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El legado económico de Suárez

Análisis

Los Pactos de la Moncloa pusieron las bases para salir de la profunda crisis económica durante la Transición El éxito de este consenso debe hacernos reflexionar sobre su reedición

Fernando Faces

29 de marzo 2014 - 01:00

HAY un acuerdo unánime en que la capacidad de consenso, tolerancia, espíritu de servicio público, inteligencia política, coraje y audacia de Adolfo Suárez hicieron de él el gran estadista que posibilitó el experimento de transición democrática más exitoso de la reciente historia de la democracia europea. Mucho se ha hablado de su legado político y menos del gran legado económico que supusieron los Pactos de la Moncloa del mes de octubre de 1977. Adolfo Suárez fue consciente de que, o el recién nacido gobierno democrático atajaba la gran crisis que fustigaba a la economía española, o esta acabaría con la incipiente democracia. Era la única manera de consolidar la democracia, en un contexto de dudas sobre su liderazgo, tensiones sociales y asesinatos de la ETA.

Adolfo Suárez no sabía nada de economía, pero su inteligencia le llevó a rodearse de los mejores economistas del momento y al convencimiento de que el plan tenía que estar pactado y consensuado con todos los partidos del arco parlamentario y los recién nacidos sindicatos. Por esta razón eligió al mejor, a Enrique Fuentes Quintana, como vicepresidente Económico y ministro de Economía, acompañado de un equipo de ministros, profesionales de gran competencia, como Fernández Ordóñez, Abril Martorel y otros. Fuentes Quintana comprendió que la crisis económica era un problema político fundamental para una democracia débil y recién nacida. Era necesario un plan económico del Gobierno que diera respuestas eficaces y efectivas. Debía ser muy bien explicado y comprendido por sindicatos y ciudadanos y, sobre todo, tenía que ser consensuado con todas las fuerzas políticas y sociales. La negociación, el pacto, eran tan importantes o más que el contenido. En esta tarea la capacidad seductora y negociadora de Alfonso Suárez sería su mayor apoyo. Por otra parte, Adolfo Suárez confió y dejó hacer, limitándose a apoyar y pactar, todo ello en un tiempo récord de unos meses.

Adolfo Suárez y Fuentes Quintana heredaron una economía al borde del colapso. La crisis del petróleo de 1973 puso en evidencia y acentuó la enfermedad endémica que padecía la economía española: baja productividad, competitividad, rigidez, inflación, exceso de intervención, endeudamiento externo y bajo crecimiento. En tan solo tres años los costes energéticos de las empresas se habían multiplicado por diez, los salarios crecían por encima del 20% y los excedentes empresariales y la inversión productiva se desplomaban. En el mes de agosto de 1977 la inflación superaba el 40%. La caída de los ingresos públicos hizo que apareciera el fantasma de un déficit público galopante que alcanzaba el 4,7%, lo cual, unido a la falta de competitividad exterior determinó que el déficit de la balanza en cuenta corriente y las necesidades de financiación exterior se dispararan y que las reservas de divisas se desplomaran. La economía española estaba al borde de la suspensión de pagos.

Fuentes Quintana comprendió desde el principio que solo la que denominó Nueva Política Económica podía salvar a la economía Española: estabilizar, reformar, abrir al exterior y acercarnos a Europa. La primera tarea, indispensable para un crecimiento sostenible, era estabilizar y restaurar los desequilibrios internos y externos: reducir la inflación, el endeudamiento privado y público, y eliminar el déficit exterior. El segundo objetivo era iniciar las reformas estructurales, privadas y públicas, necesarias para mejorar la competitividad de la economía española: reformas del sistema financiero y bancario, reforma fiscal, laboral, de la seguridad social y liberalización de los mercados y sectores productivos. Todo ello para conseguir el tercer objetivo, que era la futura integración de España en la Comunidad Económica Europea.

El éxito en la consecución del objetivo de estabilización y corrección de los desequilibrios fue muy rápido: en tan solo unos meses la inflación se redujo a la mitad y las necesidades de financiación exterior expresadas por el saldo de la balanza en cuenta corriente se corrigieron al año siguiente. Las políticas aplicadas fueron duras: contención salarial mediante la vinculación de los salarios a la inflación objetivo del gobierno y no a la inflación del año anterior, política monetaria restrictiva con subidas de los tipos de interés, subida de impuestos y drástica reducción del gasto público, y, como elemento de compensación, devaluación de la peseta para fomentar el crecimiento vía exportaciones. Fue una política dura, de austeridad, que a corto plazo se tradujo en un incremento del desempleo, pero que fue comprendida y aceptada por los agentes políticos y sociales. Desgraciadamente Fuentes Quintana abandonó el Gobierno muy temprano, dejando en manos de otros las inacabadas reformas estructurales orientadas a la competitividad. La segunda fase de la crisis energética de 1979 y la falta de perseverancia, coherencia y voluntad política de sus sucesores interrumpieron el proceso reformador. No obstante los Pactos de la Moncloa fueron la base para que la economía española creciera por encima del 4% en la década de los 80 y también para que España pudiera integrarse en el año 1986 en la Comunidad Económica Europea.

Años más tarde, Fuentes Quintana reflexionaba sobre las lecciones aprendidas de los Pactos de la Moncloa, lecciones que siguen siendo válidas y en parte aplicadas por el Gobierno de Mariano Rajoy. Sin estabilidad previa y corrección de los desequilibrios internos y externos no hay posibilidad de crecimiento sostenible, aunque esto implique sufrimiento y austeridad en el corto plazo. Los problemas de competitividad están en la base de las últimas recesiones y sólo se pueden corregir mediante reformas estructurales profundas de los mercados de bienes y servicios y de la Administración. Los excedentes empresariales y el ahorro interno son la base de la inversión productiva y ésta de la creación de empleo. La apertura a los mercados exteriores es la mejor disciplina para mejorar la competitividad de nuestras empresas y garantizar el crecimiento futuro. El gran riesgo de todos los planes económicos son los fallos en su ejecución, los retrasos provocados por los intereses de los grupos afectados, la fatiga reformista ante la proximidad de las elecciones y, sobre todo, la falta de pacto y de consenso.

La política económica de Mariano Rajoy se atiene en gran parte a la Nueva Política Económica de Adolfo Suárez y Fuentes Quintana. La primera prioridad ha sido reestablecer los desequilibrios internos y externos, objetivo que se ha conseguido rápidamente ya en 2014. En paralelo se han acometido las reformas estructurales, aunque con retrasos e interferencias, lo cual ha mejorado la competitividad exterior y la confianza de los mercados financieros. Las reformas están inacabadas, y los retrasos y la fatiga reformista que se observa ante la proximidad de las elecciones, vuelven a ser el principal riesgo de la política económica de España. No obstante esta vez no estamos solos, la vigilancia, exigencia y examen continúo de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, forzarán el cumplimiento de los objetivos a los que nos hemos comprometido. La gran ausencia es la del pacto y el consenso.

Son muchos los que alegan que hoy los Pactos de la Moncloa ni son necesarios ni son posibles, entre otras razones por el carácter finalista y absoluto de los intereses de unos partidos, consolidados y profesionalizados, que se anteponen al fin último de los intereses de la nación. Pero también, añaden otros, los Pactos de la Moncloa fueron posibles por el temor a perder la incipiente democracia. Los políticos actuales consideran, quizás equivocadamente, que la gran recesión no puede poner en riesgo la actual democracia que está firmemente asentada y apoyada por nuestra pertenencia a la Unión Europea. Las lecciones de Adolfo Suárez y de los Pactos de la Moncloa han quedado obsoletas y no son de aplicación. No es lo que pensamos y deseamos los ciudadanos, y solo pedimos que hagan una profunda reflexión en torno a las lecciones políticas y económicas del legado de Adolfo Suárez y Fuentes Quintana. Quizás el pacto todavía sea posible.

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