Obituario

Al doctor Martínez Puentes, el médico hortelano

El doctor Martínez Puentes.

El doctor Martínez Puentes. / M. G.

Nos conocimos a mediados de los ochenta en la consulta que tenías en Dos Hermanas. Un amigo común, un pediatra con un corazón inabarcable, Paco Fernández Molina, nos presentó. Me encontré con un hombre alto, de buen porte, bien trajeado, con ciertos rasgos anglosajones, de semblante serio, aunque no triste y con una intensa y penetrante mirada. Nos caímos bien. Al principio nos relacionábamos poco. Con el tiempo, empezamos a vernos con más frecuencia y pude ir conociendo tu valía, aquella que hacía de ti, a mi juicio, una persona muy singular.

Te adornaban unos principios inalterables, que podías llegar a defender con cierta vehemencia. No olvido cómo, en cierta ocasión, reflexionando sobre ciertos aspectos difíciles de la vida, decías que es absurdo plantearse si la vida es justa o no, que la vida está para vivirla e intentar darse a los demás, no compadecerse y aceptarla tal y como es, agradeciendo más que exigiendo.

Persona sincera, contigo y con los demás, creías en la verdad sin filtros ni recovecos. Siempre generoso, se podía acudir a ti en busca de solución para cualquier problema. Si estaba en tu mano ayudabas, y si no, también. Siendo tú hombre de encomiable modestia, jamás mostraste el más mínimo alarde de ello. Como médico, a decir de tus compañeros, tenías un inefable ojo clínico y una cercanía tal con tus pacientes que los tratabas como algo tuyo. Como jefe clínico de Neumología, eras más un amigo, siempre presto a ayudar, que un superior jerárquico. Defendías que el mejor tratamiento era el que no había que hacer, por lo que te erigías en un gran impulsor de campañas preventivas, como la del tabaquismo.

He de decirte que me sorprendió gratamente, ya sabes que mis abuelos maternos eran campesinos, cuando supe de tu amor por el campo, de tu querencia por el cultivo de la tierra. Tu hermano Francisco, a quien tanto querías y al que se llevó antes de tiempo un mal viento, te habló de una bonita haza que estaba en venta. Nada más verla te ilusionaste con ella. Y, a partir de entonces, fue tu huerto, tu paraíso encontrado, el lugar al que siempre volvías, tu árnica para los arañazos de la vida, tu Getsemaní particular. Se te podía ver agachado, muchas veces con tu padre, cómplices, en silencio, orgullosos uno del otro, queriéndoos sin palabras, labrando la tierra palmo a palmo, limpiándola de rastrojos y malas hierbas o sembrando pimientos, tomates, patatas, ajos, cebollas… cualquier verdura que, después, repartías gustoso a cualquier amigo que te visitara.

En el huerto pasasteis los últimos veraneos Paqui y tú. Tus hijos y también Nico, tu nieto, con el que tenías una especial relación, iban a veros a menudo. También algunos amigos a los que gustabas de obsequiar, mientras hablabais, con una copita de Pedro Jiménez. Eran esas sencillas cosas que, superado con creces el tiempo de los sueños imposibles y el alma se remansa, colman la dicha de personas satisfechas con el deber cumplido.

Pero Átropos, una de las Parcas hilanderas, celosa de tu felicidad, en un descuido fatal, quiso cortarte el hilo de la vida. No lo consiguió, pero ya nada fue igual, aunque he de decirte que yo, entre ingenuo y esperanzado, creí que lo superarías. Pero no pudo ser.

Ahora, querido amigo, ya eres uno con la tierra que con tanto mimo labrabas. Como has sembrado mucho y son tantos los hilos que te unen a los que tuvimos la suerte de conocerte y, sabiendo que la vida también es el honor y es el recuerdo, no habrá manera de cortarlos todos y, por ello, vivirás siempre en nosotros.Por cierto, Vicente, ¿qué tienes tú que ver con ese lucero que se asoma, curioso y vigilante, desde hace poco tiempo a tu Getsemaní en las noches claras?

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