Manolo Litri: en el centenario de su muerte
HISTORIAS TAURINAS
El prometedor diestro choquero, hermano del gran Litri de los 50 y tío carnal del último bastión de la dinastía, sufrió hace cien años la gravísima cornada que acabó con su vida
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De Morante a El Gallo, a cuenta de una coleta...
La muerte de Joselito había dado la puntilla a la brevísima Edad de Oro pero también había abierto la puerta de otra época apasionante cercada entre la posguerra europea y la contienda civil española. La Edad de Plata –entendida en su globalidad cultural- fue un momento fecundo, creativo y luminoso al que no fue ajeno el toreo: La estela de Gallito y Belmonte alumbró una baraja de toreros irrepetibles como Ignacio Sánchez Mejías, Antonio Márquez, el propio Chicuelo, Gitanillo de Triana, Cagancho, Pascual Márquez o el Niño de la Palma.
La lista no estaría completa sin añadir los nombres de Manolo Bienvenida, Lorenzo Garza, el malogrado Manolo Granero o Domingo Ortega, que con Marcial Lalanda, se convertiría en puente entre el toreo de la preguerra y la posguerra española.
Sánchez Mejías había sostenido la cabeza yerta de Joselito en la noche oscura de Talavera. La impactante imagen, convertida en icono, marca el inicio simbólico de un tiempo que culminaría el 11 de agosto de 1934 con la propia sangre de Ignacio derramada, camino de Madrid, y con la gangrena trepándole por los muslos. El destino había señalado su propia Samarkanda en un lugar de La Mancha...
Los años de plomo…
Y es que no se puede hablar de la Edad de Plata sin seguir el trágico rastro que deja la sangre de tantos toreros. Los públicos se habían tornado muy exigentes con los sucesores de los colosos. Se trataba de poner en práctica la revolución gallista y belmontina a un animal duro de patas, pleno de rusticidad, que aún no había asimilado los parámetros del nuevo toreo a través de la selección impulsada por Joselito.
Uno de los primeros en caer –dos años después del propio José- fue Varelito, que se encaró con los espectadores de la plaza de la Maestranza mientras era conducido a la enfermería. Le seguiría Granero aquel torero violinista en el que muchos habían visto al sucesor natural de Gallito. Pero Pocapena, un toro de Veragua, le destrozó el cráneo en Madrid el mismo día –un 7 de mayo de 1922- que confirmaba la alternativa Marcial…
Un árbol tronchado
Pero hay que seguir el rastro doloroso de aquella revolución: El valentísimo Manolo Litri –hermano del Litri de los 50, tío del Litri de los 90- también iba a caer en Málaga en 1926 truncando otra prometedora carrera. Manuel Báez Gómez era nieto de El Mequi, un modesto torero limitado al reducido ámbito de las tierras de Huelva y el Condado, origen de esta dinastía de toreros que empezaría a saborear la gloria en el primer Litri, Miguel Báez Quintero, nacido en Huelva en 1869 y alternativado en Sevilla en 1893. Él fue el padre de Manuel Báez Gómez, Manolo Litri, nacido el 3 de agosto de 1905 de una relación extramarital, que volvería a revolucionar a la afición choquera reactivando la actividad de la plaza que se había levantado en la Vega Larga, el coso de la Merced.
Manolo Litri había rubricado su gran ambiente como novillero tomando la alternativa el 28 de septiembre de 1924 en la plaza de la Maestranza de manos de Chicuelo. La de 1925, en realidad, fue su única temporada completa como matador. Ganador de la Oreja de Oro de la Asociación de la Prensa de Madrid, su ascensión a la primera fila del toreo parecía asegurada. Pero su destino estaba escrito...
Málaga, 11 de febrero de 1926
La visita de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia a la ciudad de Málaga en febrero de 1926 había espoleado la organización de una serie de actos extraordinarios y aunque no estaba previsto en principio se montó una corrida de toros aprisa y corriendo para agasajar a la pareja regia en una fecha escasamente taurina: el 11 de febrero. El cartel anunciaba toros del marqués de Guadalest para el diestro madrileño Marcial Lalanda, el choquero Manuel Báez Litri y el cordobés Antonio de la Haba Zurito. Cosas de la época, el cartel destacaba que “al frente de las cuadrillas hará el despejo la sección de batidores de los Regulares de Melilla, compuesta de cuatro soldados y un cabo, moros negros, los cuales ejecutarán vistosas fantasías…”
Después de que Marcial despachara al toro que abrió plaza se dio suelta al segundo, Extremeño de nombre y de pelo berrendo. Era el primero del lote de Manolito Litri. Lo habían cambiado por el que se había sorteado inicialmente, que se había inutilizado para la lidia. Decidido a triunfar, el joven diestro onubense lo apostó todo en el primer muletazo, quieto como estatua para instrumentar un ayudado por alto, y resultó cogido. El toro de Guadalest le había alcanzado el muslo derecho, penetrando por el temido triángulo de Scarpa.
Se lo llevaron a la enfermería sangrando a chorros. El rey ordenó al alcalde, el doctor José Gálvez Ginachero, que acudiera a asistir al herido que iba a ser intervenido por el doctor Lazárraga que, inicialmente, salvó su vida. Trasladado a la clínica del mismo facultativo a los dos días se iba a declarar la fatídica gangrena. Con la fiebre disparada, Manuel Báez iba a entrar en una lenta agonía envuelto en delirios. Se decidió amputar la pierna desde la cadera con el placet del padre, el primer Litri, que sólo quería salvar la vida de su hijo.
Un prestigioso médico de Huelva, el doctor Mac Donald, llegó a Huelva para incorporarse a aquella traumática intervención que condenaba al torero pero trataba de salvar al hombre. Fue el 17 de febrero; al día siguiente, el día 18, amaneció tranquilo y hasta pidió algo de lectura. Pero, abandonadas las últimas fuerzas, iba a recibir la Extrema Unción y la despedida de todos los suyos. Poco después de las diez de la mañana llegaba la muerte, la conmoción, la incredulidad, el llanto. Manolito Litri había dejado de existir con veinte años de existencia. Su cuerpo llegó a Huelva el día 19 y fue enterrado el día 20 en el antiguo cementerio de San Sebastián aunque algunos años después sería trasladado al actual camposanto. La ciudad entera estaba de luto y en la casa de los Litri se borró cualquier recuerdo que oliera al toreo.
El viejo Litri, que había enviudado, se casó con la que había sido novia de su hijo, Ángeles Espuny, a la que entregó una medalla que había recibido de Manolo en el lecho de muerte. De aquel matrimonio nacería Miguel Báez Espuny, el penúltimo Litri, hijo, hermano y padre del último torero, Miguel Báez Spínola, que ha paseado el glorioso apodo choquero por las plazas de toros.
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