El cuaderno del fotógrafo errante

OTOÑO CULTURAL IBEROAMERICANO

A partir de un encuentro casual con la fotografía, el hispano cubano Jesse A. Fernández levantó con sus imágenes un retablo de ciudades y creadores que explican la segunda mitad del siglo XX

Guillermo Cabrera Infante y Jesse A. Fernández, fotografiados por Alberto Korda. MUSEO REINA SOFÍA
José María Rondón

02 de noviembre 2018 - 06:03

Jesse A. Fernández (1925-1986) fue un fotógrafo con el ojo hecho a todo lo que de extraordinario hay en lo cotidiano. Iba para ingeniero electrónico, pero un día llegó a sus manos una cámara y aquello provocó un cortocircuito en aquel muchacho cubano que tenía en los ojos la expresión más salvaje del barrio. Cuando andaba enrolado en una agencia de publicidad en Medellín, sintió un calor extraño. Eso que algunos llaman revelación y que se parece a un golpe de azar. "La fotografía se convirtió en una forma de contacto con la realidad. No sabía nada sobre ella, ni siquiera qué era un diafragma. Sin embargo, me encerré con toneladas de libros y aprendí".

Acumulaba en la sangre un pasado de asturianos trasplantados, hecho que acaso pueda explicar por qué siempre cargó con una cierta propensión a la trashumancia: La Habana, Filadelfia, Nueva York, México DF, Ciudad de Guatemala, Madrid, París… Se impulsó con la molécula de los errantes y formó parte de la incalculable patrulla de fotógrafos de las revistas Life y Paris Match. Detrás de él, aún por pocos días en el Alcázar de Sevilla, está fijado aquel mapamundi. Son algunas de sus mejores imágenes. Siempre en blanco y negro. De sus tantos viajes. De sus amigos. Una exposición necesaria, coproducida por el Instituto Cervantes y el Otoño Cultural Iberoamericano (OCIb) que dirige Jaime de Vicente Núñez y que promueve la Fundación Caja Rural del Sur.

La muestra Errancia y fotografía alumbra los vínculos del autor con el mundo hispánico, desde sus primeros trabajos en Colombia en 1952 hasta su muerte en Neuilly-sur-Seine, cerca de París, en 1986. Así, las etapas de esta exploración son las ciudades en las que vivió y fotografió, mostrando su ir y venir primero por el continente americano y luego por Europa. Todas combinan los personajes de la cultura con otras imágenes sobre la ciudad y sus habitantes. "Una combinación de géneros tan diferente y complementaria como la del retrato y el documentalismo urbano, ambos de gran tradición, que permite ofrecer una visión nueva del fotógrafo", explica el comisario Fernando Castillo.

Mapa de la cultura iberoamericana

Porque, en casi cuatro décadas de trabajo, dio forma a un atlas de geografía humana desde el que se puede trazar el mapa de la cultura iberoamericana en la segunda mitad del siglo XX. A su manera. En deuda siempre con una marca de voz propia. Con una gracia intransferible. Con un rumor de poesía que siempre es diferente. En sus fotografías hay asombro. El suyo y el nuestro, en colisión. Y pese a todo ese jaleo, pocas veces Jesse A. Fernández está de frente en los papeles. Él jugaba a ser el atizador en la sombra. Parece un personaje del pasado, de los que no dejan ver la verdad que su nombre guarda, la tensión armónica de su secreto, la clave del enigma de sus córneas.

Colgado del visor de una Leica, Jesse A. Fernández revoloteó en su trabajo alrededor de Cartier-Bresson, de Walker Evans y de Brassaï. A lo que ellos proponían, el fotógrafo cubano sumó algo del fuego artístico que aprendió en la Academia de Bellas Artes San Alejandro de La Habana y, sobre todo, lo que descubrió junto a su compatriota Wifredo Lam en el Village neoyorquino a finales de los cuarenta. Acaso por esta pedrada, el encuadre y la composición, como él mismo reconoció alguna vez, jamás le plantearon ningún problema. Luego, eligió rechazar cualquier intervención en la realidad, prefiriendo los exteriores al estudio, la luz natural al fogonazo del flash.

"Hay en Jesse A. Fernández una idea de la fotografía concebida como un estado de gracia, como inspiración y como actitud ante la realidad que es independiente del trabajo", señala el comisario Fernando Castillo, quien ha reunido aquí una biblioteca de autores imprescindibles: Borges, Parra, Rulfo, Mutis, Cortázar, Max Aub, Lezama Lima, Manuel Puig, Juan Goytisolo... En un juego de espejos, su amigo, Guillermo Cabrera Infante, lo retrató en Tres tristes tigres: "Preparé las cámaras (las mías) y le dije a Jesse que podía utilizar cualquiera de ellas si le hacía falta y escogió una Hasselblad que compré por esos días y me dijo que la quería probar esa noche...".

Cita con los ‘cabezones’ de Antonio Gálvez

En el radar de esos fotógrafos que se dedicaron a retratar a artistas y escritores tiene un lugar destacado Antonio Gálvez (Barcelona, 1928), quien aterrizará en la Casa de la Provincia a finales de noviembre con la exposición Mis amigos los cabezones. La cita, otra producción del Instituto Cervantes y el Otoño Cultural Iberoamericano (OCIb), se centra en la serie homónima –de título cómplice y humorístico- que da cuenta de las relaciones del autor con personalidades diversas del arte, la literatura y el pensamiento, desde María Zambrano a Marguerite Duras, pasando por Octavio Paz, Anaïs Nin, Francis Bacon, Gabriel García Márquez y André Malraux, entre otros.

A lo largo de este trabajo, que arrancó en la década de los sesenta y que se extiende hasta fechas recientes, Gálvez no aspira a completar una especie de inventario con las figuras más representativas de las artes, sino "dar un testimonio de amistad y de cultura compartida, y hacerlo de un modo que –además de mostrar 'huellas abiertas y sangrantes'- revelara su visión o su percepción del mundo de los retratados", señala el comisario Andrés Sánchez Robayna. En total, son 75 instantáneas arropadas por un conjunto de documentos que permiten fijar tanto el contexto en el que se realizaron como las relaciones que mantuvo con las personalidades retratadas.

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