La lealtad, el oro de los entrenadores
El que no ha sido jugador de élite sabe que lo tiene en chino, pero el día a día vale más que el ego
Javi Martínez, el mero enlace y la genial anécdota del algodón
TODO el mundo muere por su profesión, pero no la querrían para sus hijos. El torero que se juega la vida, el músico que vive en la carretera, el periodista que no tiene fines de semana, el médico que hace guardias como churros y el escritor de novelas que va a su aire pero que no tiene nada seguro. Ninguno –o casi ninguno a la hora de la verdad– se cambiaría por un funcionario que ficha el viernes a las dos, pero te podrían contar con una o dos cervezas lo que tienen que tragar para llevarse el pan a casa y, por lo bajini, te dirían que sí, que se cambian con el especialista en escaquearse a la hora del desayuno si el sueldo es decente.
El entrenador está hecho de otra pasta. Sabe que si no ha sido futbolista de élite lo tiene en chino, sabe que la familia es algo que está pero que casi ni ve por casa, asume que el sueldo bruto lo divide de diez meses, que probablemente de ahí tenga que sacar para sus compañeros de staff y que en cualquier momento la cuerda se rompe y hay que dejar vacía la taquilla e irse a hartarse de ver fútbol.
Después están momentos como los que ha tenido que vivir Almeyda o –vamos a bajar el nivel– gente como Javi Martínez, que saben su papel y dónde empieza y acaba su rol por mucho que el foco los apunte. En el vestuario en el que junto al argentino se visten a diario un grupo de entrenadores se han repartido los tenedores para tragar sapos esta temporada y aún queda porque esto no ha acabado. Han cometido muchos errores y se ha dicho, pero también que están solos y que van con la verdad por delante y eso el futbolista lo huele rápido.
Ser entrenador no es ser Simeone, Mourinho o Ancelotti igual que ser periodista no es ser De la Morena o Paco González. Presidentes, secretarios técnicos y hasta directores de comunicación creen saber más, por no hablar de los que piden una dimisión como el que pide una ración de croquetas. Se refugian en la intimidad de un pequeño vestuario y la complicidad de los que comparten horas a diario. Profesión en la que la lealtad es oro. Y tanto, porque en otras es imposible hallarla.
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