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Un año del terremoto de Lorca

Aniversario. La Viña fue el barrio más afectado

365 días después del seísmo más fuerte que azotó España en el último medio siglo, muchos vecinos de la localidad murciana siguen sin poder volver a sus hogares

Unos vecinos toman un refresco junto a un edificio todavía apuntalado ante el riesgo de derrumbe.
Agencias / Lorca

Lorca, 11 de mayo 2012 - 05:01

Los habitantes de Lorca (Murcia) recuerdan casi de memoria dos momentos de su particular 11M: las 17.05, cuando se produjo el primer terremoto de 4,4 grados de magnitud en la escala de Richter, y las 18.47, cuando se desató el temblor más dañino, de 5,2 grados, cuya devastación se agravó por la superficialidad de su epicentro.

Nueve muertos, 324 heridos, miles de desplazados, el 80% de los edificios dañados y pérdidas económicas por la destrucción de instalaciones municipales, casas, locales comerciales, monumentos e iglesias, valoradas en agosto de 2011 en 1.200 millones.

El barrio de La Viña, que desde el mismo 11 de mayo de 2011 comenzó a conocerse popularmente como la zona cero, fue el más afectado y vivió el estruendoso desplome completo de un edificio de cuatro plantas, que, hechos un amasijo de hierros, se convirtió en uno de los iconos de la catástrofe. Los hospitales Rafael Méndez y Virgen del Alcázar tuvieron que ser desalojados, y sus más de 500 internos trasladados en 350 ambulancias a otros centros hospitalarios de la región de Murcia, como ocurrió con varias residencias de ancianos, cuyos ocupantes fueron llevados a otras de pueblos vecinos.

El Gobierno de Murcia, que decretó el cierre de todos los colegios e institutos de la ciudad, muchos de ellos gravemente dañados en su estructura, recibió llamadas de las embajadas en España de Estados Unidos, Finlandia, Perú, Rumanía, Ecuador, Filipinas y Reino Unido interesándose por si había compatriotas afectados por los temblores de tierra.

Los dos terremotos del 11 de mayo en Lorca son los más importantes, tanto por el número de víctimas mortales como por los destrozos materiales causados, de la historia de España del último medio siglo, después de los ocurridos en Granada el 20 de abril de 1956, cuando hubo 12 muertos, 70 heridos y 500 edificios derrumbados. El tráfico de llamadas de Telefónica se multiplicó por quince en los minutos y horas siguientes a los seísmos de Lorca, y la red de esta compañía no pudo llegar a gestionar las más de medio millón de comunicaciones simultáneas que se realizaron en esos momentos.

Se colapsó también la red de telefonía móvil de Movistar, la de Orange tuvo dificultades, la comunicación llegó a hacerse casi imposible. No había apenas agua y alimentos, sólo una tienda y un bar abrieron la mañana siguiente al siniestro, y sus propietarios se convirtieron en pequeños héroes salvadores vendiendo víveres. Hubo que habilitar grupos cerrados de usuarios para que pudieran comunicarse entre sí los militares, policías, sanitarios, bomberos y otros efectivos implicados en las tareas de salvamento más urgentes. Hasta los bancos tuvieron que instalar cajeros automáticos portátiles para que la gente, que salió de su casa o trabajo casi sólo con lo puesto, pudiera disponer de dinero en efectivo.

Tuvo que interrumpirse durante varios días el tráfico ferroviario, y durante horas el suministro de gas y agua. La gente deambulaba con bolsas de plástico de supermercados con los enseres que habían podido recoger de sus casas antes de salir huyendo de ellas para buscar espacios abiertos seguros, como jardines y plazas públicas.

Unas 40.000 personas pasaron la noche al raso, y el Huerto de la Rueda, la explanada asfaltada donde se realizaba el mercado ambulante semanal, se transformó en un campo de refugiados dantesco: "Lorca parece Beirut", dijo entonces el alcalde, Francisco Jódar, del PP. A pesar de que miles de personas intentaban conciliar el sueño, otros tantos incontables, en su mayoría inmigrantes, sobre todo magrebíes, ecuatorianos y subsaharianos, guardaban pacientes y largas colas para recibir algo de comida y agua.

Centenares de médicos, enfermeros, psicólogos, militares de la UME, voluntarios de Cruz Roja y Protección Civil, bomberos, conductores de ambulancia, policías locales y nacionales, guardias civiles, perros especializados y operarios municipales se afanaban sin descanso para que todo fuera un poco menos doloroso. No obstante, fueron los miembros de la UME quienes montaron el primer gran campamento, y a pico y pala limpiaron la ciudad de escombros.

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