La excelencia de plata y oro

Galería del Olvido (II)

El autor glosa la figura de Julio Pérez Herrera 'El Vito' (1928-2016)

Saber estar sin protocolos

Julio Pérez Herrera, 'El Vito'
Julio Pérez Herrera, 'El Vito' / M. G.
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil (j)

14 de febrero 2026 - 04:00

Julio Pérez Herrera, El Vito, fue el tercero de una dinastía, los Vitos, siempre ligada a la tauromaquia sobre todo a su padre, Manuel Pérez Gómez, matador de toros y posteriormente, cómo Julio, banderillero. Julio tomó la alternativa con apenas dieciocho años y esa misma temporada sufrió un par de cogidas muy graves sobre todo la sufrida en Jaén donde le cupo el honor de recibir por primera vez la penicilina que alguien había traído desde Gibraltar a España. Luego seguiría otra asimismo gravísima en Sevilla lo que minó en parte sus ánimos e hizo que cambiara el estoque por los rehiletes. Y es que como el mismo Julio llegaría a reconocer al cabo del tiempo, seguramente la alternativa fue un tanto precipitada y es que era grande el cambio del novillo al toro.

Ello, no obstante, para nada le privó de añadir a tan brillante como exótico curriculum de haber inaugurado la plaza de toros de Casablanca, o cuando llevó el toreo hasta Tánger, o incluso cuando, acompañado por Ángel Luis Bienvenida y Conchita Cintrón, se anunció nada menos que en París en un insólito espectáculo mixto. Muy pocos toreros podrían acreditar tan originales méritos.

Sus comienzos como banderillero fueron a las órdenes de Juan Posada, para más tarde ir pasando sucesivamente por las cuadrillas de Manolo Vázquez, Chamaco y Antonio Ordóñez. La consagración no tardaría en llegar y sería con Miguel Báez Espuny, El Litri, hasta por dos veces, si bien la absoluta apoteosis llegaría a las órdenes de Jaime Ostos formando terna con Luis González y José Blanco, Blanquito, probablemente la mejor cuadrilla que haya conocido jamás la Fiesta. Y, ¡cuidado!, porque fue una época en la que la rivalidad era tremenda y la calidad y la emoción brillaban cada tarde en el ruedo, pues ahí estaban nada menos que los Almensilla, Chaves Flores, Tito de San Bernardo, Pinturas o Andrés Luque Gago entre otros muchos. Y es que además de ser banderilleros excepcionales, bregaban con el capote con una pericia y habilidad más que notables, hasta el punto de atraer a los públicos con la misma fuerza que pudieran hacerlo las primeras figuras consagradas ya en el toreo. No era infrecuente ver al Vito tras lidiar de salida ajustadamente a un toro por ambos pitones, rematar con un improvisado adorno para arrancarle la divisa y llevársela a alguna espectadora que él ya había divisado en la barrera.

Ciertamente, Julio Pérez era ya de por sí un espectáculo dentro del espectáculo de una corrida de toros. Desde que cogía los palos, puede decirse que se paraba el tiempo. Yo conocí a un aficionado, de los de antes, serio y taciturno, que iba a la plaza con puntualidad medida y exacta solamente para ver banderillear al Vito. Hasta tal punto esto era así que se convirtió en competencia incluso para su matador que a veces no lograba cuajar a un toro que “El Vito” había pareado insuperablemente. No en vano, siendo Jaime Ostos su jefe de filas pretendió que el nombre del banderillero figurara en los carteles con letras igual de grandes que los matadores.

Según él mismo contaba, a banderillear lo enseñó su padre, que le insistía que hacia el toro hay que ir siempre pasito a paso, provocar la arrancada, reunir bien y salir muy despacio. Pero eso luego había que ejecutarlo y ponerle la guinda de la personalidad, el valor y el arte que El Vito poseía. La lección magistral nos la ofrece el propio Julio. Hay que situarse ni muy cerca, ni muy lejos, en mitad del ruedo, a unos diez o doce metros del toro y cuanto éste se fije en uno, andar hacia él para que sea el toro el que se venga hacia uno. Ahí, antes de la reunión, se saca el par de abajo y se clava en todo lo alto. Cuando por el impacto el animal queda paralizado una décima de segundo, se gira y se sale de su cara por cualquiera de los dos pitones, apoyándose en los garapullos, despacito, con arte, y con la torería que jamás le faltó.

Así de fácil. Pero en la práctica tan difícil de imitar. Pero para abundar más y mejor en la lección que se nos enseña, valga una descripción de lo que era la secuencia que él mismo nos proponía. Cuando tras citarlo con la voz el toro iniciaba la galopada, puede cuartearse midiendo y templando con el cuerpo la arrancada y en el embroque detenerse en la cara, juntar los pies alzándose de puntillas sin perder el contacto con la arena, para ahí ya alzar los codos, unir los palos arriba y aprovechando el desconcierto que esos movimientos habían provocado en el toro, irse hacia las tablas con una leve carrera.

No puede negarse que El Vito fue un auténtico adelantado a su tiempo, cuyo sentido de la verdad y la pureza le llevó a detestar a los toreros atletas que no hacen sino lanzar las banderillas y casi siempre a toro pasado, porque al toro hay que respetarlo siempre. Eso lo decía precisamente quien había sido un formidable atleta fuera de la plaza, pero en el ruedo Julio era tan poderoso con el capote como artista con los garapullos. Y como adelantado que fue, muchos le habrán visto arrancar a parear por un pitón citando con la voz al toro, detenerse a la mitad de la cita y con el toro ya cerca cambiar al otro pitón haciendo que varíe la trayectoria del animal para realizando a continuación otro medio cuarteo, clavar en todo lo alto y salir andando.

Y he dejado para el final la faceta de su creatividad. El Vito fue además un inventor, por ser un gran conocedor de los terrenos un día improvisó una suerte desconocida que le llevó a crear y popularizar la vitolina. Consistía esta suerte, hoy casi en desuso, en citar al toro con la derecha ofreciendo el dorso de la muleta y vaciarle un pase de pecho para a continuación, tras traerse el toro hasta la cadera, cambiarse la muleta de mano por la espalda e instrumentar una tanda de naturales que cerraba con otro pase de pecho. Los líos que seguían a la ejecución de ésta suerte eran verdaderamente monumentales y el público estallaba entusiasta en una grandiosa ovación.

De la dimensión de Julio Pérez El Vito habla por sí sola el interés y la atención que mereció a todo un premio Goncourt, Jean Cau, quien lo inmortalizaría en 1962 con su novela Las orejas y el rabo, luego de viajar toda una temporada en el coche de cuadrillas de Jaime Ostos para conocer mejor y de cerca a una figura irrepetible del toreo. Tras ejercer muchos años como veedor de la Maestranza de Sevilla y de otras plazas de toros, en la madrugada del 29 de Junio de 2016, ya cercano a cumplir los ochenta y ocho años de edad, Julio Pérez Herrera cogía las banderillas negras para parear el último toro de su vida.

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