Lejos de la saturación turística

  • Sevilla registra 0,0198 reservas por cada habitante, una relación que se aleja de la que se alcanza en la costa

  • Las ciudades con 'turismofobia' tampoco marcan una ratio muy elevada

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Por extraño que parezca, Sevilla está lejos de sufrir una masificación turística. Cierto es que determinadas zonas de la ciudad, especialmente el casco antiguo, presentan el aspecto de parque temático durante todo el año, ya que sus calles y establecimientos se encuentran atestados de visitantes. Pero dicha imagen dista mucho de la que se percibe en otros municipios españoles, especialmente los costeros, donde en verano se llega a producir una preocupante inversión: hay más hoteles habitados que viviendas. No obstante, los vecinos de estas poblaciones no son los que han generado la llamada turismofobia, que se ha desatado en ciudades como Barcelona o San Sebastián, capitales donde la relación de reservas por habitante se mantiene -como en Sevilla- también bastante alejada de la que se registra en diversos municipios del litoral. La razón de esta paradoja es bien sencilla: quienes viven en los enclaves monumentales de las grandes urbes no se convierten en beneficiarios directos del turismo, todo lo contrario de lo que ocurre en determinadas localidades costeras, en las que buena parte de la población vive de esta actividad.

El entorno de la Catedral, la Avenida de la Constitución, el barrio de Santa Cruz, el Arenal, la Campana, el Parque de María Luisa o Triana. Son ejemplos de determinados enclaves que a lo largo del año registran una gran presencia de turistas. De hecho, hay determinados negocios hosteleros que parecen concebidos para este tipo de clientes. A ello se suma la proliferación de pisos turísticos (muchos aún en la clandestinidad) que, entre otras consecuencias, está provocando que se reduzca drásticamente la oferta de inmuebles para uso residencial. Para constatar esta realidad es suficiente con dar un paseo por determinadas calles del centro histórico de Sevilla cualquier día. El trasiego de personas con maletas entrando y saliendo de bloques de pisos evidencia la consolidación de un negocio en el que ya se ha activado la voz de alarma: molestias constantes para los vecinos y calles deshabitadas pot autóctonos de las que se adueñan visitantes que no suelen pasar más de dos noches en la ciudad.

Se trata de un problema al que las autoridades municipales intentan poner remedio antes de que se genere un clima de rechazo al turismo, que supone el 17% del PIB de la ciudad. La oposición, con el PP a la cabeza, también se ha puesto manos a la obra. Pero las cifras demuestran que, pese a esta lógica preocupación, Sevilla aún mantiene unos niveles razonables de ocupación hotelera. Un reciente estudio elaborado por el experto Kiko Llaneras para El País desvelaba la relación entre las pernoctaciones de los turistas y los habitantes. La capital andaluza, en este sentido, es una de las que presenta una menor ratio. En concreto, se registran 0,0198 reservas por cada sevillano. Esta cifra nada tiene que ver con la que se detecta en determinados municipios españoles donde en verano los visitantes superan a los residentes habituales. Las localidades de Sant Llorenç des Cadassar, en Baleares, y Pájara, en Canarias, se llevan la palma. Rompen todas las estadísticas, al haber un turista durmiendo en un hotel por cada habitante todos los días del año.

Los diez primeros puestos de esta lista los ocupan poblaciones de los archipiélagos balear, canario y las comunidades de Valencia y Cataluña. Para encontrar un municipio andaluz hay que remontarse al puesto 17, donde se posiciona Mojácar, localidad almeriense en la que hay 0,3772 reservas hoteleras por habitante. La siguiente población de la comunidad por importancia en esta relación -ocupando el puesto 21- es Torremolinos, con 0,197 pernoctas por vecino. El penúltimo puesto es también para una localidad de la Costa del Sol. Se trata de Benalmádena, con una ratio de 0,154 reservas. Por tanto, la oferta de sol y playa -aunque también en este ranking hay localidades de los Pirineos relacionadas con la práctica del esquí- es la que presenta mayor saturación de visitantes.

Un factor que conviene subrayar aquí es el de la estacionalidad. Muchos de estos municipios se ven desbordados en los meses estivales, pero cuando llega el invierno se convierten en pueblos fantasmas. Un caso intermedio lo representa la ciudad alicantina de Benidorm, que recibe en verano un 32% de sus visitas, porcentaje que llega al 18% durante el periodo invernal, cifra nada desdeñable cuando las condiciones meteorológicas invitan poco a bajar a la playa. Las islas Canarias, por su parte, reciben turismo durante todo el año.

En este análisis ha de tenerse en cuenta que no se incluyen los apartamentos turísticos, una opción de alojamiento cuya oferta y demanda se ha disparado los últimos años a raíz de la crisis. Para corroborar dicha tendencia, es suficiente con acudir a los datos del primer semestre de 2017, publicados recientemente por este periódico. Actualmente, según datos del Ayuntamiento hispalense, en la capital andaluza existen 1.127 apartamentos turísticos regularizados, un 50% más que en la primera mitad de 2016 y el doble que hace un lustro. A esta cantidad hay que sumar los pisos o viviendas con finalidad turística (VFT), que, según la Junta, se elevan a 2.153.

Entre enero y junio de este año se han alojado en pisos turísticos 133.331 viajeros, lo que supone un crecimiento respecto al mismo periodo del ejercicio anterior del 41%, un porcentaje mucho más elevado que el registrado en los hoteles, que fue sólo del 0,41%. En cuanto a las pernoctaciones, éstas se han incrementado un 39,12% en los apartamentos, mientras que en los hoteles la subida sólo ha sido del 2,10%.

Tales cifras demuestran que, pese a que Sevilla está lejos aún de la masificación turística que se vive en determinados municipios costeros de España, el auge de los apartamentos que alojan a visitantes puede convertirse -de hecho, ya empieza a serlo-, en un problema de convivencia y saturación que active la alerta. Un modelo de turismo que tuvo gran auge en los años más severos de la crisis y al que el demandante y el ofertante no piensan renunciar. Uno por abaratamiento y otro por negocio.

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