cuenta de los presupuestos generales del Estado el pintor jugaba a Conrad y Salgari. La respuesta de Cuervo, que no presume precisamente de futbolero, corrobora mi tesis de que el fútbol es uno de los más eficaces mecanismos para prender en el tendedero del pasado las pinzas de la memoria.
"Íbamos marineros de casi toda España, pero casi la mitad eran gaditanos". Y de pronto recuerda un cuadro coral, una mancha amarilla que no logra ubicar en aguas del Índico o del Pacífico, en cualquiera de los puertos de aquella singladura, pero que indica con rigor de cuaderno de bitácora el año en el que estaba navegando. "De pronto, empezaron a salir marineros con camisetas amarillas porque el Cádiz había subido a Primera División". El pintor marinero que llegó a los dominios de Gauguin estaba en el Juan Sebastián Elcano en la primavera de 1977, fecha en la que el Cádiz obtuvo el primer ascenso de su historia. 35 años antes del bicentenario de la Pepa. Un equipo que todavía recuerdan los letristas de Carnaval, con Villalba, Mané, Carballo, Quino, el trianero bético hijo de Juan Sierra, y Urruchurtu, futbolista de Baracaldo, tío carnal del periodista Juan Carlos Urruchurtu que 30 años después llevó la comunicación de la inauguración del Metro de Sevilla. Ese barco que entró en cocheras procedente de los océanos del tiempo.
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