Cantar como un beso enamorado

XAVIER ANDUAGA | CRÍTICA

Anduaga en triunfal regreso al Maestranza. / Guillermo Mendo

La ficha

*****Programa: Obras de V. Bellini, F. P. Tosti, F. Liszt, G. Donizetti, G. Verdi, F. Liszt/F. Schubert, R. Hahn, J. Guerrero y P. Sorozábal. Tenor: Xavier Anduaga. Piano: Maciej Pikulski. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Domingo, 7 de diciembre. Aforo: Poco más de la mitad.

Así, apropiándonos de la letra de la famosa canción de María Grever que sonó como tercera propina, “como un beso enamorado”, sonó la voz de Xavier Anduaga en este extraordinario recital. A quien haya seguido el desarrollo de este cantante en la última década, desde sus inicios en la Academia de Pésaro, le sorprenderá el giro que ha dado, desde aquel tenor más ligero que lírico hasta el actual cantante plenamente lírico. La voz ha ensanchado espectacularmente, con un centro bien fornido, tonalidades más maduras y oscuras, sin perder por ello el metal refulgente de su registro superior. La voz corre ahora con más fluidez y homogeneidad de colores y se abre y expande con unas resonancias llenas de brillo, de sonido firme, bien asentada en el fiato y con una proyección extraordinaria. Y, además, sabe regular y controlar el torrente vocal, con algunas medias voces y ataques en pianissimo espectaculares, como los que prodigó en las canciones de Reynaldo Hahn, sobre todo en “L’heure exquise”, uniendo las frases con naturalidad con un sonido recogido pero firme y sin engolamientos. Ya lo había adelantado con el remate de "A vucchella" de Tosti, con una sutilísima media voz que evitó siempre las tonalidades blanquecinas del falsete.

A ello cabe añadirle su sentido de la expresividad en el acento y la efusividad de su fraseo, combinación de éxito asegurado. Con estas armas triunfó ampliamente en la escena de Lucia di Lammermoor, con un recitativo inicial cincelado al detalle y un legato de una poesía infinita. Sólo cabría acharcarle un sonido demasiado operístico, demasiando grande, en los sonetos de Petrarca/Liszt, que hubieran pedido una voz más recogida e íntima. Tuvo a su lado a un Pikulski brillante y siempre cómplice que ofreció una versión clara y lucida de la paráfrasis de Rigoletto de Liszt, así como una muy cuidada Stänchen de Schubert/Liszt.

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