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La americanización de un misterio

La profesora de parvulario | Crítica

Maggie Gyllenghaal y el niño Parker Sevak en una imagen de 'La profesora de parvulario'.

Ficha

*** 'La profesora de parvulario'. Drama, EEUU, 2018, 96 min. Dirección y guion: Sara Colangelo. Fotografía: Pepe Ávila del Pino. Música: Asher Goldschmidt. Intérpretes: Maggie Gyllenhaal, Parker Sevak, Rosa Salazar, Anna Barynishikov, Michael Chernus, Gael García Bernal.

Cabe preguntarse por qué se ha hecho un remake norteamericano de una película tan poderosa, sugerente y enigmática como la israelí La profesora de parvulario (2014), de Nadav Lapid, un filme de recorrido casi exclusivo por circuitos festivaleros y de versión original que se presta poco a relecturas o reinterpretaciones en su singularidad parabólica.

Tal vez se trate de llevar a los Estados Unidos de Trump y el desprecio por la inteligencia este alegato en favor de la poesía como simbólico gesto de resistencia y libertad en tiempos de (falsa) cultura uniformada y mercantilización de la creatividad.

Lo pienso mientras comparo inevitablemente una versión con otra, buscando esos elementos que Sara Colangelo ha dejado intactos frente a aquellos otros (el contexto familiar de la profesora, el protocolo estéril de los ambientes literarios…) que apuntan, ahora de manera más obvia o prosaica, esa potente idea de la poesía salida de la boca de un niño de cinco años como un verdadero y hermoso misterio a preservar, como la reserva de un fogonazo de imprevisibilidad y belleza de lo humano que no parece tener sitio, no digamos ya valor o importancia, en la sociedad actual.

Parece obvio que a Colangelo le interesa más el mensaje que las formas: ahí donde Lapid buscaba siempre una solución visual concreta para cada momento o cada brote lírico, este remake se percibe más plano y convencional en su puesta en escena. No es menor empero el trabajo de la siempre estupenda Maggie Gyllenghaal como mujer frustrada y profesora obsesiva en su particular cruzada de salvación de ese misterio fulgurante, encarnado en un niño al que sólo basta anunciar “tengo un poema” para detener el tiempo y ponernos frente al espejo.

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