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Coronavirus en Sevilla Testimonio de una enfermera: "Quiero estar en primera línea, pero segura"

Tres sanitarios de la dotación de una ambulancia, en Sevilla. Tres sanitarios de la dotación de una ambulancia, en Sevilla.

Tres sanitarios de la dotación de una ambulancia, en Sevilla. / Juan Carlos Vázquez (Sevilla)

Es entusiasta y una verdadera apasionada de la Enfermería. Tuvo clara su vocación mucho antes de las angustiosas pruebas de Selectividad. Ella quería ser enfermera y puso todo su empeño en conseguirlo. Ahora lo es y, como tantos otros sanitarios, pertenece a ese grupo de personas que todos los días a las ocho de la tarde recibe su dosis de aplausos. La sociedad quiere animarla, como al resto de sus compañeros, para enfrentarse una jornada más a la alerta sanitaria que se vive por el coronavirus.

Actualmente trabaja en el Hospital Virgen del Rocío y estos días ha visto cómo el centro se ha ido preparando para lo que está por llegar. Ha vivido cambios de protocolos, confiscamiento de material sanitario y reorganización del trabajo. Todo en muy poco tiempo. Sabe que es de pura lógica que ante esta nueva situación toca reajustarse.

Pero ahora, por primera vez, ha tenido miedo. Sabe que, dada su profesión y el lugar de trabajo (la puerta de urgencias del Hospital Virgen del Rocío), el contagio es una posibilidad bastante probable. Pero no es la exposición lo que la atemoriza, es la falta de medios con los que protegerse, con los que proteger. "Este tipo de virus se transmite por microgotitas que son expulsadas al toser, estornudar, sonarnos los mocos o con la saliva que nos llevamos a las manos. Esas manos luego van a parar a la boca, nariz u ojos de otras personas, por eso la distancia mínima de seguridad entre las personas es de un metro".

Para la mayoría de la población, cumplir con esa norma resulta fácil y sencillo pero para una enfermera es bastante complicado. Durante la tarea asistencial, en la que aplican oxigenoterapia, aerosoles, realizan analíticas, canalizan vías intravenosas o realizan electrocardiogramas, les resulta imposible mantener esa distancia de seguridad. Saltarse la norma, en su caso, no debería ser un problema porque disponen de los recursos necesarios para realizar su labor sin poner en riesgo la salud del paciente ni la de ellas mismas. Pero ahora los recursos necesarios son inexistentes.

"Para realizar estas pruebas disponemos de una mascarilla de papel, cuando la que se debe utilizar es la FFP2 y una bata verde y un gorro porosos. Con ese material debemos atender a todos los pacientes del turno porque nos han dicho que no hay ni batas ni mascarillas y no tenemos para cambiarnos", lamenta esta enfermera que pide preservar el anonimato.

En su día a día siempre extrema las precauciones de higiene, tanto en el ámbito profesional como en el personal, y es consciente de que la situación en la que está trabajando expone a sus pacientes, a sus compañeros y a su familia. Intenta cumplir con lo que le exigen que haga. No se quita ningún elemento protector, aunque éste proteja bien poco.

Pero a veces necesita respirar. La mascarilla la hace respirar en exceso el CO2 que su cuerpo expulsa y eso la aturde, la marea y le produce dolor de cabeza. Y no puede permitirse encontrarse débil. Tiene que estar al pie del cañón. Quiere estarlo. Dentro de las actividades que desarrolla, esta enfermera realiza la prueba con la que realmente se diagnostica el Covid-19.

Denominada PCR de Covid-19, ésta consiste en introducir un bastoncito por la nariz. Algo que parece sencillo, pero que conlleva mucho riesgo. "Con esta prueba el paciente suele toser y moverse porque es algo desagradable. Es el momento más crítico y de mayor riesgo, por eso los protocolos dicen que hay que usar una bata de plástico (no porosa), mascarillas FFP2 (con filtro), gafas, dos o tres guantes y, si se considera, gorro y máscara antisalpicadura", dice. La escasez de medios la obliga a realizar dichas pruebas con batas verdes (porosas) y, además, no desecharlas entre prueba y prueba. "Somos tres enfermeras realizando estas pruebas. Nos han dado una mascarilla FFP2 para que la reutilicemos de un paciente a otro, poniéndonos encima una mascarilla de papel, que es la que tiramos al terminar la prueba". Se tiene por una buena profesional y los pacientes la adoran. Ahora y antes de la alarma sanitaria.

Pero no puede más. Está "frustrada" y siente impotencia por no poder hacer su trabajo en condiciones seguras. "Como quien dice, estamos en la fase inicial de esto, con mucho riesgo, y ya no hay material, que es lo único que nos garantiza trabajar con seguridad, porque no queremos ponernos malos porque ahora somos más necesarios que nunca". Pero en su reivindicación se encuentra contra un muro dentro de su propio centro, donde la instan a buscarse otro sitio si no quiere trabajar. "¿De verdad pedir trabajar seguros es no querer trabajar? Me asombra que a día de hoy nos tengan así de limitados y desprotegidos".

Pero no le queda otra que seguir trabajando bajo esas condiciones y con esas premisas, exponiéndose, exponiendo a compañeros y a su propia familia "por culpa de una mala gestión y una deshumanización de sus propios compañeros". Es entusiasta y una verdadera apasionada de la Enfermería. En su muñeca lleva, o llevaba, una pulsera que dice "curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre". Por eso ha recurrido a los medios más precarios para hacer su trabajo de la forma más segura posible. Con bolsas de basura, tanto ella como sus compañeras, ha fabricado batas impermeables para así poder tirarlas entre paciente y paciente. Por su seguridad y por la de ellos. En cualquier tutorial de Youtube sería una forma original de reciclar, aunque en esta situación de alarma sanitaria resulta dramático y desolador. Pero ella lo tiene claro. "Mi vocación de enfermera está a flor de piel. Quiero estar ahí, en primera línea, ayudando pero segura".

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