La novela que no escribió Umberto Eco
La edad de Piedra. Diez años después de su aparición, el medievalista Rafael Cómez publica una tercera edición de su obra 'Los constructores de la España medieval'
SI se hiciera una película con este libro, el guión podría empezar así: "... el califa Abu Yaqub salía del Alcázar de Sevilla montado a caballo para supervisar las obras del palacio de la Buhayra". Es el mismo califa que le encargará al sevillano Ahmad ibn Basso, de probable origen mozárabe toledano, la dirección de las obras de la nueva mezquita mayor de Sevilla después de intervenir en las fotificaciones de Gibraltar y en los alcázares de Córdoba.
Son tantas las cosas reseñables del libro Los constructores de la España medieval que es difícil ordenar sus méritos. No es corriente que un libro de divulgación universitaria como el que firma Rafael Cómez haya llegado a las tres ediciones. En el tránsito, el profesor obtuvo la cátedra de Historia del Arte. El libro cuenta con un aporte de 540 notas.
Coherente con el espíritu de los maestros medievales que dominaban la albañilería y la pintura, eran ingenieros y ejecutivos, hacían catedrales y construían puentes (sobre el Miño, el Esla o el río Oja) el profesor Cómez investiga con celo encomiable y son suyas muchas de las fotos del libro: el historiador con su cámara en la Kutubbiyya de Marraquech; en la mezquita de Ibn Tulún en El Cairo; en el capitel califal cordobés de la casa de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta; en el monasterio de Poblet; en las catedrales de Vich, Lérida y Sigüenza, patria chica del arzobispo de Sevilla; en la florentina iglesia de Orsanmichele.
En su bibliografía, Sánchez Albornoz y Menéndez Pidal, Carande y García Gómez. Sus maestros, condiscípulos y algún ex discípulo, como Juan Clemente Rodríguez Estévez, autor de la tesis doctoral Los canteros de la Catedral de Sevilla. Del Gótico al Renacimiento. "Todo lo que hacía de niño lo he continuado de hombre", escribe el autor. Libro ideal para un año santo y compostelano. El románico entra en España con los maestros lombardos y con su legado se puede hacer el camino de Santiago: Toulouse, Jaca, Loarre, Frómista, León y Compostela.
En un ejercicio interactivo, Cómez cita en el prefacio como ideólogo de una nueva Edad Media a Umberto Eco, investido doctor honoris causa por la misma Universidad Hispalense cuyo Secretariado de Publicaciones, sección Historia y Geografía, ha reeditado este libro.
Hay historias tan fascinantes como El nombre de la rosa. Pero el historiador no necesita de la ficción para proponer asuntos que están bien documentados, argumentos centrados en la piedra como materia prima en una época en la que, como aseguraba Georges Duby, la piedra desempeñó el papel que jugaron las minas de carbón en el siglo XIX o el petróleo en el XX.
La alianza de las civilizaciones es una ñoñería a la luz de aquellas catedrales construidas por maestros cristianos y mozárabes, por cristianos viejos y nuevos, los tornadizos de la novela de Antonio Cascales. Rafael Cómez habla de una época en la que las sutilezas estaban reservadas para el arte, no para la política. Un arte que no se detiene en las guerras: se adapta a ellas. Las guerras de fuera: el Concejo de Sevilla nombra cuatro caballeros para la conservación y mantenimiento de las murallas por la alianza entre Inglaterra y Portugal tras la derrota española de Aljubarrota. Y las guerras de dentro: en la de Granada, los Reyes Católicos piden a Sevilla 80 albañiles, diez carpinteros y diez pedreros para reconstruir las murallas y torres tras el cerco de Ronda.
Los moros cañeros se llamaban así porque eran los que trabajaban en exclusiva en la conducción de las aguas desde Alcalá de Guadaíra a Sevilla por los caños de la Puerta de Carmona. En 1412, el rey sustituye a los dos moros cañeros por albañiles cristianos. Tres meses después tuvo que derogar la orden y restituir a los moros "pues llegó a faltar agua en el real alcázar".
Alfonso X decreta la exención de impuestos a los que trabajan en las catedrales de Cuenca y Sevilla. Podían quedar libres del servicio militar o beneficiados con tierras en la huerta murciana. En Andalucía los salarios de cantería eran más altos "que en la región de Toledo al Duero". Un oficio peligroso. El maestro Diego de Riaño, con calle en Sevilla, huyó de Sevilla a Lisboa, donde estuvo cinco años, "después de matar de un mazazo al cantero Pedro de Rozas en el transcurso de una pelea dentro del taller de la catedral en 1517".
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