Vivir donde la tierra quema
Asuntos sociales La falta de agua es el gran problema en el poblado
El calor es insoportable en las chabolas junto al puente de hierro, donde el bebé de ocho meses que sufrió una insolación el pasado viernes pasa las horas en remojo en un barreño vigilado siempre por su madre
"Me ha dicho el médico que está bien, pero que lo tengo que tener vigilado". Damiana Jiménez Campos cuida de que su hijo de ocho meses no se exponga al sol. Lo tiene metido en un barreño con agua y le remoja la cabeza constantemente. Ella, sentada a la puerta de su chabola, cuenta que ha pasado la noche en el Hospital Virgen del Rocío después de que el viernes por la tarde sufriera una insolación. Junto al barreño, otros niños, todos desnudos, juegan, se echan agua y refrescan al bebé.
En el asentamiento chabolista junto al puente de hierro el calor es insoportable. La tierra quema en los pies, de los arbustos sale flama y en las chabolas es imposible estar. Muchas de las infraviviendas tienen techos de chapa que, recalentados por el sol, convierten el interior en un horno. El gran problema es el agua. No hay agua potable cerca y hay que ir a buscarla. "¿Dónde? Donde se pueda, porque encima nos han cortado las fuentes más cercanas", cuenta Juan, otro de los chabolistas, mientras su mujer, Toto, embarazada de cinco meses, se refresca vertiéndose encima una cántara de cinco litros.
"El agua hay que buscarla en las fuentes públicas. Antes íbamos a Triana, ahí al Turruñuelo, pero ya han cortado el agua. Luego fuimos a San Juan, a otra fuente, pero también la han cortado. Y ahora vamos a algún parque o al centro". La falta de agua genera imágenes propias de África. Es la misma situación que describía Ryszard Kapuscinski cuando se refería a la revolución que supuso el bidón de plástico para una población que no tenía manera de transportar un bien tan escaso como el agua.
Quien dispone de una furgoneta lo tiene más fácil. Carga decenas de bidones en la parte trasera y busca una fuente. Pero no todos en el poblado tienen vehículo. Y quien no lo tiene no puede pasarse el día esperando que alguien le ceda una garrafa. Es entonces cuando las mujeres se ponen en marcha -los hombres suelen estar fuera buscando chatarra o simplemente dejan el trabajo pesado a las mujeres- y recorren decenas de kilómetros en busca de agua. Lo hacen a pie, con las garrafas colocadas en el carrito de un bebé y generalmente rodeadas de niños.
Desde las chabolas se ve pasar el Metro. Dos mundos separados por un centenar de metros. Arriba, el de la tecnología y la ingeniería, la inversión millonaria, el aire acondicionado y el de los miles de personas que cruzan el río a diario en el nuevo transporte. Abajo, las chabolas, la miseria, el calor, la suciedad. "Mira qué vergüenza para una ciudad y para un alcalde. Todo el que se suba al Metro y mire por la ventanilla y vea esto se creerá que está en otro país", dice Ángel, que termina su reflexión pidiendo un cigarrillo. Tiene a su mujer embarazada de gemelos. "Está de ocho meses, yo no sé qué voy a hacer cuando nazcan, porque aquí lo mismo un día se los come una rata o una bicha".
Los bebés son los más expuestos. Una insolación como la sufrida por el hijo de Damiana puede resultar fatal si el niño pasa demasiadas horas al sol. Lo ocurrido el viernes motivó una chispa, una especie de rebelión o de hartazgo, que llevó a unas cuarenta personas a ocupar sus viviendas -actualmente precintadas- en el Polígono Sur. La mayoría de los chabolistas del puente de hierro son del clan de los Caracoleños, proceden del antiguo asentamiento de Los Bermejales y pasaron los últimos cinco años residiendo en las Tres Mil Viviendas. De allí huyeron por temor a una venganza después de que el pasado 29 de marzo un tiroteo entre dos clanes gitanos acabara con un joven de 17 años muerto después de ser alcanzado por una bala perdida.
La Junta aprovechó la marcha para precintar las viviendas, que son propiedad de la Empresa Pública de Suelo de Andalucía (EPSA) y que fueron adquiridas de manera ilegal hace cinco años. Ahora los chabolistas tratan de probar la propiedad de sus casas y las administraciones no quieren que vuelvan por motivos de seguridad. "Algo tienen que hacer, porque algún día puede morir un niño, y ¿de quién será la culpa?".
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