El nuevo Dios
La autora reflexiona sobre la forma en que cualquier realidad dolorosa queda simplificada por las Redes Sociales y señala la necesidad de regresar al pensamiento crítico
Nacemos, con suerte crecemos (de verdad), algunos nos reproducimos y el día que menos lo esperamos: morimos. Es la única certeza con la que contamos, pero nos empeñamos cada día en evitarlo e intentar controlar lo incontrolable mientras se nos va de las manos aquello que sí podemos gestionar: nuestros minutos.
Quizá en realidad se trate de un acto de rebeldía no contra la muerte sino contra las causas, la forma de morir (e implícitamente de vivir), contra lo injusto.
Andamos cabizbajos pensando que tenemos una mirada abierta al mundo entero en la palma de la mano, cada vez con más soluciones llamadas “apps” para que tengamos menos capacidad real de aprender a resolver nuestros propios problemas, de desarrollar resiliencia. Y mientras, nos creemos completamente libres: y esta interconexión continuada nos arranca más libertades que nunca, entre ellas la de reflexionar.
Podemos ignorar que maneja no solo nuestra ubicación, sino en gran medida todos nuestros pensamientos, gobernados por un ente que se ha convertido en Dios: nadie lo conoce pero todos hacen lo posible por hacer el bien por y para él, confiándole deseos y entregándole su vida, enviándole mensajes, actuando como él querría y asimilándolo como inalcanzable. Ese que se llama algoritmo y elige a quien odias y por qué debes hacerlo, ese que te dice que lo que no es como tú es malo, ese que oprime tanto que el pensamiento crítico se ha convertido en un bien al alcance de unos cuantos locos.
Y ese que controla los duelos, el malestar, lo que nos queda de humanos, deshumanizando cada día más, cualquier emoción parecida al dolor.
Alguien con todos sus sueños en una mochila ha perdido la vida entre las vías del tren, arrastrando además la agonía de su familia, amigos"
La tragedia se convierte en propaganda, el sufrimiento en eslogan, el amor en meme y la política en lanzallamas. Y entre tanto, alguien con todos sus sueños en una mochila ha perdido la vida entre las vías del tren, arrastrando además la agonía de su familia, amigos. De cualquiera que lo conociera. Sin tiempo, lejos de transitar el vacío, sus latidos han quedado enterrados entre suposiciones, acusaciones, debates paralelos e incluso en motor de odio y más odio.
La responsabilidad solo puede aparecer cuando hemos dado paso a lo que la naturaleza nos confiere frente a la pérdida; la defensa o la protesta solo van a ser bien canalizadas cuando dejemos aire para que cada persona, cada duelo, tenga la forma íntima de quienes necesitan aferrarse a algo para sostenerse en medio de la sinrazón.
Pero hemos construido un escenario en el que cualquier cosa que pueda provocar otra peor es preferible a detenernos y sentir.
Se nos está olvidando lo que importa, y deshumanizarnos es lo peor que nos podría ocurrir como especie"
Se nos está olvidando lo que importa, y deshumanizarnos es lo peor que nos podría ocurrir como especie, porque nos guste o no: humanos somos, solo que a veces se nos olvida que hay quienes desean que seamos otra cosa.
Quizá por rabia, quizá por miedo.
Pero transformarnos en máquinas de hacer y no sentir se ha convertido en una de las lacras más grandes de nuestro tiempo, este tiempo en el que tener problemas de salud mental es incuestionablemente uno de nuestros mayores indicadores de cordura.
La insatisfacción solo nos dice que estamos cerca de no poder más. Y aún así, nos quedan lágrimas para los y las demás. Agarremos con fuerza cada una de ellas porque es lo único que nos mantiene vivos de verdad.
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