El Sevilla-Celta recordó en las sensaciones a aquel Sevilla-Real Sociedad (0-1)

La crónica

Los sevillistas sufren su undécima derrota en los 19 partidos de la primera vuelta al caer con un gol de un ingenuo penalti en el minuto 88

Almeyda era centrocampista el día en que Camacho dijo que con otro entrenador no se habría caído y la sensación de perdedor es muy parecida

Así le hemos contado el Sevilla-Celta

Oso es consolado en su lamento por la jugada del inocente penalti tras el final del partido. / Antonio Pizarro

El Sevilla Fútbol Club es una máquina de perder. Lo hace con contumacia, hasta el punto de acabar la primera vuelta con un total de 11 partidos perdidos de los 19 que ha disputado, mucho más que el 50 por ciento del total. Lo hace de todas las maneras posibles y, en ese sentido, la derrota contra el Celta, una más, recordó bastante en las sensaciones a cierto Sevilla-Real Sociedad disputado en febrero de 1997, en el que José Antonio Camacho, entonces su responsable deportivo, dijo aquello de que "con otro entrenador este partido no se hubiera perdido".

Matías Almeyda era futbolista de aquel Sevilla e integró ese día un centro del campo con Marcos y Prosinecki. Los sevillistas llegaron a ponerse con un 2-0 en el debut de José Mari como delantero en la Primera División, pero ni uno solo de los seguidores sevillistas tenía dudas de que aquello podía acabar en otra derrota más. Más o menos como en la noche de este lunes que cerraba la primera vuelta de LaLiga EA Sports.

Todos eran conscientes de que aquello iba a acabar con la undécima derrota del curso; la única incógnita a despejar era la manera de cómo se iba a producir. Y esta vez tocó con un penalti por un pisotón de Oso a Moriba en una jugada que parecía no tener mayor peligro. Sánchez Martínez se mostró inflexible y arbitró la jugada con el máximo castigo, algo que, por ejemplo, no juzgó igual en otro pisotón de Mingueza a Agoumé dentro del área céltica en el minuto 61.

Pero son las situaciones que se producen cuando un equipo está condenado a perder, como sucede con este Sevilla de Almeyda. Parece que los partidos no pueden tener otro fin que ése, entre otras cuestiones porque el Sevilla lleva tres jornadas de Liga sin marcar ni un solo gol. Le sucedió en el Santiago Bernabéu y, lo que es peor, le ha vuelto a ocurrir en dos citas caseras. Tanto el Levante como el Celta sabían que era cuestión de marcar alguna vez, que el Sevilla iba a ser incapaz de cantar un solo tanto.

Porque no tuvo ni una sola ocasión diáfana para hacerlo. Un remate de Miguel Sierra en el tiempo de prolongación, cuando ya se había adelantado el Celta, fue lo más cerca que estuvo de lograrlo. Pero es una producción tan raquítica para el esfuerzo que hicieron los catorce futbolistas que llegaron a participar —pues Rubén Vargas se excluye al no llegar apenas a cinco minutos tras su nueva lesión— que conviene tal vez plantearse una cuestión más futbolística, más de conceptos.

El riesgo de un trapecista

El Sevilla de Almeyda, más allá de la dudosa calidad de los futbolistas que lo componen, tiene también un serio problema de concepción balompédica. El entrenador argentino empareja uno con uno a todos sus elementos y eso provoca que viva siempre sobre el alambre del trapecio, con el riesgo de una caída mortal. El problema es que esa propuesta, tan válida como muchas otras, tampoco le sirve para obtener réditos arriba.

Esa vida tan azarosa no conlleva llegadas claras de gol por los robos y, en cambio, sí exige un esfuerzo sobrehumano a quienes se desempeñan, con la fe de un fundamentalista, para defender esa concepción del fútbol tan propia de la escuela de Marcelo Bielsa o incluso de Carlos Salvador Bilardo cuando era el entrenador sevillista también. Todos persiguen a su par hasta donde sea preciso y era curioso también los esfuerzos que se le exigían al hombre libre.

Batista Mendy tuvo que recorrer treinta metros en esprint no menos de diez ocasiones para tratar de tapar las salidas del central Starfelt, que era el único que no tenía una vigilancia individual. Todos los demás estaban emparejados y eso provocaba que el medio centro fuera una y otra vez a por el sueco con nulas posibilidades de éxito, pues con la distancia que tenía que recorrer en un esfuerzo de alta intensidad, como ahora se denominan a ese tipo de carreras en velocidad, era imposible que pudiera tener alguna opción de recuperar el balón.

Latifundios atrás

La otra pega en semejante estilo futbolístico es la posibilidad de que uno de los zagueros sea superado por el delantero en el enfrentamiento individual. Cada vez que eso ocurría, el resto de los sevillistas que debían proteger a Vlachodimos estaba descolocado. Los espacios eran casi latifundios en esas situaciones y también en los saques de esquina propios mal ejecutados. Tres veces salió el Celta a la contra con la sensación de un peligro extremo para marcar en ese primer periodo.

Afortunadamente para los nervionenses, siempre falló algo en el remate final para los vigueses. Iago Aspas oteaba el horizonte y buscaba el pase definitivo, pero siempre había un error de los suyos a la hora del remate final.

En cambio, el Sevilla se mataba a correr y no era capaz de crear ni una sola ocasión clara de gol. Faltas, córners, entradas por las bandas con centros teóricamente peligrosos, pero la frustración era total porque jamás iba a llegar a ser probado siquiera el reputado guardameta rumano Radu.

Paradón de Vlachodimos

Así se llegaba al intermedio y restaba un tiempo por delante, aunque también figuraba otro aspecto en el debe de los hombres de Almeyda. El esfuerzo físico que este estilo de fútbol exige es brutal y siempre cabía la posibilidad de que fueran resintiéndose los futbolistas en su físico de tanto correr.

No fue así, pero no variaría nada en la segunda mitad a pesar de los cinco cambios que ordenó Almeyda, uno de ellos obligado por el enésimo problema físico de Vargas. El Sevilla sí se protegía algo más atrás y no permitía que el Celta le llegara con tanto peligro como en el primer periodo, aunque Vlachodimos tuvo que salvar un gol hecho con un paradón increíble a Moriba en el minuto 80.

El Sevilla sí trataba de acercarse a la portería de Radu, pero era inútil, nunca iba a crear peligro real. A la hora de que la moneda le saliera cara o cruz, fue cruz, como no podía ser de otra forma. El inocente pisotón de Oso a Moriba no era castigado igual que el de Mingueza a Agoumé y llegó así una nueva derrota, la undécima. 11 partidos de 19 perdidos, sólo 20 puntos como consecuencia. Todo recuerda a aquel año con Almeyda como futbolista. El Sevilla pierde de mil maneras distintas y prácticamente ya se acostumbra a ello.

Ficha técnica

0 Sevilla FC: Vlachodimos; Juanlu (Miguel Sierra, 82'), José Ángel, Gudelj, Kike Salas (Nianzou, 82'), Oso; Agoumé, Mendy, Sow; Isaac (Alexis Sánchez, 58') y Peque (Rubén Vargas, 58') (Januzaj, 67').

1 Real Club Celta de Vigo: Radu; Javi Rodríguez, Starfelt, Marcos Alonso, Óscar Mingueza (Carreira, 91'); El-Abdellaoui (Javi Rueda, 67'), Miguel Román, Ilaix Moriba, Bryan Zaragoza (Hugo Álvarez, 67'); Iago Aspas (Swedberg, 58') y Borja Iglesias (Pablo Durán, 58').

Gol: 0-1 (88') Marcos Alonso, de penalti cometido por Oso sobre Moriba.

Árbitro: Sánchez Martínez (murciano). Amonestó a los visitantes Moriba (34'), al entrenador Claudio Giráldez (84'), Mingueza (89') y Hugo Álvarez (m.91) y a los locales Alberto Flores (61', en el banquillo), Juanlu (75') y Mendy (86').

Incidencias: Partido de la decimonovena jornada de LaLiga EA Sports disputado en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán ante 31.383 espectadores.

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