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Donde los sevillanos juegan al toro

Joaquín Toro abrió su primer bar en 1952 en Asunción. El Miércoles Santo abrió en Almirante Lobo el último, el número 36 de sus negocios en Sevilla.

Donde los sevillanos juegan al toro

18 de agosto 2010 - 05:03

EEQUIDISTANTE entre la Torre del Oro y la torre de la Plata, Joaquín Toro ve pasar la vida como pasa el agua del río junto al que nació en 1935. Trianero de la calle Betis, abrió su primer bar en 1952, en una calle Asunción que era un erial. No había cumplido los 17 años y su padre, policía municipal, tuvo que pedirle permiso al gobernador civil. En casi sesenta años de profesional, abrió más de cuarenta bares, 36 en la capital. El último el Miércoles Santo en Almirante Lobo, cerca de las paradas del Metro y el Metrocentro. "Antes por aquí pasaba el tranvía de la Puerta Real y el Tagarete, que desembocaba junto a la Torre del Oro".

Cuarenta bares y nueve hijos, siete hembras y dos varones. El pequeño, Antonio, regenta dos bares familiares en la playa de Chipiona. Joaquín, el mayor de los hombres, lleva la batuta paterna en tres bares de Los Remedios (Niebla, Salado, Virgen de la Consolación), el de Almirante Lobo, una venta en Dos Hermanas y el ambigú del zoológico de Guillena. Tiene en su padre al mejor maestro, el que le animó a empresas prometeicas como preparar cuatrocientos almuerzos en una hora para el comedor de Astilleros o para una plataforma de gas que operaba en Algeciras, servicio que finalizó cuando la plataforma se trasladó al Adriático.

"A través de la Fundación Clinton", dice Joaquín Toro Cabañas, hijo del pionero, "me han ofrecido ir a Haití a montar un comedor para ochocientas personas que trabajan en la reconstrucción del país". Siempre contó con la ayuda de sus siete hermanas: Mari Paz, Rocío, Eva, Verónica, Inmaculada, María del Carmen (que lleva otro bar en Chipiona) y Marisa.

A los dos Joaquín, padre e hijo, les une la afición a los deportes de fuerza. El fundador de la estirpe practicó la lucha libre, de la quinta de Benito Galán, Márquez el Indomable o Tagua. "Entrenábamos en la calle Viriato, número 10, la casa de Navarro, un luchador que descargaba plátanos en el muelle". Joaquín hijo jugó once años al rugby en el Ciencias, con el que ganó una Liga y una Copa del Rey contra el Guernica. "Era delantero, de los que pegaban los cabezazos", dice el coetáneo de Bosco Abascal, edad de oro del rugby sevillano, que practicó en Chapina y en el estadio de la Cartuja.

Deportes de fuerza que les ayudaron a minimizar los obstáculos. "¿Crisis? De todos los colores", dice el padre. "La notamos menos porque aquí los dueños trabajan por tres". A Toro le gustan los toros y su hermano Antonio, policía municipal como su padre, llegó a hacer el paseíllo en la Maestranza como El Niño del Coliseo. La relación más directa de este tabernero con la fiesta es que regentó un bar de nombre Los Maletillas, muy cerca de la puerta del Príncipe. Les daba de comer a los maletillas, se quedaban a dormir con sus hatillos de la oportunidad.

Desertó muy pronto del colegio. "Con diez años me iba a la bodega San Pablo, de don Francisco Palomo Palomo, a hacer la masa de los pavías y poner los platillos de los cafés". Igual que su hermano el torero, también vendió caramelos y chocolatinas en el Coliseo. El primer dinero para independizarse como jovencísimo empresario en años de autarquía y ostracismo lo obtuvo descargando sacos de arroz. "Cien sacos de cien kilos cada uno. Pagaban a seis pesetas la tonelada".

Todo en su vida está unido al trabajo: la infancia, las vacaciones -"donde veraneo, es para trabajar: Chipiona, Sanlúcar, El Rocío"-, la familia. Desde 1952, cuando su padre le dio el empujón. El policía municipal que trabajaba con un concejal que dejó huella, Manuel Grosso, padre del profesor de Derecho que fue director del festival de Cine de Sevilla. "Grosso vivía en la calle Asunción", recuerda el fundador de los bares Toro. "Fue el que pintó los taxis de amarillo y el que mandó coser los bolsillos de los municipales para evitar el estraperlo". También fue el edil que organizó la visita de Evita Perón a Sevilla cinco años de que Joaquín pusiera la primera piedra del bar Toro.

Han tenido personal extranjero. "Durante una época, nadie quería trabajar en los bares. Ahora empiezan a volver". Joaquín Toro conserva las chapas de pescadero de Mercasevilla y de frutero del mercado de abastos del Arenal. Ha visto cambiar los usos y hábitos de la clientela. "Entre los clientes, recuerdo a Diego Puerta, Lola Flores, los hermanos Canorea. Los futbolistas del Betis Luis del Sol, Martín Esperanza, Luis Aragonés, Castaño, Kuzsmann, que dejaban en la cocina los cucuruchos de nazareno que se ponían por la calle para que no los viera Fernando Daucik, el entrenador, que pasaba con un Seiscientos buscándolos".

El sello de Casa Toro. "La rapidez, la limpieza, la constancia", dice el fundador. "Y la cola de toro, el atún encebollado...", tercia una de sus hijas. En tiempos daba bodas, bautizos y comuniones. "En la Telefónica había tres coches de alquiler. Le daba quinientas pesetas al que me llevaba a una pareja de novios. No era fácil. Había que entrar con zancos".

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