El lado oscuro del río
El último apedreamiento a agentes de Vigilancia Aduanera y Guardia Civil no sorprende en Sanlúcar, que convive con el trasiego de droga por el Guadalquivir
Por la playa sanluqueña de Las Piletas sólo discurren unos cuantos paseantes frente a las aguas del Guadalquivir en su desembocadura. El paisaje es idílico. Un inmenso arenal que se extiende hasta donde se pierde la vista, árboles que parecen lanzarse al Atlántico, grandes chalés coronando una loma que acogen vidas cómodas en su interior y, en frente, el Coto de Doñana. Pero hasta los paraísos terrenales pueden tener un lado oscuro, una manzana con forma de tabletas de hachís, la tentación del dinero fácil y una serpiente transformada en río zigzagueante por donde entran las lanchas cargadas con la droga desde Marruecos para alijar en algún punto oculto de la costa gaditana.
Algunas veces cruzan las aguas del Bajo Guadalquivir a plena luz del día. Otras esperan a la caída de la tarde o la noche para llevar a cabo una actividad que trae de cabeza a las autoridades pero que desde hace años también ha llevado mucho dinero a la localidad. "Aquí se han hecho fortunas con dinero de la droga", dice un vecino de la zona mientras pasea por la urbanización que domina Las Piletas. En la conversación sale a relucir el último incidente ocurrido el 27 de marzo, Viernes de Dolores, cuando un grupo de personas, casi 80, apedreó a una agente de Vigilancia Aduanera y a dos guardias civiles que custodiaban una lancha cargada de hachís varada tras una persecución aérea en la zona conocida como la Punta del Malandar, frente al Paseo Marítimo. Esta vez los disparos al aire de los agentes de la Benemérita disuadieron a la multitud de acercarse más y la llegada de refuerzos terminó por hacerla retroceder. Todo lo contrario a lo que ocurrió en Bonanza en 2012, cuando un centenar de personas -entre ellas mujeres y niños- apedrearon a un helicóptero de Vigilancia Aduanera y se llevaron más de dos toneladas de hachís.
"No es algo nuevo -comenta otro vecino-. En cuanto la gente se da cuenta de que hay un helicóptero persiguiendo una embarcación que entra por el río empieza a bajar hasta la playa desde Bonanza y La Colonia para coger lo que se pueda. Saben que si los narcos se ven acorralados van a lanzar los fardos al agua y que si los encuentran pueden venderlos a 30.000 euros".
En Las Piletas no se ven busquimanos. Sólo algunas personas haciendo deporte, un par de jinetes con sus monturas y pescadores sentados en sus barcas conversando. Pero días atrás sí que los hubo. Y algunos obtuvieron la recompensa que buscaban en forma de tabletas de polen de hachís. Sanlúcar es pequeño y todos se conocen. Cuando alguien parado maneja un buen fajo de billetes la ecuación cuadra de repente.
En Bajo de Guía, mientras un barco amarra para que los turistas almuercen frente a Doñana, tres jóvenes reconocen que se ha encontrado algún fardo de la droga lanzada al mar por la otra lancha de narcos perseguida por el helicóptero de Vigilancia Aduanera, la que se dirigió al coto. "No eran gomas como se ha dicho. Yo las vi y eran foreñas [barcas rígidas]. Se han encontrado restos de hachís, del bueno, pan de higo, del que vale 60.000 euros el fardo". Sobre el incidente en Las Piletas, uno de ellos cuenta que su cuñado estaba en el Paseo Marítimo. "Creo que se ha exagerado un poco. En esta ocasión en ningún momento la gente intentó acercarse a la droga, lo que pasa es que los picoletos disparan al aire para disolverla y acordonar la zona. Es lo normal".
¿Y es normal lanzar piedras a la Guardia Civil y a Vigilancia Aduanera para coger un fardo de hachís? "Ira, po claro. Yo no estaba allí, pero si tengo que tirarle dos pieras a un picoleto para llevarme un fardo de hachís por el que me van a dar 30.000 euros lo hago del tirón. Aunque sepa que me la estoy jugando. Trabajaba en la construcción y ahora llevo cinco años parado, desde que empezó la crisis. Estoy casado, tengo niños, y si llego a mi casa con 30.000 euros ni te cuento la fiesta que se organiza", reconoce otro abiertamente.
"Aquí mucha gente no trabaja para tener tiempo para otros menesteres", reconoce un agente de la Policía Local en Bajo de Guía. Por eso pocos se sorprenden en la ciudad de otro apedreamiento o de un fardo de hachís que sacan del río. "La ley de aquí es que lo que está en el río no tiene dueño -dice otro de joven-. Por ejemplo, mi cuñado, que está parado y tiene tres niños pequeños, sale a pescar con su barquita para ganarse la vida, pero un día ve flotando un fardo a su lado. En ese momento sabe que eso son 30.000 euros pa su casa. Así que aunque esté cerca la picúa [la patrullera de la Guardia Civil] hay que arriesgarse. Él lo cogió y tiró zumbando pa Bonanza, donde, nada más bajar, lo vendió. Es así".
Las cornadas del hambre duelen, pero la cárcel -de tres a cuatro años y medio si son descubiertos con más de dos kilos y medios de hachís- o las represalias de los dueños de la droga también. Un vecino cuenta que tras la pérdida de un alijo de hachís se produjo un secuestro exprés. "El moro apretó al responsable del alijo para que amenazara al que se había quedado con algunos fardos. Sabía quién era. Le dijo que respondía con su vida de la recuperación de parte del cargamento. No es lo mismo perder 50 fardos que 20. Y esa gente no se anda con tonterías", dice antes de recordar lo que le pasó al Pelón de Chiclana, presuntamente asesinado por la banda de Ismael El Ojos tras quedarse con un alijo.
Pero en Sanlúcar hay mucho paro. De sus 70.000 habitantes, unos 11.000 están desempleados. Por eso, ni en la playa ni en el mercado de la ciudad ni en sus bares aledaños se extrañan del trapicheo. "Estamos acostumbrados a esto. Las barcas se ven subir por el río. Hay gente que está parada pero llevan coches de lujo. El padre, la madre, el hijo, toda la familia. Pero no los cogen. ¿Si saben quienes son por qué no van a por ellos? Eso es lo que habría que preguntar", dice un vecino entrado en años mientras pasea por el mercado. "No es lo mejor para la imagen de Sanlúcar, pero para combatirlo habría que poner más medios, porque aquí cada vez hay menos vigilancia", se queja.
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