El primer diagnóstico: heridas leves, inmenso dolor
La plaza de San Lorenzo acogió la congoja íntima de devotos y la expectación mediática por la agresión
Luis Álvarez Duarte acaba de pedir un café en El Sardinero. Le dicen que se lo tome con calma, pero que fuera lo esperan reporteros de Cuatro, La Sexta y Tele 5 para hacerle unas preguntas. En la analogía del dolor, inmenso dolor aunque las heridas sean leves, el imaginero habla como un doctor. "El Señor está fenomenal. Su recuperación no es cuestión de semanas. Será de días". Paradójicamente, cuando se produjo la agresión a la imagen de Juan de Mesa el hermano mayor del Gran Poder, Enrique Esquivias, estaba en el hospital Virgen del Rocío "visitando a un familiar".
Suenan las campanas de las doce del mediodía. Impresiona la cruz sin el Señor. Y las mujeres rezando en el templo al que Juan Pablo II le dio rango de Basílica Menor el 29 de diciembre de 1992. El Señor de Sevilla se encontró con su particular Ali Agca. Éste salió de la cárcel y su émulo es funcionario de prisiones. Los dos confesionarios estaban vacíos. En el de la derecha, escucha, conforta y absuelve José Morillo Enríquez; en el de la izquierda, Pedro Jiménez Valdecantos, el sacerdote que oficiaba la quinta misa del domingo en el Gran Poder, la de las ocho y media, y vivió la tropelía.
Desde la boda de Paquirri con Isabel Pantoja, no se veían tantas cámaras de televisión en la plaza de San Lorenzo. Es difícil digerir una cosa así. El ataque a un símbolo impregnado de oraciones y confidencias, de alegrías y temores. Humano en estado superlativo. Poderoso y vulnerable. Altísimo y cercano. "Se sentó en el mismo banco que yo", dice un hermano y feligrés. "Escuchó la misa con absoluta normalidad". Hubo tres cosas que no vio normales en ese individuo: la presencia de una mochila (dentro, un libro de Fray Luis de León), que cruzara las piernas en plena misa y que accediera al camarín del Señor por la derecha, y no por la izquierda como todo el mundo.
"La terraza se quedó pelada", dice Alejandro Santos, camarero del Sardinero. "A la misa de ocho y media van muchas mujeres mayores y se oyó un grito ensordecedor. Como un gol, pero de dolor y desgarro. Como si estuvieran matando a un bebé. Gente que entraba y salía corriendo. En las mesas dejaron bolsos y cámaras".
Joaquín Caro Romero no tiene móvil ni ordenador. Se enteró a la mañana siguiente cuando su mujer llegó a casa "con lágrimas en los ojos", dice quien como Enrique Esquivias también fue pregonero de la Semana Santa. "Mi relación con el Gran Poder es que en 2003 di el pregón de la Concordia del Gran Poder y la Macarena".
Al encontrárselo frente al Señor, el hermano Juan Cañaveral creyó que se trataba del capiller. Pero ese hombre ni era Miguel Martín, capiller del Gran Poder, que estaba en la sacristía esperando que terminara la misa, ni tenía buenas intenciones. Lo demás está en las cámaras de la basílica. "Es espeluznante", dice Álvarez Duarte camino de los reporteros.
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