Ensayos y bocetos
Aunque pionero en la aplicación de la computadora al arte, Manuel Barbadillo (Cazalla de la Sierra, 1929-Málaga, 2003) nunca renunció al placer de la pintura. Durante su estancia en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, esperaba pacientemente las combinaciones que la enorme máquina (una de las primeras instaladas en España) elaboraba con los módulos que él había diseñado, seleccionaba las que podían tener interés plástico y las llevaba al lienzo, con la delicadeza que evidencian sus obras. En esa época y después, cuando trabajaba con un ordenador personal, trazaba cuidadosos estudios, tinta china sobre papel milimetrado, que unen a la exactitud de los cuadros, el atractivo del boceto y el ensayo. No era un esfuerzo nuevo: desde 1964, año en que empezó sus trabajos modulares, hasta 1968 (fecha de la llegada de la computadora a Madrid), Barbadillo estudiaba, sin otra ayuda que esos trazados a mano, las posibilidades de los módulos que ideaba, triángulos curvos, primero, y después, fragmentos de círculo inscritos en un cuadrado.
El interés central de la exposición que acoge la Casa de la Provincia radica en estos dibujos, pertenecientes a dos etapas del trabajo de Barbadillo, la comprendida entre 1968 y 1979, y la que discurre desde este último año hasta 1984.
Los dibujos tienen en primer lugar el atractivo de la búsqueda: los fragmentos señalan el camino hacia el cuadro y hacia otras posibilidades que la propia obra podría generar. Camino y posibilidades que evidencian rigor (el autor se somete al lenguaje que él mismo se propone) e invención, porque se busca con insistencia la fecundidad de ese lenguaje. Los dibujos son así escuela de pensamiento y de aquella imaginación que Kant llamó creadora, y dan a entender que el trabajo es decisivo en el arte. Trabajo que no está reñido con el juego (y es éste el segundo atractivo de estos trabajos): Barbadillo se autorretrata partiendo de su escueto lenguaje o proyecta un monumento a Picasso que tal vez propuso y nunca se realizó. Por todo ello, tienen estos estudios el sabor de fragmentos de una autobiografía.
La exposición se completa con dos cuadros (uno de cada época citada) y algunas serigrafías. No son ciertamente el mejor complemento. Los dibujos piden un contexto más sustantivo: un número de cuadros suficiente para hacer ver la importancia que Barbadillo siempre concedió a la materia -el soporte y el pigmento- y a la mano capaz de establecer en ellos ritmos y formas puras.
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